martes, 22 de diciembre de 2009

De Ormuzes y Ahrimanes


Hoy en día, se advierte una confusión en la opinión pública acerca del rol de la oposición en la política. Confusión que en la escena local es propiciada por ciertos grupos de poder, avalada por partidos que pretenden el poder, propalada por los medios de comunicación anti-oficialistas (ya que han cruzado la barrera de "no oficialistas") y repetida por muchos miembros de la clase media.

Es que esta oposición, que en todo gobierno democrático cumple la importantísima función de fiscalizar la tarea de los que mandan y proponer alternativas, ha devenido en maniqueísmo. O sea, todo lo que hace el gobierno es malo, porque los únicos buenos somos nosotros, ya va a ver cuando tengamos la manija.

El "me opongo porque me opongo" está a la orden del día, aunque la dicotomía tiñe la historia política argentina, desde morenistas y saavedristas, unitarios y federales, gorilas y peronistas. La aceptación de la existencia de dos bandos irreconciliables nos ha traído grandes problemas, pero parece ser que aún no aprendimos la lección. Simplemente el fenómeno se ve amplificado por el mensaje de los medios quienes, pisoteando obcenamente la mínima objetividad correspondiente, desestiman las opiniones de los que están fuera de esta maniobra maniquea.

Y esto me trae a la memoria un concepto acuñado por Leo Strauss, un filósofo político de origen judío, nacido en Alemania en 1899 y refugiado en los Estados Unidos en 1938, para huir de la persecución nazi.

Strauss acuña la expresión reductio ad hitlerum para explicar una falacia del tipo "juntamente con esto, por lo tanto, a consecuencia de esto" (cum hoc ergo propter hoc), por la cual si "Hitler o el nazismo apoyaban X, X debe ser malo". En esta volteada cayó, por citar un ejemplo, Richard Wagner, quien, como se sabe, era el compositor favorito del Führer, a pesar de haber muerto mucho antes de que el partido nazi siquiera estuviera en pañales.

Cualquier similitud con la actualidad, es pura coincidencia... El prejuicio cognitivo no es en sí éticamente reprobable, porque forma parte de la manera en que percibimos la realidad y esa percepción es subjetiva. Lo que la ciencia nos enseña que es reprobable es la insistencia y la argucia en buscar argumentos, así sean falaces, que avalen ese prejuicio, aunque la realidad nos demuestre lo contrario.

La psicología ha profundizado acerca del prejuicio. Y miren qué interesante esta categoría: efecto bandwagon (efecto del carro ganador) Lo define como la tendencia de decir o hacer algo porque otras personas dicen o hacen eso. El espíritu de la manada.

El asunto es tener en claro que delante de toda manada hay un jefe que indica qué camino seguir. Y muchas veces ese camino conduce al precipicio, donde se estrellan aquellos valores, derechos y conquistas que pretendíamos defender.

martes, 10 de noviembre de 2009

El huevo de la serpiente


Odio los viajes y a los exploradores Y aquí me dispongo a relatar mis expediciones
"Tristes trópicos"
Claude Lèvi-Strauss


Ha muerto el antropólogo total, el mejor conocedor del género humano, aquel que reconocía tener tres amantes: la geología, el marxismo y el psicoanálisis. Total por su enorme cultura, su formación académica rigurosa, su ácido sentido del humor, su nivel de análisis y su aporte a otras ciencias. Fundador de la escuela de antropología estructuralista, basada en la lingüística de Saussure, dado que cultura es básicamente comunicación. Y ésta no sería una invención de la especie, sino que se producen por pautas genéticas que se encuentran en el cerebro humano, por lo que, lamentablemente, no tenemos remedio. Lévi era pesimista con respecto al destino del hombre: un ser que se encuentra solo, abocado a la guerra y a la destrucción del planeta por su rapacidad y para el que no hay esperanza ni siquiera en el humanismo.

Vivíó cien años para observarnos. Atravesó las dos Guerras Mundiales, la Revolución Rusa, la Guerra Fría, la llegada a la Luna, la caída del Muro. Vivió treinta de esos años mezclado entre aborígenes de distintas latitudes. Escribió mucho y con un estilo ameno y accesible: Tristes trópicos, Estructuras elementales del parentesco, El pensamiento salvaje, Mitológicas.

En esta obra, que consta de cuatro tomos, aparece un texto que revolucionaría la percepción de la realidad científica. Se trata de Lo crudo y lo cocido, donde relata que las tribus que no conocen la cocción de los alimentos no tiene palabra para referir cocido y crudo. Esto lo hace inferir que para alcanzar lo "real", es necesario poder hacer una abstracción de lo vivido o conocido.

Este concepto se aplicaría en otras ciencias tan alejadas como las matemáticas, el gobierno de lo abstracto. ¿Podría haber entonces más de una geometría? Bertrand Russell lo avaló, con su particular ironía: "Las matemáticas son la ciencia donde no se sabe ni de lo que se habla ni si lo que se dice es verdadero".

Ya que se trata de inferir y relacionar, vamos a recurrir a otra idea de Lèvi-Strauss para exponer algo que tenemos atascado en el estómago en estos días. Según el antropólogo francés, la mente humana organiza el conocimiento en polos binarios y antagónicos (bueno-malo, dentro-fuera, nosotros-ellos) que se organizan de acuerdo con la lógica. Tanto la ciencia como el mito, como explicaciones del mundo, estarían estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente y por tanto compartirían la misma estructura, solamente que aplicada a diferentes cosas.

Este maniqueísmo elemental se observa a diario en los medios de comunicación que forman la opinión pública. Así "ellos-que son distintos a nosotros-son malos", piedra basal de todo pensamiento fascista y totalitario.

Lo más triste del cuento es que quienes emiten este mensaje lo hacen por algún motivo o interés de sector, mientras que quienes lo repiten sin juicio crítico en la peluquería o en la oficina lo hacen porque lo vieron en la tele, alimentando al monstruo, solamente por propia estupidez o pereza de pensamiento.

Los profetas del odio, como bien los definió Jauretche, se alimentan de esa masa informe, inculta y pusilánime. Pensemos que "ellos-que son distintos a nosotros-son nuestros pares", porque en la diversidad y el respeto es donde el hombre deja de ser una bestia y se alza en sus dos patas.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Pienso luego opino

La desideologización es una ideología. No descubrimos la pólvora, sino que el tema vuelve recurrentemente a través de algunos mensajes de los medios de comunicación. Aquellos que cacarean “inocentemente” que están hartos de la discusión política, so pretexto de que a “la gente” no le interesa, a la vez que se quejan de la aparición de los fantasmas de la historia reciente y del establecimiento de “bandos” irreconciliablemente enfrentados no están haciendo otra cosa que expresarse políticamente.

Y ya se sabe que la gota horada la piedra, sin querer con esto subestimar la capacidad crítica de los receptores de este mensaje. Pero un discurso amplificado hasta el absurdo, como un zumbido permanente en los oídos, puede surtir efecto en aquellos que, por hache o por be, prefieren consumir un pensamiento predigerido.

A los hechos me remito: a raíz de la polémica por la sanción de la nueva ley de medios audiovisuales muchas personas absorbieron, sin analizar racionalmente, el argumento emitido una y otra vez por las grandes corporaciones mediáticas, repitiendo textualmente las frases construidas por las usinas de la oposición a la ley.

De esta tarea se ocupan los llamados “formadores de opinión”, categoría que engloba a políticos, periodistas, conductores de radio y TV, actrices y actores devenidos en comunicadores, referentes sociales, etc. Hay opinólogos de todos los colores.

Lo preocupante del asunto es la inconsistencia de las argumentaciones, la falta de creatividad a la hora de sentar posición, a tal punto que se recurre al agravio y a la denuncia sin pruebas. Esto es, a la desideologización.

El debate de ideas es sano en toda sociedad democrática, porque del intercambio y la diversidad surgen mejores soluciones y esto necesariamente tiene que interesarnos porque forma parte de la realidad que vivimos. Exigir que los dirigentes se aboquen a la discusión responsable de estos temas es una obligación ciudadana.

La irrupción del pasado es consecuencia de que el presente no ha podido resolver aún las causas que lo generaron ni darle respuesta a las consecuencias que provocaron. Es una sombra que nos acechará mientras no echemos luz sobre la historia y no hagamos justicia sobre los responsables de tanto desaguisado.

Tomar partido de manera consciente, decidir quienes nos representan, es un derecho indelegable. “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, dijo Sartre. No hay excusas para ser un pusilánime sometido al vaivén de la corriente.

Que no nos vendan gato por liebre aquellos que se aprovechan del revoltijo de las aguas.

martes, 6 de octubre de 2009

La matria


A língua é minha pátria
E eu não tenho pátria: tenho mátria
E quero frátria

Caetano Veloso

Es interesante ponerse a reflexionar sobre ciertos conceptos que parecieran indiscutibles e inexorables, a fuerza de haberse encarnado, muchas veces a sangre y fuego. Pero sucede algo, un hecho disparador, una noticia que nos conmueve y remueve desde lo profundo, para que el pensamiento derive a estos lugares recónditos del inconciente colectivo.

Los pueblos tenemos ciertas palabras cuya invocación tiene un significado que abarca más que la semántica y este significado subliminal es lo que las diferencia y lo que no encuentra traducción en otro idioma. Estas palabras hacen a la identidad cultural, dicen quiénes somos, qué valores tenemos, cómo pensamos, qué nos pasó.

De esta manera, para los latinos peninsulares (españoles, portugueses, italianos) madre tiene una fuerza conceptual que se refuerza por el culto a la Virgen María -adoración que no tiene equivalencia entre los cristianos protestantes del norte de Europa- y cuyo origen se puede rastrear hasta la época prehelénica, cuando los mediterráneos adoraban a la gran diosa blanca, el origen de la vida.

El escritor y helenista Robert Graves sostiene que en algún momento de la historia estas sociedades matriarcales, gobernadas por reinas que anualmente sacrificaban a su príncipe consorte a la diosa, cumpliendo así el ciclo de las estaciones del año, sufrieron un colapso, que bien puede asimilarse a la narración del mito de la titanomaquia, y de tal revolución surgieron los reyes varones y el Olimpo gobernado por un dios macho, Zeus, que desplazó a la diosa primordial.

Luego de esta digresión, volvemos al tema que nos convoca. Los latinos del sur de América heredamos esta glorificación de la madre de nuestros conquistadores y colonos europeos. Había un sustrato propicio, ya que para las culturas originarias el culto a la madre tierra era parte de su rutina cotidiana. Ese gran vientre los cobijaba y les daba de comer, de allí venían y hacía allí iban al morir.

Esa relación estrecha con la tierra, tanto en su significado material como ideal, hace que quechuas, aymarás y mapuches se refieran a su lugar origen como matria. Mismo término que utilizará Miguel de Unamuno para referirse a su país vasco y que reivindicará Virginia Woolf, tan preocupada por la literatura como por la cuestión femenina.

Si hablamos de la tierra que nos alumbró o de aquella otra que adoptamos para dar a luz nuestros proyectos y plantar nuestra semilla ¿por qué utilizamos un vocablo de raíz masculina? ¿Por qué quitarle esa noción de gran vientre amoroso que facilitaría la identificación desde lo sensible, desde esa relación natural que todo hijo tiene con su madre?

Porque patria lleva implícito la severidad de la figura paterna, la obediencia, el temor, que eran los atributos de la función. Patria es el estado gendarme, por eso es una palabra tan cara a los regímenes fascistas.

Y todo esto aflora porque ha muerto nuestra Mama Pacha, la mujer que mejor simbolizaba nuestra matria amerindia, y sus hijos estamos desconsolados y huérfanos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Mitos y leyendas

Sofía tiene catorce años y está en primer año de la escuela secundaria. Como la mayoría de los adolescentes urbanos y contemporáneos puede sobrevivir perfectamente sin los libros pero le resulta impensada una vida sin teléfono celular, televisión o Internet.

Sin embargo, conserva esa curiosidad inherente a la condición humana acerca de los "por qué" y los "para qué" de las cosas, curiosidad que puede ser acicateada o reprimida por los manejos de los adultos que la rodeamos. Es que se acabaron las épocas en que la letra con sangre entraba, cuando los jóvenes aprendíamos por obligación y bajo amenaza, tiempos en que el rol de los padres, tutores y/o encargados se limitaba a ser el juez del rendimiento escolar basados en la libreta de calificaciones y el de los maestros se circunscribía a transmitir conocimientos cual oráculos de Delfos. Esta es la parte buena del asunto.

La mala noticia es que hoy por hoy hay que tener la astucia, la paciencia, la información suficientes como para que estos párvulos desgarbados y hormonales se involucren con el proceso de aprendizaje desde la generación de la inquietud personal. Esto demanda trabajo y perspicacia.

Estar atentos a la excusa que nos proporcionará la oportunidad para que se interesen por adquirir un nuevo concepto. Volvimos a la transmisión oral del conocimiento, apoyados por los formatos multimedia. Son chicos fundamentalmente audiovisuales.

Esta reflexión viene a cuento porque la profesora de historia de Sofía le da cuestionarios para responder, acerca de las civilizaciones antiguas, que conforman el programa de primer año de esta asignatura. Y he notado que la fascinación que ejercen los pueblos de la Antigüedad se mantiene inalterada, lo que cambia es el "cómo". La docente ha dejado de lado fechas, mapas, nombres de reyes impronunciables para centrarse en una visión más global, que tiene que ver con la evolución histórica de la sociedad humana. Tal como está desarrollando el programa se entiende nada es producto de la generación espontánea, que el efecto mariposa existe y que, desde el principio de los tiempos, la humanidad avanza o retrocede en bloque.

Historia ha sido siempre una materia árida, aburrida, mal enseñada y peor aprendida. Se la detesta precisamente porque se desaprovecha las oportunidades que ofrece para hablar del hombre, el tema central de nuestra cosmogonía. Se la muestra como letra muerta, como pasado remoto, a lo sumo como novela enmohecida. ¿A quién le interesa la biografía de un tipo que vivió hace cientos de años y sin la menor relación con nuestro presente? ¿Qué pasión puede despertar un panteón de dioses olvidados e ineficaces? Salvo en los videojuegos o en las películas, las batallas de los persas son un verdadero plomo.

Pero cuando uno induce al interlocutor a pensar los por qué y los para qué, causas y efectos, cuando se coloca a los personajes en el escenario total del mundo y se trazan las coordenadas y paralelas que nos ubican en el lugar de los hechos, la cosa cambia. Las pirámides recobran todo su esplendor, Alejandria vuelve a tener su Faro y su Biblioteca, Gilgamesh consigue la inmortalidad.

Esta tarde lluviosa estuvimos por Creta. El rey Minos nos recibió en su palacio de Cnosos, con tantas habitaciones y pasillos que parecia un verdadero laberinto. Admiramos el friso de los Delfines. Veneramos a la Señora de las Serpientes y concluimos que la Atlántida mitológica bien podría ubicarse en esta isla mediterránea. De paso, como quien no quiere la cosa, charlamos sobre las Amazonas, la Titanomaquia y el Minotauro. Todo por el mismo precio: un par de horas, el Google que facilitó las imágenes y lo leído en una vieja edición de los Mitos griegos de Robert Graves.

Nada nuevo bajo el sol: Sócrates utilizaba la mayéutica, es decir la inducción al razonamiento mediante la pregunta, la asociación y el debate de ideas, mientras que Platón explicaba paseando por los jardines de Academo y Aristóteles tenía su escuela ambulante (de ahí el nombre de peripatéticos) La dedicación, la atención que dispensamos, retorna en conocimiento.

El mito actual es que a los chicos todo le da lo mismo, que no se interesan por nada, que no saben pensar, que se automarginan. Es una falacia nacida de la falta de compromiso de los adultos. La leyenda de una época dorada, poblada por adolescentes ávidos de aprender, esconde una realidad en que la cual el temor estaba antes que el respeto y la obligación antes que la voluntad.

El fruto nunca cae lejos del árbol, o sea...

viernes, 7 de agosto de 2009

Hasta el infinito y más allá

Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo
Miguel de Unamuno

(Colofón a conversaciones trasnochadas con LocuraD. y un cura apócrifo)

Una de las grandes preguntas que se han hecho los filósofos es para qué el hombre, cuál es la razón de su existencia en el cosmos. Los escolásticos y otras corrientes que se reconocen religiosas fundamentan que los seres humanos somos parte del master-plan divino. Los darwinistas sociales y posteriores seguidores abogan por colocar a la humanidad dentro de la evolución natural, sin pasar por alto la posibilidad de otras formas de vida similares o superiores en galaxias lejanas. El existencialismo ateo proclama que la existencia es per se la razón de vivir y que el fin último es emplear nuestro tiempo vital en procurar la realización personal.

Es posible, no puedo asegurarlo, que la gata que duerme plácidamente en mi sillón no se haga esta pregunta. Tiene muy en claro cómo ser gato y salvo algunos hábitos adquiridos por su convivencia con la gente, se asemeja a todos y cada uno de sus congéneres. No tiene la impronta de la cultura, no reconoce ideologías, ni religiones ni clases sociales. Es más: incluso podría trasladarse en el tiempo, hacía atrás o hacia delante, y seguiría siendo el mismo animal. Parece no necesitar saber para qué es el gato.

¿Por qué, entonces, no ser como los gatos y dedicarnos tranquilamente a devenir como seres humanos? Porque nos atormenta la certeza de nuestra propia finitud. Nos morimos y sabemos que morimos, no en el momento exacto, no ante la inminencia, sino desde que tenemos conciencia de la vida. Y es por saber esa tremenda noticia que el hombre ha buscado desde la protohistoria una respuesta a la pregunta en cuestión. Porque averiguar para qué el hombre nos dirá si realmente cada uno de nosotros tiene la posibilidad de acceder a la eternidad.

No queremos morir, ni ayer ni hoy ni mañana. Pensamos que sin eternidad la vida es una herida absurda, como dice el tango. Nos rebelamos ante este conocimiento, ante la inexorabilidad de la muerte, tan democrática y puntual, y queriéndola burlar recurrimos a complicadas elucubraciones, para evadir el único dato cierto: la gente se muere, como se mueren los gatos y las plantas.

"Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda una filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar de ideas, las determina, aun cuando luego, claro está, estas ideas reaccionen sobre él corroborándolo. Unas veces puede provenir de una enfermedad adventicia, de una dispepsia, verbigracia; pero otras veces es constitucional. Y no sirve hablar, como veremos, de hombres sanos e insanos. Aparte de no haber una noción normativa de la salud, nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más: el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad."

Así arranca "Del sentimiento trágico de la vida", el ensayo de Miguel de Unamuno que viene a socorrernos. Todos estamos de acuerdo en que el hombre cumple un proceso vital, al cabo del cual su existencia comprobable, esto es, su cuerpo y su intelecto, perecen. Para poder pensar en una vida ultraterrena, post-mortem, es necesario dotarlo de un componente que supere este traspié: el alma.

Desde la Antigüedad se discute la existencia del alma, confundiéndose en muchos casos con la definición de psique o mente. Claro está que sostener hoy en día que Aristóteles hablaba del alma no es una prueba consistente, ya que entonces se desconocían las funciones del corazón, sin ir más lejos. Lo que sí queda claro es que sin alma no hay inmortalidad y supongamos que existiera. Veamos que deduce David Hume al respecto:

"Razonando a partir de la marcha normal de la naturaleza, y sin suponer ninguna nueva intervención de la Causa Suprema (recurso que debería excluirse siempre de la filosofía), deducimos que lo que es incorruptible debe también ser ingenerable. Por lo tanto, si el alma fuese inmortal, ya habría existido antes de nuestro nacimiento. Y si su existencia anterior no nos concernió en absoluto, tampoco habrá de concernirnos su existencia posterior."

Menudo embrollo... Unamuno también hace referencia a una conclusión similar a la que arribó Baruch Spinoza, empeñado como estaba en darle un baño de racionalismo a la cuestión:

"Quedémonos ahora en esta vehemente sospecha de que el ansia de no morir, el hambre de inmortalidad personal, el conato con que tendemos a persistir indefinidamente en nuestro ser propio, y que es, según el trágico judío (Spinoza), nuestra misma esencia, eso es la base efectiva de todo conocer y el íntimo punto de partida personal de toda filosofía humana, fraguada por un hombre y para hombres."
"Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido hallar comprobación empírica racional, tampoco le satisface el panteísmo. Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a Dios, mejor dicho, seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues si es así, antes de nacer, en Dios estábamos, y si volvemos al morir adonde antes de nacer estábamos, el alma humana, la conciencia individual, es perecedera."

Es decir que trascender de manera amorfa y sin conciencia de ser, es decir, sin existencia, tampoco nos conforma del todo. Viene bien la adjetivación usada por Unamuno: inmortalidad personal. Y agregaría más: el sueño de inmortalidad personal abarca a aquellos seres que en la única vida que conocemos hemos amado. Nadie sueña con pasarse la eternidad en una isla desierta.

Dado que es imposible apelar a comprobaciones empíricas para afirmar cuál es nuestra razón de ser, si existe el alma o la inmortalidad, se trata de elegir cuál cosmogonía se acomoda mejor a nuestra estructura de pensamiento. "La verdad es subjetividad y la subjetividad es verdad", también decía Kierkegaard, dando que lo que creemos es y lo que es lo creemos.

A pesar de las dificultades que entraña sostenerla, siempre pensé que la fe religiosa -la fe crítica, no la fe inducida- es una gran cosa para el que la experimenta, porque le permite dejar de lado las pruebas y contrapruebas que demanda la razón (la fe es irracional, señala Kierkegaard) Don Unamuno se enoja con los incrédulos militantes:

"Hay gentes que parece como si no se limitasen a no creer que haya otra vida, o, mejor dicho, a creer que no la hay, sino que les molesta y duele que otros crean en ello o hasta que quieran que la haya. Y esta posición es despreciable, así como es digna de respeto la de aquel que, empeñándose en creer que la hay, porque la necesita, no logra creerlo."

De esto y no de otra cosa se trata la angustia original, que no es pecado.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

Lo fatal (1905)
Rubén Darío

martes, 7 de julio de 2009

Sonría, lo estamos filmando

Democracia significa gobierno por los que no tienen educación y aristocracia significa gobierno por los mal educados.
Gilbert Keith Chesterton

Hace algún tiempo hablábamos de la iconocracia, esa sociedad manejada por la imagen repetida y magnificada por los medios de comunicación masiva. Los resultados de las pasadas elecciones legislativas han puesto en evidencia de que no se trata de una entelequia, de una distopía pergeñada por un George Orwell contemporáneo, sino de una tendencia preocupante y creciente.

José Pablo Feinmann analiza este fenómeno en una nota publicada por el diario Página/12. En ella cita una frase del Plan de Operaciones atribuído a Mariano Moreno (y que otros atribuyen a Manuel Belgrano): “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice”. Desde esa cita fundacional, Feinmann va desgranando la manipulación de las voluntades políticas de la plebe, en distintas instancias históricas hasta la actualidad.

Lo que a priori se destaca como diferencia básica en este racconto es que otrora se recurría a la construcción de un discurso oportuno, es decir, se armaba un alegato impactante, una retórica precisa y efectiva. El medio era el mensaje, como decía MacLuhan, tanto se interprete este aserto del derecho o del revés. La palabra estaba por encima de la forma, el contenido sobre el continente, la ética sobre la estética.

Que no es lo mismo que un político imite a un músico de rock para captar el favor del electorado, vamos. El show se torna obsceno cuando uno toma dimensión de la tarea que demanda manejar la cosa pública. "El siglo XXI ha matado a la política. Existe la representación. El show. Lo mediático. Y lo virtual", dice con pesimismo Feinmann. Salvo para la derecha, para aquellos que adoran nuevos dioses cuyo panteón principal lo ocupa el dinero sin origen y la pantalla chica.

¿Cómo sobrevivir a esta tendencia global, donde los Sarkozy y los Berlusconi son ídolos de masas por sus miserias antes que por alguna grandeza? ¿Cómo despegarse de la mugre que exhiben los que ejercen de comunicadores sin la menor responsabilidad cívica? Encima la peste, que nos confronta desconfiadamente con el otro, que nos expone, otra vez gracias al alarmismo de los medios, a lo peor de cada uno, el miedo al extraño, el egoísmo, el aislamiento.

Difícil es no caer en el nihilismo. Nietzsche tendría mucha tela para cortar en estos días que corren. ¿Qué hacer? Resistir por los que aún están vírgenes de tanta roña, evitar que caigan en las fauces de este monstruo multicolor y sensual. Taparnos los oídos como Ulises para no sucumbir al canto de las sirenas siliconadas que vociferan que pensar en otro mundo posible es demodée. Que pensar es demodée. Tener fe en los ideales, pero una fe nacida de la duda, como recomendaba Kierkegaard, una fe cuestionadora y molesta, contradictoria y mutable. Y agradecer infinitamente que tratamos con mediocres afortunados, cuyo fin está implícito en su germen, porque la pantomima no dura para siempre y su decadencia está asegurada por esas mismas cámaras que hoy los muestran triunfantes y sonrientes.

(Para acceder a la nota citada: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-127745-2009-07-05.html)

miércoles, 3 de junio de 2009

Educando al soberano

La filosofía también resulta un marco propicio para pensar un tema tan actual como la educación. De hecho, el saber pedagógico es objeto del estudio filosófico. Pero hagamos primero un poco de historia.

Para los griegos paideia (paidos, paiz= niño y deia=formación) consistía en la base de educación que dotaba a los hombres (no mujeres) de un carácter verdaderamente humano. Bajo este concepto se agrupaban la gimnasia, la gramática, la retórica, la poesía, las matemáticas y la filosofía. Se suponía que estos elementos harían del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos. La enseñanza, en la antigua Grecia, no dependía del Estado ni era obligatoria, sino que los padres eran libres de elegir a los maestros que instruirían a sus hijos.

Los primeros romanos (hasta el siglo II AC) consideraban que hasta los 7 años, la educación de los hijos era responsabilidad de la madre. Luego, el padre los instruía en la lectoescritura, la moral, el derecho, las tareas agrícolas y a partir de la adolescencia (16 años) el ejército completaba la formación de los varones. Luego, adoptaron el sistema educativo griego. La schola era mixta hasta los 12 años y se les impartía griego, latín, retórica, filosofía, música y deporte. Los adolescentes varones continuaban sus estudios en un nivel medio, que hacía hincapié en la retórica y para quienes aspiraban al cursus honorum o carrera política había un nivel superior, en el que se enseñaba principalmente oratoria.

Durante la Edad Media, la Iglesia tenía la sartén por el mango. Así, los escolásticos impusieron el estudio del Trivium (tres vías) y del Quadrivium(cuatro vías) En el Trivium los estudiantes se interiorizaban en gramática, retórica y dialéctica o lógica. El Quadrivium estaba conformado por el estudio de aritmética, astronomía, geometría y música.

Paralelamente, la invasión musulmana de la península ibérica incorporó a Occidente el conocimiento del mundo árabe, sobre todo en matemáticas, astronomía, arquitectura y medicina. Además, sin la censura del catolicismo, los pensadores árabes, como Averroes, traducían a los clásicos griegos y nuevas ideas se incluirían en el corpus del conocimiento universal.

Esto haria eclosión durante el Renacimiento, que además del florecimiento de las artes, descubre una corriente opuesta a la escolástica: el humanismo. De la concepción teocéntrica pasamos al antropocentrismo: el hombre como principio y fin. El humanismo revaloriza a los clásicos griegos y romanos. La literatura y la poesía vuelven a ser objeto de estudio. Y a este cambio contribuye un invento fundamental para la transmisión de la cultura: la imprenta de Gutenberg.

El próximo hito en este camino será el siglo XVIII, siglo de las luces o de la Ilustración. Es el período en el cual impera la Razón como mecanismo para mejorar a la humanidad. Es el auge del "pienso, luego existo" de Descartes, del "espíritu de las leyes" de Montesquieu, del "contrato social" de Rousseau. El símbolo de la época es la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, un conjunto de conocimientos universales, cosmopolitas, sin sesgos nacionales. La influencia del enciclopedismo en la escuela argentina fue notable hasta bien entrado el siglo XX.

La Revolución Francesa, producto de la Ilustración, con su divisa "libertad, igualdad, fraternidad" pone en el tapete la necesidad de un educación pública, gratuita y obligatoria. Lo mismo surge con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Durante el siglo XIX, con la consolidación de las naciones, la educación pública se convierte en responsabilidad del Estado en todo Occidente.

El primer pensador al cual le cabe la acepción moderna de pedagogo fue el suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) Su método era muy simple: consiste en hacer que el proceso de desarrollo humano (sensitivo, intelectual y moral) siga el curso evolutivo de la naturaleza del niño, sin adelantarse artificialmente al mismo. La educación es vista como una "ayuda" que se da al niño en este proceso para que se realice bien, y la actividad educativa y docente es vista como un "arte". Esto parece una verdad de Perogrullo, pero hay que tener en cuenta que hasta no hace tantos años los castigos físicos y la memorización de los conceptos eran moneda corriente.

La psicología, sobre todo la evolutiva con Jean Piaget a la cabeza quien elabora la Teoría Constructivista del Aprendizaje, influenciará la pedagogía del siglo XX. El acceso a los medios tecnológicos por gran parte de la población contribuirá a que la difusión del conocimiento no sea patrimonio exclusivo de la escuela.

Sin embargo, existe la sensación y es corriente escuchar el comentario acerca de que las nuevas generaciones urbanas son más incultas y ponen menos interés en aprender que sus antecesoras. Que los chicos actuales, nacidos con el pulgar entrenado para mandar mensajes de texto y una habilidad pasmosa para manejar mouses, joysticks y controles remotos, no tienen la misma capacidad a la hora de hacer cálculos o interpretar un escrito. Los más puristas los defenestran incluso por destrozar la gramática y la ortografía en haras de ganar unos segundos, que malgastarán luego mirando tele.

Y he aquí un error fatal. Nuestros hijos no son tontos, son distintos. Si nosotros somos homo videns, ya que nacimos al influjo de los rayos catódicos, ellos son homos cyberneticus. Enseñar en la escuela con los mismos recursos pedagógicos que en la época de sus abuelos es una batalla perdida, por más que la matemática sea básicamente la misma que la que practicaba Pitágoras.

Reformular los contenidos, incorporando el código de los pibes de hoy, entusiasmarlos en la carrera del saber, como si fuera una aventura gráfica excitante, es el desafío de los nuevos pedagogos.

lunes, 4 de mayo de 2009

El animal político

Politikós etimológicamente define a lo relativo al ordenamiento de la ciudad, la polis (no confundir con The Police) Y era un termino corriente en la antigua Atenas, aunque el hombre comienza a organizarse socialmente ya en el neolítico, cuando el más sabio o el más fuerte era designado para orientar al grupo.

Ya Aristóteles decía que el hombre es un animal político, por más que en la actualidad sea una ciencia demediada por la práctica. La filosofía también se ha planteado como objeto de análisis el ejercicio del poder y distintas escuelas de pensamiento se han preguntado cuál es el mejor sistema de gobierno y cómo se logra el objetivo del bien común.

Así, para los griegos, la política giraba exclusivamente en torno a la ciudad, mientras que en el Medioevo los escolásticos teorizaban sobre la relación entre los hombres y el orden dado por Dios. A partir del Renacimiento, el antropocentrismo se instala en las ideas y aparece el primer teórico politico moderno: Nicolás Maquiavelo.

Maquiavelo es partidario de una república bien organizada, al estilo romano, que logre canalizar el conflicto inmanente entre gobernados y gobernantes. En su obra más conocida, El Principe, escrita para Lorenzo de Médicis, elabora una serie de principios sobre cómo debe comportarse un gobernante. Virtud y fortuna son dos de los requisitos para ser un buen príncipe. Ninguna decisión nacida del crimen, el maltrato o la corrupción son legítimas en el gobierno.

Contemporáneo de Maquiavelo, Tomás Moro publica en 1516 su Utopía, la descripción de una sociedad organizada racionalmente y con la premisa de la igualdad, dando un gran salto en el pensamiento político y económico de la época. En Utopía, el gobierno es una mezcla de democracia y aristocracia, en el sentido el gobierno de los mejores. El propio autor deja adivinar que se trata de un imposible y, de hecho, utopía se traduce como "lugar que no existe".

El contractualismo, que ya mencioné en otro comentario, da otra vuelta de tuerca a la teoría política. Thomas Hobbes y John Locke, por un lado, y Jean-Jacques Rousseau por el otro plantean las relaciones entre el Estado y los ciudadanos. Hobbes plantea el principio de autoridad, al cual los hombres se someten para garantizar el orden social. Locke, por el contrario, hace hincapié en los derechos naturales del hombre, por encima de la autoridad. Rousseau sostiene que es la sociedad quien corrompe al individuo, que naturalmente es bueno.

Otro filósofo y estadista va a venir para sentar las bases de las democracias modernas: Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu. En 1748, publica Del espíritu de las leyes en el cual establece la división de los poderes del Estado, teniendo en cuenta que la función primordial de la política es proteger al hombre de los otros hombres, sacrificando para ello parte de su libertad individual a favor del Estado.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, producto de la Revolución Francesa de 1789, establece que "la finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión". Ya, entonces, la política tenía otros alcances que ocuparse solamente de los asuntos de la polis.

Ya en el siglo XIX, con la Revolución Industrial, los filósofos observan que las premisas de "libertad, igualdad, fraternidad" no son más que una expresión de deseos. Las relaciones entre los hombres son inequitativas e inestables, producto de lo que Karl Marx definiría como la lucha de clases. Para los pensadores socialistas, es la política y el Estado quien tiene que garantizar esta equidad, controlando los medios de producción.

Del lado del capitalismo, son los positivistas los que le dan marco teórico, proclamando que el orden es imprescindible para que el hombre y la sociedad progresen indefinidamente. En otras palabras, no triunfa el que no quiere, siempre y cuando cumpla con las reglas establecidas. El sueño americano es una idea positivista.

Max Weber, antipositivista y socialista-liberal, plantea una tesis en la que define al Estado como como una entidad que posee un monopolio en el uso legítimo de la fuerza, dándole un nuevo giro a la teoría política.

El siglo XX es el siglo de los movimientos de masas, inaugurado por la primera Revolución Rusa de 1905 y la segunda, en 1917. La experiencia socialista, exportada a distintos puntos del globo con diversos matices y que aplica la lucha armada como método para arribar al poder, las revueltas populares, como el 17 de octubre y el Mayo Francés de 1968, la división del mundo en dos bloques luego de la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Cortina de Hierro en los 90, la aparición en escena de latente conflicto árabe-occidental y, sobre todo, la globalizacion son los tópicos que hoy analiza el politólogo.

¿Para qué sirve la filosofía política, me preguntarán? Recurro al historiador inglés Arnold Toynbee para esbozar una respuesta: "El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan". No hay forma de sustraerse, de ser "apolítico", porque vivimos en una sociedad reglamentada a partir de premisas políticas, que sólo pueden ser modificadas por acciones políticas.

Hoy por hoy, cuando también la política está vaciada de contenido, banalizada hasta el límite de que cualquier tarambana declara el fin de las ideologías o se discuten las cirugías plásticas como si fuera una cuestión de Estado, no estaría mal recuperar el interés por la cosa pública. Involucrarse es dotar a la política de significado.

Para terminar, cito al español Fernando Savater "Idiota: Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás." ¿Será una utopía pretender lo contrario?

martes, 21 de abril de 2009

Gregorio Klimovsky


"Somos un reservorio cultural y productivo para un mundo en crisis"

Hoy me sorprendió la noticia del fallecimiento de Gregorio Klimovsky. Claro que su nombre no está en boca de todos ni tampoco creo que a él le interesara la popularidad.

Para quien no lo conoce, fue un matemático y pensador argentino, producto de la universidad pública, que se destacó en el campo de la epistemología o filosofía de la ciencia, hasta convertirse en el referente más importante de Latinoamérica en esta especialidad.

Había nacido en 1922. De chico quería ser astrónomo, pero luego sus pasos giraron hacia las matemáticas. Llegó a ser decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Sufrió las consecuencias de la Noche de los Bastones Largos, pero se quedó en el país. Junto con otro matemático, Jorge Bosch, introdujo en la Argentina la teoría de conjuntos.

Luego su interés se extendió a otros ámbitos. Le interesaba específicamente la ética y la metodología de la investigación científica. Sin embargo, fue tolerante con aquellas ciencias que no son rigurosamente metódicas, a diferencia de otros epistemólogos.

Fue miembro de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos e integró la CONADEP. Fue distinguido con el Premio Konex en dos oportunidades.

Nunca había publicado un libro, hasta que en 1994 aparece Las desventuras del pensamiento científico, que agotó edición tras edición hasta el presente.

Le gustaba la música, incluso la moderna. Fue, ante todo, un humanista.

—¿Existe algo que hoy por hoy quisiera estudiar e investigar?

—En realidad tengo varias vocaciones, y bastante fuertes. No recomiendo en general a la gente que atraviese este fenómeno, porque no disponemos de tanto tiempo para leer y si uno quiere hacer las cosas en serio tiene que estudiar mucho. Yo me he dedicado a Filosofía y Matemática, me he dedicado a Filosofía y Biología, me he ocupado de Epistemología de las Ciencias Sociales, me he ocupado de Psicoanálisis y me he ocupado de cuestiones de Politología y de Derechos Humanos. En realidad en algún sentido, respondiendo a su pregunta diría que lo mío, antes que nada, es la cuestión de los Derechos Humanos. Y todavía estoy vinculado con ese tema, como lo estuve en su momento con la CONADEP, con la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos -de la cual fui casi un fundador, no lo fui en forma estricta porque entré a los dos meses de creada- y todavía integro el Consejo de Presidencia. La cantidad de premios, distinciones y plaquetas que tengo en homenaje a esa actividad son un orgullo. Los puede ver ahí en el piano arriba -parece en realidad un aparador de un deportista (risas). Creo que lo fundamental, hoy por hoy para mí, es la cuestión de la solidaridad humana, aquello que uno puede hacer por los demás.

miércoles, 15 de abril de 2009

Piromanía e iconocracia

Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.
Oscar Wilde

El 21 de julio de 356 a.C. un pastor de Ëfeso inauguraba la moda de ser famoso a cualquier precio, tan en boga en estos tiempos modernos. Eróstrato no tuvo mejor idea que incendiar el templo de Artemis, una de las siete maravillas del mundo antiguo, para asegurarse un lugar en la posteridad.

Al conocerse la intención de su atentado se prohibió, bajo pena de muerte, el registro de su nombre, prohibición que evidentemente no surtió efecto. La psicología ha acuñado un complejo con su nombre que se define, precisamente, como el trastorno por el cual el individuo busca sobresalir, ser el centro de atención.

En 1939, Jean-Paul Sartre publicaba “El muro” y entre sus cuentos aparecía “Erostrate”, una analogía de la historia clásica ambientada en el siglo XX. Su protagonista, Paul Hilbert, acostumbraba a observar a la humanidad desde el balcón de su apartamento del sexto piso, hasta que un buen día decide cometer un crimen al azar. El relato rezuma una intensa crueldad, una crueldad racional, sin la atenuante de la bestialidad instintiva.

“Los hombres, hay que mirarlos desde arriba. Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana: ni siquiera sospechaban que alguien pudiera observarlos desde lo alto. ¿Quién pensó en la forma de un sombrero visto desde el sexto piso? (…) En el balcón del sexto piso, allí es donde hubiera querido pasar toda mi vida”.

Este ver al Otro desde la altura, metáfora de un individualismo patológico, este comportamiento sociopático, esta amoralidad (en la cual no incurre otro asesino de papel, Rodion Raskolnikov, el personaje creado por Dostoievsky en “Crimen y castigo”, que se siente perseguido por la culpa) son características el erostratismo.

Sartre lo encuadra dentro del humano deseo de ser alguien, como afirmación de la identidad social y sexual y en concordancia con los paradigmas culturales vigentes. No es imprescindible que el asesinato se lleve a cabo: basta con “matar” al otro desde la palabra, desde el punto de vista de donde parte la mirada.

¿Y por qué infringí la prohibición y traje a colación a Eróstrato? Sencillamente, porque estuve viendo TV. En la pantalla pululan decenas de personajes de una profesión nueva y suponemos que lucrativa: trabajan de mediáticos. Se definen a sí mismos como tales, sin que esto les provoque ninguna crisis existencial.

Para ser un mediático profesional se requiere ser egocéntrico, no tener lealtades con nadie, portar orgullosos el estandarte de la mediocridad, carecer de talentos artísticos (es casi condición sine qua non) salvo una gran capacidad de inventiva, tener un teléfono celular, webcam o algún soporte tecnológico para aportar “pruebas”.

El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, experto en medios de comunicación audiovisual y autor de una muy recomendable “Historia del cine”, Román Gubern ha definido esta dictadura de la pantalla chica como iconocracia.

Sostiene Gubern que la televisión está gobernada por el principio del mínimo esfuerzo perceptivo e intelectual y que cada país tiene la TV que se merece. Flaco favor nos hace... Pero mejor, vamos a dejar que hable por sí mismo:

“¿La televisión? Este aparato ha pasado a ser un púlpito, donde el predicador esta dentro y sus millones de fieles lo observan sin perder detalle. Todo lo que dice y muestra es una verdad absoluta y se debe de creer, como en toda buena religión. Lo que no aparece en la pantalla no existe. Las esferas políticas se han dado cuenta de esto y contratan diseñadores de imagen para sus candidatos, en las elecciones gana la mejor imagen y no el mejor hombre, se prefiere votar por una imagen de seguridad que por una imagen de incertidumbre.”

Visto de este modo ¿cómo nos puede extrañar que proliferen los émulos de Eróstrato? ¿Cómo evitar que los hijos de la iconocracia desechen el esfuerzo y el sacrificio como proceso natural para alcanzar el reconocimiento, que desarrollen su talento para brillar con luz propia y su espíritu crítico para discernir entre apariencia y esencia?

Ser alguien al precio de ser cualquiera no pareciera ser una elección inteligente ni saludable. Dado que el hombre “está condenado a ser libre”, es responsable de sus acciones, sin tener excusas ya que tiene conciencia de su existencia, está en cada uno de nosotros la respuesta y la decisión. Podemos optar por incendiar el templo de Artemis o por hacer bien las cosas, sin otra expectativa que la satisfacción de haber logrado el objetivo. Después de todo, ya lo dice el tango: la fama es puro cuento.

martes, 10 de marzo de 2009

El monstruo invisible

El escritor español Francisco Paco Umbral asegura que el deporte es una estilización de la guerra. Una guerra –agrego yo- de la que también toman parte los aficionados que asisten a alentar a sus respectivos ejércitos, para lo cual se valen de estandartes, indumentaria, fanfarrias, cánticos, insultos y otras manifestaciones más o menos violentas. Es decir, una guerra en la que todo vale, como en toda guerra.

Al menos así lo entienden cientos, miles de personas que en todo el planeta concurren a los espectáculos deportivos y que definimos como fanáticos (o hinchas en nuestra versión local) El diccionario define fanatismo como toda pasión exacerbada o irracional hacia algo. Es una adhesión incondicional, que no admite cuestionamientos ni críticas.

Nuevamente apelamos a El malestar de la cultura para echar un poco de luz sobre el asunto. Según Freud, el hombre se encuentra escindido entre dos tendencias contrarias: el ansia de felicidad y el ansia de seguridad. Nuestra conciencia de ser individuos es la causa de que nos sintamos solitarios, así como la corporalidad es la fuente de males como las enfermedades. Por eso, para buscar la felicidad puede imponerse la exigencia de abolir ambas facetas. La barra, la pertenencia a una masa anónima que nos identifica, es uno de los recursos que empleamos. Nos transformamos en fanáticos.

Erich Fromm, en El miedo a la libertad, lo pone aún más claro. Sostiene que todo fanatismo es un intento regresivo de escapar del surgimiento del individuo y la libertad debido al miedo que ello causa. Albert Camus, en El hombre rebelde, lo clasifica dentro de los nihilismos destructivos, es decir, que esconde un deseo oculto de muerte, ya que va contra la naturaleza humana que es mudable y flexible.

Ese colectivo, embanderado tras un lema común, crea su propia mitología y su panteón de héroes, guarda memoriosamente el record de sus batallas ganadas y rencorosamente el recuerdo de sus derrotas. No se trata de méritos, de mejor performance deportiva: se trata de vencer y regodearse con la humillación del rival.

En este contexto, apelar a la denigración del otro a través de su asimilación con grupos desvalorados o a características supuestamente negativas, es un mecanismo habitual. Así, el contrario es “cobarde”, “negro”, “marica”, “pechofrío”, etc. Así es “bolita”, “paragua”, “peruca”, “brasuca”, “sudaca”.

Esto viene a colación a lo sucedido en un partido de fútbol local el pasado domingo, en el que una parcialidad, a modo de denuesto, portaba banderas de países vecinos, para indicar el origen “espurio” de la parcialidad contraria.

Menudo revuelo mediático, con la correspondiente intervención del organismo oficial competente. Ahora bien, me pregunto si asumiendo que se trata de una ofensa no se empeora la situación y se afianza la discriminación. Porque si yo planteara ¿en qué me ofenden si me tratan de boliviano o paraguayo?, si dijéramos “es un orgullo que nos comparen con dos pueblos fieles a su historia, que demostraron bravura y altivez aún en sus horas más amargas”, el efecto de la discriminación desaparece.

Hay un exceso de celo, una preocupación tan grande por mostrarse políticamente correcto que frecuentemente se termina avalando lo que se quiere combatir. Es como quien dice “yo tengo amigos gays” para demostrar que no es homofóbico, cuando quien sinceramente no se pregunta sobre la condición sexual de sus amistades no se le ocurriría hacer esa salvedad.

La xenofobia, el miedo a lo extraño, a lo extranjero a nuestra idiosincrasia, es otro de los instintos primarios que la cultura procura contrarrestar. Primates gregarios como los chimpancés mantienen guerras feroces con sus tribus vecinas por cuestiones territoriales y de hegemonía. Recién en el siglo XX (sobre todo, luego de la terrible experiencia del nazismo) las sociedades occidentales bienpensantes lo comenzaron a ver como una disfunción y una amenaza.

Sin embargo, el monstruo sigue agazapado y resurge con cada epíteto descalificador que haga referencia a raza, etnia, religión, origen o condición social y cada vez que aceptemos esa referencia como descalificación, aún con las mejores intenciones.

Woman is the nigger of the world (John Lennon)

En el ámbito público, pareciera que las mujeres hubieran despertado de un extenso retargo, cual bellas durmientes, con el advenimiento del siglo XIX. Antes no sé sabe bien qué hacían, salvo criar hijos, ser santas o reinas.

El fenómeno que caracteriza a la demora de la mujer para ocupar espacios de reconocimiento se conoce como invisibilización. Este concepto designa a los mecanismos culturales tendientes a omitir la importancia de un grupo social. Si no se lo reconoce, no existe.

Nuestra memoria colectiva no registra a las mujeres que se han destacado en la Antigüedad. Nombres como Aspasia de Mileto, Hipatia de Alejandría, Téano de Crotona o Safo de Lesbos no nos son familiares.

Tampoco tuvieron suerte mujeres del Renacimiento como la poetisa Vittoria Colonna o la pintora barroca Artemisia Gentileschi, admirada por sus pares varones contemporáneos.

Pocos saben que, a la par de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en plena Revolución Francesa, Olympia de Gouges se atrevió a redactar la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, que comenzaba con las siguientes palabras: "Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta."

Que Georges Sand y George Eliot hayan apelado a seudónimos masculinos no fue un capricho. Querían que sus escritos fueran considerados sin el tamiz del sexismo, en un mundo masculino. Sin embargo, hay que admitir que la literatura ha sido el territorio menos hostil para que la mujer desarrollara su capacidad creadora.

Dicen las malas lenguas que Camille Claudel, la amante de Auguste Rodin, fue la autora de muchas de sus esculturas y el verdadero genio detrás del artista francés.

Con la inclusión de la mujer en la Universidad, empezaron a aparecer las científicas, como Maria Sklodowska, más conocida como Madame Curie, galardonada con dos premios Nobel. A Rosalind Franklin le birlaron este honor, ya que Watson y Crick se llevaron todo el mérito por el descubrimiento de la estructura del ADN, que hicieron en base al trabajo de esta biofísica inglesa.

La invisibilización de la mujer en el campo de la filosofía es notable. Se dice que no hay mujeres filósofas, cuando, en realidad, debería decirse que no se conocen mujeres filósofas. Basta citar a Diotima de Mantinea, Hiparquia de Tracia, Hildegarda de Bingen, Cristina de Lorena, Teresa de Jesús, Madame de Sevigné, Mary Wollstonecraft, Eleanor Marx, Rosa Luxemburgo, María Montessori, Edith Stein, Simone de Beauvoir, Simone Weil, Hannah Arendt, Chantal Desol.

En la actualidad, no está bien visto ejercer la discriminación de género. Los machistas están catalogados como neandertales despreciables, a pesar de que la primera diferenciación en la formación de hombres y mujeres parte de la crianza del hogar, generalmente ejercida por las madres.

No es de extrañar, entonces, que se hagan extensos panegíricos y homenajes cada 8 de marzo, en una suerte de discriminación positiva o acción afirmativa. No hay “Día del varón”, no es necesario recordarlo porque su impronta cultural está dondequiera que miremos. Tampoco hay una literatura “de hombres”, como se supone que hay una literatura “de mujeres”.

Esta discriminación inversa, pero discriminación al fin, tiene sus críticos, como el jurista estadounidense Kenji Yoshino, autor del libro “Covering” (Enmascaramiento), una de las voces más claras y jóvenes en el campo de los derechos civiles.

Dice Yoshino que las formas actuales de discriminación, mucho más sutiles que las tradicionales, están dirigidas a propender por una homogenización dentro y entre grupos y a atacar, en consecuencia, a los miembros de los mismos que se niegan a asimilar los estándares dominantes. Ya no es cuestión de género, raza o religión, sino que se persigue a quien, aún dentro de su minoría, expresa características distintas, por ejemplo, de elección sexual.

En una sociedad ideal no tendría lugar una celebración de género ni de ningún grupo en particular. No haría falta recordar en el calendario que unas y otros somos imprescindibles para la evolución de la especie, con igualdad de oportunidades para todos y con un justo reconocimiento para quienes se lo merezcan.

martes, 24 de febrero de 2009

La aldea global

El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.

¿Cuáles son los grandes temas de la filosofía en el presente? ¿Sobre qué tópicos nos preguntamos? Durante el siglo XX, ya hay que decir “el siglo pasado”, ha habido tantos fenómenos sociales, cambios de paradigmas culturales, innovaciones tecnológicas y catástrofes evitables que nos ha dejado perplejos y meditabundos.

Así como el siglo XIX ha visto nacer a las ciencias sociales (sociología, antropología, psicología, politología) y alumbra la semiología o semiótica, la centuria siguiente las ve crecer hasta llegar a la edad adulta. La lingüística estalla en múltiples teorías para explicar no sólo el proceso del habla y la conformación de las lenguas nacionales, sino para desentrañar el acto de la comunicación. Estamos en la era de los mass-media.

En esta inmensa tarea de la interpretación de lo que decimos encontramos a Hans Gadamer que desarrolla la hermenéutica, disciplina que abordará la comprensión como objeto de estudio, Ludwig Wittgenstein que explica la lógica del lenguaje, Bertrand Russell, quien hace del uso de la lengua el tema central de su filosofía hasta llegar a Noam Chomsky y su teoría generativa, a Marshall McLuhan con su concepción de aldea global y a Giovanni Sartori, quien acuña el término de homo videns.

Entendernos parece ser el signo de los tiempos. Porque, tal como lo enuncia Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Para correr ese límite, para incluir al otro, tengo que saber interpretarlo.

Gadamer dedica su larga vida (vivió 102 años) a este proceso. Define como comprensión al rescate del sentido que comparten los seres humanos en el ámbito de la historia y la tradición. Sostiene que preguntar es la forma inicial de producir conocimiento y que hay que estar proclive a la sorpresa que nos proporcionará la respuesta, estar dispuesto a dejarse decir algo. También aborda los conceptos de tradición y prejuicio. La tradición que conforma nuestro marco de referencia, pero que podemos superar y mejorar. El prejuicio inmanente en toda tradición, que no debe cerrar la comprensión, sino todo lo contrario: ser un acicate para abrirla. En la medida que la tradición abre nuevos caminos dentro del acontecer histórico al que pertenecemos, constituye un momento de la libertad y de la historia mismas.

Russell, en su teoría de las descripciones, aboga por la claridad de expresión, para dejar el menos espacio posible a las especulaciones. Exige que cada descripción definida en efecto contenga una afirmación de existencia, una afirmación de unicidad que da esta apariencia, pero éstas pueden ser descompuestas y tratadas separadamente de la afirmación que es el contenido obvio de la proposición.

Chomsky revoluciona la lingüística teórica al sostener que la adquisición del lenguaje es casi instintiva, que no se trata de un proceso de aprendizaje y asociación. Postuló, además, que existen unos principios abstractos comunes en la gramática humana, más allá de las lenguas propias de cada región. De esta manera, llamó gramática generativa al conjunto de reglas innatas que permiten traducir combinaciones de ideas a combinaciones de palabras.

McLuhan, un estudioso canadiense, vislumbra la sociedad de la información actual en la década del 60. Establece que se trata de una “aldea global”, gracias a la interconexión de los medios electrónicos. Anuncia que “el medio es el mensaje”, como un camino para la lectura e interpretación de la noticia de acuerdo con el medio que la reproduce.

Y Sartori completa esta visión, cuando señala la aparición de una generación de niños educados frente al televisor, los videojuegos y la Internet: nace el homo videns. Alerta sobre el empobrecimiento de la comprensión y sobre la opinión teledirigida, el no cuestionamiento de lo que aparece en la imagen, la aceptación de lo que se ve como única realidad.

Esto es apenas la punta del iceberg: en el temario hay muchas otras cuestiones que desvelan al hombre actual. Algunas de corte moral, como la tortura, la pena de muerte, el aborto. Otras de tinte político-cultural, como las democracias formales, el derrumbe del socialismo real, la integración multiétnica en las grandes urbes, la causa árabe.

El panóptico de Bentham o, si se prefiere, el ojo del Big Brother de Orwell está aquí: todo está expuesto a la consideración global. Somos observados en la misma medida en que pispeamos a los vecinos. Y el efecto mariposa dejó de ser una metáfora poética para transformarse en una realidad amplificada millones de veces por efecto de la tecnología de la información.

Queda en cada uno separar la paja del trigo y ver qué hacemos con ese enorme caudal, que como toda corriente desbordada, trae mucha basura y algún que otro tesoro.

lunes, 23 de febrero de 2009

Lo bello y lo sublime

Desde el punto de vista de la filosofía, estética es la disciplina que trata de lo bello, de lo que agrada los sentidos. Desde la Grecia clásica, la belleza fue objeto de estudios y elucubraciones diversas.

Es Kant quien vincula el concepto de estética, entendido como análisis de la capacidad intuitiva sensible o ciencia de lo aprehensible de modo puramente intuitivo, con el análisis de lo bello y lo sublime en la Naturaleza y el Arte o ciencia de aquello que, sobre la base de la mera intuición, sin mediación del conocimiento conceptual: agrada o desagrada inmediatamente.

A lo largo de la historia, podríamos decir que hay tres formas de abordar la estética: la corriente idealista (Platón, Plotino, Hegel, Schelling, Schopenhauer, para quienes la belleza se funda en la mayor o menor participación en las esencias por parte de los objetos considerados como bellos. En lo bello se refleja lo divino (Plotino) o la idea (Hegel). Según Schelling, lo bello es la representación de lo infinito en lo finito, y muestra en sensible encarnación la unidad de lo ideal y lo real, lo teórico y lo práctico, lo subjetivo y lo objetivo.

La otra vía de abordaje es la concepción realista (Herbart, ven Kirchmann)y por último, la social-objetivista, típica del realismo crítico soviético (G. Lukács.

Más allá de estos pensadores, a fines del siglo XIX, surgió un movimiento artístico, en respuesta al utilitarismo filosófico en boga. Esta doctrina sostenía que el arte existe en beneficio de su exclusiva belleza.

El esteticismo se opuso a la fealdad y al materialismo de la sociedad industrial y fundamentaban su concepción en Kant, para quien las normas estéticas podían separarse de la moralidad, la utilidad o el placer.

Tal vez hoy se repitan condiciones similares a las que dieron origen a esta corriente. La tecnocracia imperante, la reivindicación de la vulgaridad desde los medios masivos de comunicación, el auge de ciertos cánones de belleza ficticios, hacen que volvamos a pensar en qué es belleza y qué es arte.

A tal fin, rescatamos un breve texto de Oscar Wilde, un esteta de la decadencia victoriana.

Prefacio a “El retrato de Dorian Gray"

El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.

El crítico es el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas.

La más elevada, así como la más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto.

Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A éstos les queda la esperanza.

Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza.

Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.

La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Calibán viendo su cara en el espejo.

La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Calibán no viendo su propia cara en el espejo.

La vida moral del hombre forma parte del tema para el artista; pero la moralidad del arte consiste en el uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Hasta las cosas ciertas pueden ser probadas.

Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo.

Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo.

Pensamiento y lenguaje son, para el artista, instrumentos de un arte.

Vicio y virtud son, para el artista, materiales de un arte.

Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, la profesión de actor.

Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo. Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo.

Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte.

La diversidad de opiniones sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital. Cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.

Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil, en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.

Todo arte es completamente inútil.

martes, 10 de febrero de 2009

Hijos del rigor

A veces las ideas nos persiguen como sabuesos y uno no sabe si atribuirlo a la casualidad o la cierta autonomía de los pensamientos para recurrir insistentemente, machacones. Días atrás, en una conversación, surgió nuevamente la pregunta sobre la naturaleza humana y el rol de la sociedad que lo cobija. Vuelvo, entonces, a apelar a Freud para que oficie de guía.

Cuando un individuo se aviene a integrar un grupo social y cultural, firma un contrato tácito en el cual hay obligaciones implícitas de ambas partes.

Toda cultura reposa en la imposición coercitiva del trabajo y en la renuncia a los instintos, provocando, por consiguiente, la oposición de aquellos sobre los cuales recaen tales exigencias.


Esta resistencia coexiste con la organización, está agazapada, y se manifestará en mayor o menor medida de acuerdo con la mayor o menor equidad que tenga el reparto de los bienes generados por esa sociedad. Es básico: a mayor bienestar, menor resistencia. Pero la misma cultura genera también las herramientas para defender ese patrimonio común, aunque es sabido que esos recursos suelen estar en manos de las clases dominantes.

Al lado de los bienes se sitúan ahora los medios necesarios para defender la cultura; esto es, los medios de coerción y los conducentes a reconciliar a los hombres con la cultura y compensarle sus sacrificios.

Claro que la mayoría de las veces prevalecen los medios de coerción y no las recompensas… Esto ha sido así desde el comienzo de la historia, a pesar de que hubo un avance en el terreno de las conquistas sociales a partir del siglo XVIII, que reconoció derechos hasta entonces inexistentes.

Ya en las antiguas renuncias al instinto (incesto, canibalismo, homicidio) interviene un factor psicológico. Es inexacto que el alma humana no haya realizado progreso alguno desde los tiempos más primitivos y que, en contraposición a los progresos de la ciencia y la técnica, sea hoy la misma que al principio de la Historia.

Es decir que el individuo se ha ido domesticando, adaptando sus pulsiones primarias a los requerimientos de la vida en sociedad. Y cuanto más avance esta adaptación, esta civilización, la aplicación de la fuerza para contener sus instintos ancestrales será menos necesaria.

Una de las características de nuestra evolución consiste en la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la acción de una especial instancia psíquica del hombre, el super-yo, que va acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos.


Según Freud, llegaría un punto en que la resistencia cede y la persona y su grupo de pertenencia dejan de ser enemigos de la cultura para ser sus más encendidos defensores del status quo.

Aquellos individuos en los cuales ha tenido efecto (esta transformación) cesan de ser adversarios de la civilización y se convierten en sus más firmes sustratos. Cuanto mayor sea su número en un sector de cultura, más segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los medios externos de coerción.

Sin embargo, esta transformación está lejos de ser perfecta. Se puede acordar colectivamente acerca del rechazo sobre aberraciones indignantes (el genocidio, por ejemplo), pero hay conductas privadas deleznables que siguen practicándose, al amparo del silencio.

Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo desde siempre, en todas las civilizaciones.


Cuanto más poder tiene un grupo, más fácil le resultará dar rienda suelta a estos comportamientos. ¿Y qué pasa con los grupos menos favorecidos en el reparto de los bienes?

En lo que se refiere a las restricciones que sólo afectan a determinadas clases sociales, la situación se nos muestra claramente y no ha sido nunca un secreto para nadie. Es de suponer que estas clases postergadas envidiarán a los favorecidos sus privilegios y harán todo lo posible por libertarse del incremento especial de privación que sobre ellas pesa. Donde no lo consigan, surgirá en la civilización correspondiente un descontento duradero que podrá conducir a peligrosas rebeliones. Pero cuando una civilización no ha logrado evitar que la satisfacción de un cierto número de sus partícipes tenga como premisa la opresión de otros, de la mayoría quizá –y así sucede en todas las civilizaciones actuales-, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad contra la civilización que ellos mismos sostienen con el trabajo, pero de cuyos bienes no participan sino muy poco.

¿Existe algún sistema de organización social capaz de derribar esta estructura desigual de reparto de los beneficios y de las obligaciones? ¿Hay algún sistema que pueda prescindir de la coerción, es decir, de la aplicación de la fuerza, para lograr los objetivos comunes? Históricamente, oscilamos entre sistemas en los cuáles impera la ley de la selva, donde sólo sobrevive el más apto y se abandona a su suerte a los menos afortunados (sobre los cuales recae todo el peso de coerción) a sistemas donde pesa un fuerte control estatal sobre las personas y los bienes, incluso recortando derechos individuales, que luego degenera en una clase dominante burócrata y una mayoría igualada en sus necesidades.

Mientras no encontremos una o más respuestas inclusivas y satisfactorias a este interrogante, el lobo seguirá aullándole a la luna.

lunes, 2 de febrero de 2009

Aullidos a la luna

La ociosidad es la madre de la filosofía (Thomas Hobbes)

Y la ociosidad sumada a la mala programación de televisión los domingos por la noche y al descenso de la libido debería producir unos pensamientos complejos y originales… No es este el caso, pero de todas maneras la tentación de compartir un par de ideas es más fuerte y cedo a ella.

Una cosa lleva a la otra. Estoy leyendo el ensayo de Freud titulado “El porvenir de la cultura” en el que expone con suma claridad que todos los hombres tenemos tendencias autodestructivas, antisociales y anticulturales, que nos vuelven hostiles contra lo que nosotros mismo hemos construido: cultura y sociedad.

Dice Freud que los deseos instintivos, entre los que identifica el incesto, el canibalismo y el homicidio nacen de nuevo con cada criatura humana, a pesar de la condena unánime que tienen estas prácticas.

El sábado vi “La aldea” (The village, 2004) una película que mostraba un experimento social creado por personas familiares de víctimas de la violencia, para lo cual se habían aislado de las ciudades y recluido en un bosque, sin contacto con el mundo exterior. Allí habían recreado la vida a finales del siglo XIX, no usaban dinero, trabajaban comunitariamente y se manejaban democráticamente a través de un consejo conformado por los pioneros del poblado.

El propósito de la empresa era recuperar la inocencia perdida y desterrar los instintos feroces. Estaba prohibido el color rojo y adentrarse en el bosque. El tabú hacia el rojo sospecho que se relacionaba con la sangre. Para que se cumpliera el segundo precepto, los fundadores habían inventado a los “Sin nombre”, una suerte de seres malignos que acechaban en la espesura. Y de tanto en tanto montaban una puesta en escena para que el cuento fuera creíble.

Pero ninguna utopía es perfecta ni practicable: un buen día uno de los habitantes de esa Arcadia, rompió el tabú e hirió de muerte a otro hombre. Si bien el agresor no estaba en sus cabales, su acto no sólo les recordó el pasado del cual habían huido, sino que los enfrentó con la necesidad de pedir ayuda al exterior. El resto de la historia no viene a cuento, porque es en estos dos puntos en los que me quiero detener.

¿Es inherente a la naturaleza humana el impulso de aniquilar al otro, más allá de las condiciones del medio ambiente en que se desarrolle? Jean Jacques Rousseau afirma que no, que el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe.

"Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit."
(Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro)

Este verso pertenece a Tito Marcio Plauto (254 a.C.-184 a.C.) aunque la frase fue popularizada por Thomas Hobbes en su Leviatán. Hobbes sostiene lo contrario: el ser humano es naturalmente egoísta, es la sociedad quien intenta corregir ese comportamiento.

Es muy difícil, aún teóricamente, separar al hombre de la sociedad que lo rodea. El efecto del medio ambiente es insoslayable y no hay forma de estudiar a un individuo aislado de todo contacto con otros congéneres para saber si Rousseau estaba en lo cierto. Además, no tendría demasiado sentido, ya que no sentir el impulso de matar cuando no se tiene a quién matar parece un tanto absurdo.

Hobbes en cambio lo coloca inmerso en la sociedad: son las reglas de convivencia la que nos hacen reprimir esos impulsos básicos y, por lo tanto, nos mejoran. Siguiendo este razonamiento, en un estado de anomia, término introducido por el padre de la sociología, Emile Durkheim, esas reglas desaparecen, los instintos se liberan.

Pero aún sin anomia, la adaptación social no siempre funciona y un individuo o grupo de individuos salta el cerco y se convierte en lobo. ¿O será como dice Freud y ya era un lobo, pero un lobo domesticado?

La etología (estudio del comportamiento animal) puede oponerse a este discurso, porque la manada tiene reglas, es decir, tiene una estructura social, con jerarquías muy definidas, que se regula no ya desde un comportamiento moral, sino por el gran mecanismo que rige la vida en la Tierra: la supervivencia.

El impulso vital, del que hablaba Bergson, es el que nos garantizó la continuidad como especie y tal vez dentro de ese impulso vital vienen adosados como estigmas el impulso de matar al que nos pone en peligro, de cometer incesto para asegurarnos descendencia y de comer al otro para no morir de hambre.

Cuánto más demorará la evolución en quitarnos esas marcas de origen, no lo sabemos. Ni siquiera podemos asegurar que eso ocurra alguna vez. No existe ninguna isla de Utopía, no hay Arcadia que nos proteja de nosotros mismos.

Después de todo, no somos más que frágiles, minúsculas partículas de polvo estelar movidas por un viento infinito que, por obra y gracia de los elementos, vinimos a habitar en el tercer planeta del sistema solar. Desconocemos quiénes o qué nos dieron origen y cuál es el plan final de esta obra maestra. Somos eternos huérfanos.

domingo, 1 de febrero de 2009

Happiness is a warm gun, mamma

Ya sabemos que los griegos tenían la manía de filosofar sobre casi todo. No es extraño, entonces, que la felicidad ocupara un lugar importante en sus cavilaciones, dado que, como sostenía Aristóteles "todos los hombres aspiran a la felicidad".

Eudemonismo (de eudaimonia, dicha) define a las doctrinas filosóficas que sostiene que la felicidad es el fin último de todas las acciones humanas. El problema, ya planteado por las escuelas clásicas, es determinar qué entiende cada uno por felicidad.

El propio Aristóteles señalaba que un día feliz no hace que podamos llamar feliz a un hombre. De ahí que la felicidad no pueda ser solo un estado emocional, un placer puntual, una habilidad técnica o un bienestar pasajero. Tampoco es un premio o un regalo (como sugería Platón, que utilizaba el término makairos en lugar de e(eudaimonia), sino que sino que se va logrando a lo largo de una vida digna y plena, es decir, virtuosa.

Los latinos también aportaron lo suyo a la confusión. Mientras que "felicitas" alude al concepto de fertilidad, fecundidad, prosperidad terrenal, "beatitudo" define a los bienes morales acumulados a lo largo de la vida, una vez eliminados todos sus males, es decir, habla de la perfección de la naturaleza humana.

Por lo tanto, ya podemos ir perfilando de qué va la cosa. Habría una "felicidad en el placer" contrapuesta a una "felicidad en la virtud".

El placer como fuente de felicidad

"El placer perfecciona la actividad, y por tanto también el vivir, que es lo que todos desean. Es razonable, pues, aspirar también al placer, pues completa nuestra vida, que es deseable por sí misma" (Aristóteles, Etica a Nicómaco)

Para Epicuro, la finalidad de la ética no es otra que la de buscar aquellas cosas que producen placer y evitar aquellas que conducen al dolor, porque el placer (hedoné) es el principio y fin (télos) de una vida feliz. De este modo, la felicidad sólo se logra mediante una economía de esfuerzos que, por un lado, consiga sobreponerse a las cosas (al dolor, por ejemplo) y obtener el autocontrol. Dicho de otra manera: el epicureísmo no propone "living la vida loca", sino manejar nuestras pasiones de modo tal de llegar a un equilibrio, a una moderación:

"Ni banquetes ni orgías constantes engendran una vida feliz, sino un cálculo prudente que investigue las causas de toda elección y rechazo" (Epicuro, Carta a Meneceo)

Los utilitaristas del siglo XIX, con Jeremy Bentham a la cabeza, retomaron estas ideas:

"La naturaleza ha puesto al hombre bajo el imperio del placer y del dolor, a ellos debemos todas nuestras ideas... El que pretende sustraerse a esta sujeción no sabe lo que dice... El principio de utilidad lo subordina todo a estos dos móviles. Utilidad es un término abstracto que expresa la propiedad o la tendencia de una cosa a preservar de algún mal o procurar algún bien: mal es pena, dolor, o causa de dolor; bien es placer o causa de placer."

Esto implicaría que el único criterio racional y consistente que tenemos para guiar la acción es la evaluación de las consecuencias placenteras y dolorosas, tanto a nivel individual como colectivo. Muchas críticas han recibido los utilitaristas, dado que reduce la noción de felicidad al bienestar y, además, cuando se aplica a las sociedades, siempre toma en cuenta el bienestar de las mayorías, en desmedro de las minorías que pretendan "otro tipo de bienestar". Este concepto de felicidad tiene más que ver con el querer, con el deseo (para ser feliz, alcanzaría con tener lo que deseamos) que con una proyección más trascendente del ser humano.

La felicidad en la virtud

Los estoicos, esos filósofos griegos y latinos sufridos que dedicaban su vida a la búsqueda de la verdad, o por lo menos, de una imagen de la verdad, hallaban la felicidad en la virtud. Marco Aurelio definía a un hombre sabio y feliz como una roca inalterable contra la que se estrellan las olas del mar.

De esta manera, más que intentar ser feliz, lo que el hombre debe hacer es ejercitar la virtud, ser sabio y hacer aquello que es propio a su auténtica naturaleza. Si así actúa, se hará merecedor de la felicidad. No elegían el camino más sencillo, eso está claro...

Ahora, ¿cuál era esa famosa virtud propia de la naturaleza humana? El ejercicio de la razón. La naturaleza del hombre es ser racional y esta es una condición universal que todos poseemos, sin privilegios de clases. Este concepto estoico es la base de la igualdad y significa un avance importantísimo en la historia del pensamiento. Por otra parte, introduce la idea de la libertad interior, más allá del entorno socio-político al que estemos sometidos.

Para el ideal estoico, el camino de la felicidad es individual y, por tanto, un camino que cada uno debe realizar en solitario buscando la independencia de todo condicionamiento exterior. Es el camino del gobierno de uno mismo. Es una sabiduría práctica, basada en la prudencia, que aspira a la serenidad del espíritu, más allá de cualquier circunstancia interna (afectos o pasiones) o externa (sociedad o destino)

Este planteo será retomado por los humanistas del Renacimiento y por los filósofos de la Ilustración, a tal punto que se llega a establecer la felicidad como un derecho establecido (incluso figura como derecho inalienable en el acta de la Independencia de los Estados Unidos)

Immanuel Kant, el padre del racionalismo, dice que es muy difícil establecer un concepto único de felicidad, dado que no es un ideal de la razón, sino de la imaginación, pero reconoce que es imprescindible una felicidad mínima para no quebrantar los principios morales. Esto es: un hombre insatisfecho, que se ve apremiado por las necesidades, es víctima fácil de la tentación de infringir sus deberes. Por eso, sólo desde la perspectiva de la libertad, la razón puede exigir a todos los individuos, por el camino que en cada caso sea posible, un comportamiento mediante el que se realice la armonía global.

La felicidad en la perfección humana

Y llegó la psicología humanista para decirnos que la felicidad es la autorrealización (Maslow) Que es, más o menos, lo que Aristóteles o Santo Tomás de Aquino definían como perfección.

Autorrealizarse es, a grandes rasgos, apropiarse de las posibilidades que nos ofrece la vida, de acuerdo con nuestro leal saber y entender. Es un ejercicio contínuo de nuestro ser.

Entendiendo que habemos de transitar por el dolor y el gozo, la memoria de los momentos felices (gozo memorante) neutralizará los efectos del dolor (secuestro del dolor), sin suprimirlo, pero dándonos fuerzas para seguir adelante. No se trata de una postura conformista y blanda, sino de tener serenidad ante la adversidad y un espíritu batallador ante la miseria y el sufrimiento.

Si la felicidad es un don, también es un trabajo, si la felicidad es un descubrimiento, también es una conquista. Tiene que haber una predisposición, una voluntad de ser felices, para la autorrealización compartida con quienes nos rodean en el mundo.

Conclusión

Algunos filósofos se han quedado con las ganas de opinar y me amenazan con hacer un piquete, así que aquí van algunos de sus pensamientos acerca de la felicidad:

Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una (Voltaire)

La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más (Sören Kierkegaard)

Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace (Jean-Paul Sartre)

Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias (John Locke)

La felicidad consiste, principalmente, en conformarse con la suerte; es querer ser lo que uno es (Erasmo de Rotterdam)

Pregúntate si eres feliz y dejarás de serlo (John Stuart Mills)