miércoles, 15 de abril de 2009

Piromanía e iconocracia

Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.
Oscar Wilde

El 21 de julio de 356 a.C. un pastor de Ëfeso inauguraba la moda de ser famoso a cualquier precio, tan en boga en estos tiempos modernos. Eróstrato no tuvo mejor idea que incendiar el templo de Artemis, una de las siete maravillas del mundo antiguo, para asegurarse un lugar en la posteridad.

Al conocerse la intención de su atentado se prohibió, bajo pena de muerte, el registro de su nombre, prohibición que evidentemente no surtió efecto. La psicología ha acuñado un complejo con su nombre que se define, precisamente, como el trastorno por el cual el individuo busca sobresalir, ser el centro de atención.

En 1939, Jean-Paul Sartre publicaba “El muro” y entre sus cuentos aparecía “Erostrate”, una analogía de la historia clásica ambientada en el siglo XX. Su protagonista, Paul Hilbert, acostumbraba a observar a la humanidad desde el balcón de su apartamento del sexto piso, hasta que un buen día decide cometer un crimen al azar. El relato rezuma una intensa crueldad, una crueldad racional, sin la atenuante de la bestialidad instintiva.

“Los hombres, hay que mirarlos desde arriba. Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana: ni siquiera sospechaban que alguien pudiera observarlos desde lo alto. ¿Quién pensó en la forma de un sombrero visto desde el sexto piso? (…) En el balcón del sexto piso, allí es donde hubiera querido pasar toda mi vida”.

Este ver al Otro desde la altura, metáfora de un individualismo patológico, este comportamiento sociopático, esta amoralidad (en la cual no incurre otro asesino de papel, Rodion Raskolnikov, el personaje creado por Dostoievsky en “Crimen y castigo”, que se siente perseguido por la culpa) son características el erostratismo.

Sartre lo encuadra dentro del humano deseo de ser alguien, como afirmación de la identidad social y sexual y en concordancia con los paradigmas culturales vigentes. No es imprescindible que el asesinato se lleve a cabo: basta con “matar” al otro desde la palabra, desde el punto de vista de donde parte la mirada.

¿Y por qué infringí la prohibición y traje a colación a Eróstrato? Sencillamente, porque estuve viendo TV. En la pantalla pululan decenas de personajes de una profesión nueva y suponemos que lucrativa: trabajan de mediáticos. Se definen a sí mismos como tales, sin que esto les provoque ninguna crisis existencial.

Para ser un mediático profesional se requiere ser egocéntrico, no tener lealtades con nadie, portar orgullosos el estandarte de la mediocridad, carecer de talentos artísticos (es casi condición sine qua non) salvo una gran capacidad de inventiva, tener un teléfono celular, webcam o algún soporte tecnológico para aportar “pruebas”.

El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, experto en medios de comunicación audiovisual y autor de una muy recomendable “Historia del cine”, Román Gubern ha definido esta dictadura de la pantalla chica como iconocracia.

Sostiene Gubern que la televisión está gobernada por el principio del mínimo esfuerzo perceptivo e intelectual y que cada país tiene la TV que se merece. Flaco favor nos hace... Pero mejor, vamos a dejar que hable por sí mismo:

“¿La televisión? Este aparato ha pasado a ser un púlpito, donde el predicador esta dentro y sus millones de fieles lo observan sin perder detalle. Todo lo que dice y muestra es una verdad absoluta y se debe de creer, como en toda buena religión. Lo que no aparece en la pantalla no existe. Las esferas políticas se han dado cuenta de esto y contratan diseñadores de imagen para sus candidatos, en las elecciones gana la mejor imagen y no el mejor hombre, se prefiere votar por una imagen de seguridad que por una imagen de incertidumbre.”

Visto de este modo ¿cómo nos puede extrañar que proliferen los émulos de Eróstrato? ¿Cómo evitar que los hijos de la iconocracia desechen el esfuerzo y el sacrificio como proceso natural para alcanzar el reconocimiento, que desarrollen su talento para brillar con luz propia y su espíritu crítico para discernir entre apariencia y esencia?

Ser alguien al precio de ser cualquiera no pareciera ser una elección inteligente ni saludable. Dado que el hombre “está condenado a ser libre”, es responsable de sus acciones, sin tener excusas ya que tiene conciencia de su existencia, está en cada uno de nosotros la respuesta y la decisión. Podemos optar por incendiar el templo de Artemis o por hacer bien las cosas, sin otra expectativa que la satisfacción de haber logrado el objetivo. Después de todo, ya lo dice el tango: la fama es puro cuento.

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