jueves, 2 de junio de 2011

Teología para ateos

¿Puede una persona cuya cosmogonía no necesita de dioses ni principio creador interesarse por la filosofía de la fe? Es evidente que sí, por lo cual la pregunta correcta sería ¿para qué o por qué se interesaría? ¿Tal vez para argumentar críticamente a la manera de Michel Onfray y concluir que las gentes de fe son pusilánimes sumidos en el oscurantismo y la magia? ¿O para maravillarse con la vastedad de la abstracción que no sólo engendra la matemática sino entidades incognoscibles a quien dota de pensamiento, voluntad y otros atributos ajenos a la condición humana?

Sumergirse en los textos exegéticos de cualquiera de las religiones conocidas invita a reflexionar principalmente sobre el hombre y sus primeras circunstancias: la conciencia de su mortalidad y su relación con el universo. Es decir que estamos frente a la metafísica, que se debate entre la ontología y la teología, esas regiones inhóspitas donde la investigación científica no alcanza a dar respuesta.

El primer filósofo que planteó cuestión ontológica fue Parménides de Elea, un presocrático que vivió alrededor del siglo V a.C. en la Magna Grecia (sur de Italia). Parménides logró la abstracción del ser, al sostener que lo real no es lo que perciben los sentidos, sino lo que aprehende el pensamiento, un producto psíquico. Es lo mismo pensar que ser (una versión anterior al cogito ergo sum de Descartes) por lo tanto, el ser es y el no-ser no es, porque no puede ser pensado. Este ser es ilimitado, infinito y eterno, es decir, es dios en la interpretación teológica de los escolásticos medievales.

Pero Baruch Spinoza, ese pensador inclasificable nacido en Holanda en 1632, de origen portugués y formación judía que se acercó al cristianismo, referente del panteísmo (dios, naturaleza y universo son la misma cosa, porque el ente es ilimitado), disiente con sus antecesores y sus contemporáneos religiosos de cualquiera de las tres grandes religiones monoteístas. Spinoza sostiene, a riesgo de ser acusado de ateísmo, que las religiones se basan en la superstición y la ignorancia:

"Si presencian algún fenómeno extraordinario que los llena de admiración, dicen que el tal prodigio es prueba de la ira divina, del enojo del Eterno; y entonces, al no orar ni hacer sacrificios lo llaman impiedad esos hombres, a quien la superstición conduce, y que lo que es la religión ignoran. Quieren que toda la Naturaleza sea cómplice de su delirio y, fecundos en ridículas ficciones, la interpretan de mil maravillosos modos".

Spinoza adjudica la verdadera causa de la superstición al temor, que es abonado por quienes sacan rédito de este temor de los hombres. Agrega que para obviar este mal se ha cuidado mucho de rodear de grande aparato y culto pomposo a toda religión falsa o verdadera para darle constante gravedad y producir en todos un profundo respeto, lo que ocasionan que no haya lugar a la razón y ni aún a la duda, tema que luego retomará Kierkegaard. Para completarla, cuestiona las ventajas materiales que tienen los que ejercen las dignidades sacerdotales y concluye que la fe se ha convertido en un conjunto de prejuicios y credulidades que transforma a los hombres racionales en brutos, privándoles del libre ejercicio de la razón. "Debe dejarse el juicio individual en libertad completa y que entienda cada uno la religión como le plazca".

En su Tratado teológico-político, este holandés curioso recomienda que la religión debe estar sojuzgada al poder político, cuyos líderes se ocuparán de gobernar y legislar, mientras que la religión se ocupará del control social, haciendo que la masa cumpla las leyes, mediante la educación en la verdad, desechando supersticiones y otras manifestaciones de la ignorancia.

Esta asimilación del ente al universo es posible si se comprende que dios y creación, dios y naturaleza, son la misma cosa. Una interpretación similar hacen los budistas para quienes el uno es el todo. Antes que Spinoza, Heráclito, Plotino y Giordano Bruno habían elaborado visiones panteístas del universo, aunque en este último no aparece el concepto de dios, sino de naturaleza y de pan-psiquismo, o sea, una especie de alma o intelecto universal.

Ahora si vamos de lleno Soren Kierkegaard, un hombre formado en el seno de la Iglesia danesa, a quien no dudó en criticar ácidamente. Kierkegaard, considerado el padre intelectual del existencialismo por su constante indagación en ese ser angustiado y solitario que es el hombre, no era ateo. Sus críticas se dirigían hacia las instituciones y a la práctica religiosa, a lo que él llamaba la hipocresía del cristianismo.

Los dos conceptos novedosos que introduce Kierkegaard a la filosofía son la subjetividad y el salto de fe. Por subjetividad entendemos que la verdad es lo que el sujeto entiende por la verdad. Esto implica que no es lo mismo la realidad objetiva y cierta que lo que la relación subjetiva de un individuo con esa realidad. Esto distingue al ser, le da entidad propia y capacidad interpretativa individual, aún cuando varios individuos coincidan en su subjetividad.

El segundo aporte, el salto de fe, es un parámetro irracional, dado que trasciende la razón por algo que no tiene explicación: la fe. Kierkegaard lo vincula tanto a la percepción que tiene el sujeto respecto de dios, como del amor. Para tener verdadera fe en dios, uno tiene que dudar de su existencia, ya que la duda es parte del pensamiento racional, que será o no superada por este concepto trascendente que es la fe. Lo mismo ocurre en el amor, que escapa al conocimiento racional: es una cuestión de fe.

Miguel de Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. Si bien primero adhiere a la doctrina teológica de creer en un dios personal, sin institucionalizarlo en iglesias ni ritos, al final de su vida se confesará ateo (Dios: ten piedad del alma de este pobre ateo, rezará su epitafio) Para el filósofo bilbaíno "todo lo vital es antirracional, no ya irracional, y todo lo racional, antivital", estableciendo una paradoja entre el ser y el conocer.

Su pensamiento podría enmarcarse en una suerte de antropología filosófica, dado que el único objeto de su filosofía es el hombre concreto, de carne y hueso, no un genérico anónimo y amorfo. Y para cada hombre hay un universo, dado que hay un mundo para cada conciencia, un mundo que no existe porque carece de sentido para cualquier otro sujeto.

Este hombre concreto está animado por un sentimiento de trascendencia, de vencer los límites de la existencia, de ansia de inmortalidad: es el sentimiento trágico de la vida, el que nos impulsa a filosofar. Esta necesidad también es la que nos impulsa a creer en dios, en nuestra constante búsqueda de la eternidad. De tal manera, la religión no es más que una proyección humana y las distintas creencias son las maneras que tiene el hombre de reflejarse a sí mismo, de acuerdo con su cultura, historia y particularidades.

Unamuno sostiene que en el politeísmo helénico la gran diferencia entre dioses y hombres era la inmortalidad. Por lo demás, los olímpicos eran perfectamente asimilables a los mortales. El paso al monoteísmo se establece por una especie de lucha de poder divino, cuando un dios del panteón desplaza a sus colegas en la preferencia de sus seguidores.

De este dios único se apodera la razón, es decir, la filosofía, y se llega así a un Dios lógico, racional, el ente supremo, el motor inmóvil. Pero este dios no es más que la proyección al infinito del hombre abstracto, del hombre no hombre. Es un dios-idea, un dios falso. Por eso todos los argumentos para demostrar su existencia fracasan.

En cambio, se llega al verdadero dios por el camino del amor y el sufrimiento, por el camino de lo no-racional. Este dios amado, fruto del sufrimiento, es la proyección del hombre concreto, su yo total. Es el ser ilimitado de Parménides.

"Creer en dios es anhelar que lo haya y es, además, conducirse como si lo hubiera". Así resume Unamuno la cuestión de qué es la fe para el hombre concreto: una idea vital, antirracional, que nos libre del agobio de sabernos mortales y nos obligue, como parte el contrato de trascendencia, a comportarnos conforme a ética.

Un concepto que para quienes compartimos una cosmogonía ayuna de dioses puede ser completado por cualquier otra idea vital y antirracional, como el arte o el amor, que también nos libran de la mala noticia de la mortalidad y que también nos demanda una conducta ética.

martes, 29 de marzo de 2011

Los imprescindibles

De acuerdo con la visión materialista de la historia, los procesos son causa y efecto de procesos anteriores y posteriores, en una sucesión prácticamente lógica de hechos que se relacionan entre sí y en una trama que tiene por telar la actividad económica. La ciencia, el pensamiento, el arte y todas las expresiones humanas son reflejo de estos procesos históricos, los predicen, los acompañan y los culminan.

Sin contradecir esta premisa, sino más bien abonándola, pensamos en aquellos que representan a su tiempo, lo desmenuzan, lo explican y lo reformulan para los tiempos por venir. Por supuesto que la selección es arbitraria, no por gusto personal, sino porque quien edita, ejerce opinión y en esta opinión está implícita la ideología de quien la sostiene.

El siglo XX ha estado marcado por el desarrollo de las ciencias humanas, que habían encontrado su método en el siglo precedente. El hombre se mira a sí mismo como sujeto social, se interroga acerca de su condición, investiga el mecanismo del lenguaje, elabora teorías sobre la comunicación. Aparecen nuevas disciplinas, como la semiología y la hermenéutica. Aparecen también sus aplicaciones técnicas, la publicidad, el marketing, la informática. Y la ética se ocupa de cuestiones tales como la clonación y la manipulación genética. Los viajes espaciales hacen replantear las cosmologías aceptadas, la física cuántica y la relatividad colocan en tela de juicio los postulados de la física clásica. Muchos son los pensadores que han trabajado sobre estas transformaciones: Max Weber, Ludwig Wittgenstein, Thomas Kuhn, Hans Gadamer, Jacques Lacan, Noam Chomsky, Marshall MacLuhan, Claude Levi-Strauss, Jean-Paul Sartre, Martin Heidegger, Roland Barthes, Herbert Marcuse, para citar a algunos. Sin desmerecer la importancia de estos amigos, quiero hacer hincapié en dos intelectuales, por distintas razones.

El primero es Sigmund Freud, porque la revolución que provocó su teoría del inconsciente es comparable a la revolución copernicana. Hoy por hoy se nos ha hecho moneda corriente hablar del yo, el super-yo y el ello y aceptar con total naturalidad la existencia de un estado de la conciencia que no podemos controlar ni reprimir, pero ubicándonos en tiempo y lugar, sus aportes fueron un salto inconmensurable en el pensamiento humano, tanto es así que infringe la tercera herida narcisista a la humanidad, que ya no cuenta con una psique unívoca y manejable.

El otro es un británico difícil de encasillar, porque se destacó en diversas áreas, emergiendo como una síntesis del desarrollo científico del siglo. Abordó las matemáticas, la física, la lingüística, la sociología, la epistemología, la ética. Fue un pensador comprometido con el pacifismo, la causa femenina, la libertad sexual, la igualdad racial, la equidad social. Por su inteligencia superlativa, por su enorme coherencia, por su defensa encendida de la claridad para exponer lo complejo, por su valentía para sostener posiciones, muchas veces a contrapelo del paradigma establecido, porque ha sido tan exhaustivo como para no agotarse, por unanimidad determinamos que Bertrand Russell es el intelectual insignia del siglo XX.

La ebullición científica decimonónica complica un poco esta elección, completamente inútil y cuestionable. Es el siglo de la independencia americana, de la consolidación de los estados europeos, de la revolución industrial y la expansión del imperialismo. La teoría de la evolución de Charles Darwin derriba la explicación bíblica de la creación y permite a los positivistas como Herbert Spencer y John Stuart-Mill sustentar su idea de progreso constante, que es otra forma de referir la evolución. El hombre deviene en un mono mejorado, no en un ser creado a imagen y semejanza de su hacedor: es la segunda herida narcisista. Y si no somos hijos de dios, dios no tiene razón de ser. Será Friedrich Nietzsche quien firme su acta de defunción. En Francia, Auguste Comte y Emile Durkheim fundaban la sociología, mientras que en Suiza Ferdinand de Saussure inauguraba la lingüistica. Desde Danzig, Arthur Schopenhauer ensayaba una síntesis entre el pensamiento occidental y el oriental y en Copenhague, Soren Kierkegaard escribía sobre la angustia existencial.

Nuevamente, destacamos dos figuras.Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el filósofo más influyente del siglo, representante cumbre del idealismo alemán y el último de los grandes metafísicos. En Hegel se resumen Platón, Aristóteles, Descartes y Kant y se preanuncian el socialismo científico, el existencialismo, la ontología de Heidegger y hasta el deconstructivismo de Derridá.

El otro elegido es su discípulo, Karl Heinrich Marx , intelectual que abordó con idéntico entusiasmo la filosofía, la economía, la historia y la sociología. La importancia de su obra, influenciada en sus comienzos por Ludwig Feuerbach y complementada con el trabajo de Friedrich Engels, marcó el pensamiento del siglo XX, tanto a su favor como en su contra. Junto a Freud y a Nietzsche será catalogado como "filósofo de la sospecha", por poner en tela de juicio conceptos universalmente justificados por medio de la razón, como son las pulsiones humanas, la voluntad de poder y el materialismo económico.

El siglo XVIII es el que conocemos como Ilustración, marcado a fuego por la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es un período en que la fe religiosa tiene que competir con la fe en el conocimiento. La filosofía se centra en el ser, es significativamente ontológica, y en la relación de ese ser con su entorno social. Así, Jean-Jacques Rousseau aboga por la bondad original del ser humano y culpa a la sociedad que lo contiene por sus iniquidades. Del otro lado, el escocés David Hume se debate entre el ser y el deber ser, iniciando la corriente del utilitarismo, así como el alemán Gottfried Leibniz intenta explicar el universo metafísico a través de la monadología.

Por representar el espíritu de su tiempo, destacamos a Jean-Marie Arouet, conocido por Voltaire aunque su aporte más significativo llega por el lado de la literatura. Como pensador es un legalista que confía en el principio de la justicia y no ve en la sociedad, como sí lo observa Rousseau, como causa de la alienación del individuo. Sin reconocerse como ateo, prescinde de la intervención divina en los asuntos humanos, como lo expone en su obra Cándido o el optimismo.. Sí es abiertamente anticlerical, porque encuentra en la iglesia una fuente de intolerancia e injusticia. Es el modelo del burgués liberal.

Por ser uno de los pensadores más influyentes de la modernidad y de la historia del pensamiento humano en general, nos detenemos en la figura de Immanuel Kant, aunque resulte demasiado breve esta enumeración como para siquiera asomarnos a su obra filosófica. Kant es denso, no en el sentido coloquial de aburrido, sino de una trama tupida, de un espesor que nos impone el ejercicio de la atención y la comprensión. Basta decir que sin su aporte a la filosofía de la historia resulta insoslayable impensable el materialismo de Marxm porque es el primero en advertir la concatenación de los hechos en clave universal y en suponer un desarrollo natural de los procesos, a la manera de los procesos biológicos y de la fisis aristotélica. En su estética trascendental, desplegada en la Crítica de la razón pura, explica el mecanismo de la aprehensión del conocimiento, en el que juegan la intuición, la percepción y las condiciones apriorísticas, como el tiempo y el espacio, siempre en el marco de la experiencia. En la Crítica a la razón práctica revoluciona el concepto de la ética, definiéndola como un valor universal, vacío de contenido empírico y que responde a imperativos categóricos y no hipotéticos. La Crítica del Juicio completa este ciclo kantiano, es decir, lo concluye. Una vez que ya tenemos dominio sobre la facultad del entendimiento y sobre la facultad de la razón, podemos utilizar la facultad de juzgar. Así establece una diferenciación entre lo bello y lo sublime y el concepto de genio, que luego serán tomados por el romanticismo alemán como base para desarrollar su movimiento artístico.

Nos tomamos un descanso en la vieja Königsberg, caminando por la orilla de la laguna del Vístula, para regresar a la brevedad con la segunda parte de este recorrido caprichoso por la historia del pensamiento.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Dilemas éticos

Si la ética es la filosofía de las obligaciones, del deber ser, la traición es la peor de sus hybris, porque la conducta antiética definiría la falta en el cumplimiento de los deberes, mientras que la tergiversación de los principios que rigen esas obligaciones constituiría un comportamiento amoral.

Planteado de esta manera, podríamos caer en la postura posmoderna de los pseudogurúes que ssotienen que aconsejan "ser fiel a uno mismo" como mecanismo para preservar esos ideales primarios, premisa que autoriza la consumación de cualquier iniquidad y lema del egoísta no culposo. Por esta razón, es procedente acordar cierta universalidad de los principios que rigen las obligaciones, tales como la justicia, la solidaridad, la responsabilidad, la compasión, la honestidad, a los que se pueden sumar otros más específicos, nacidos del paradigma cultural vigente en determinada época y de la idoelogía adoptada por el individuo.

Actuar de acuerdo con lo que creemos y mayoritariamente es aceptado como "lo que está bien" nos inhibiría entonces de incurrir en la hybris de la traición, más allá de los actores ocasionales de los hechos. Por ejemplo, si Bruto al conspirar contra Julio César hubiera creído que estaba actuando conforme a ética para preservar a Roma y a sus ciudadadanos ¿sería un traidor? ¿O el traidor hubiera sido el César al no cumplir con su deber a Roma?

Judas carga con el peso de que su nombre sea sinónimo de la perfidia misma. Sin embargo, algunos exégetas dan otra versión de los acontecimientos. Judas, como Barrabás, sería un zelote, la facción revolucionaria de los hebreos que quería quitarse de encima a los romanos y a sus aliados locales. El Iscariote pretendía que Jesús encabezara la rebelión, ya que tenía derecho legítimo al trono de Judea por parte de su madre, descendiente directa del rey David. Jesús, que es un místico, no atiende estas cuestiones terrenales ni tampoco acepta huir ante la amenaza de su captura. ¿Traicionó Judas sus principios? ¿Traicionó el pueblo judío al salvar a un líder radical como Barrabás? Tampoco traicionó Jesús sus prioridades éticas, entre las que no estaban ser rey, aunque algunos de sus contemporáneos puedan haber juzgado su conducta como antiética.

El coronel alemán Carl von Stauffenberg, gestor de la frustrada Operación Walkiria, el plan diseñado para matar a Hitler y acabar con el III Reich, se planteó el dilema de la traición. ¿A quién debía fidelidad? ¿A ese Führer a quien no le importaba la vida de sus soldados, que ordenaba matanza de civiles, torturaba presos y sumía a su patria en el escarnio? No se había alistado en el Ejército para eso, no era esa la Alemania que había jurado defender. Posiblemente este mismo dilema se planteó San Martín cuando se negó a participar en la guerra civil y partió al exilio y el general Valle en ocasión del golpe de 1955. Lamentablemente, escasearon los Stauffenberg durante la última dictadura, pero es bueno recordar la honrosísima excepción del general de Brigada Juan Jaime Cesio.

En épocas de paz, las traiciones son incluso mucho menos heroicas y más mezquinas. Así vemos personajes de la política (habría que discutir si realmente son políticos) que se despojan de su ideario con tal de ganar espacio en los programas de televisión, tan miserable es su aspiración y tan barato venden su ética. Por otro lado, vemos también presuntos comunicadores y medios de comunicación que desdeñan el principio básico de la ética periodística, el compromiso con la verdad, vaya a saber a cambio de cuántos denarios de plata.

Y si bien esta nueva Roma paga traidores, los sigue despreciando y desterrándolos al infierno de los alcahuetes en cuanto la traición está consumada.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Pensar en plata

La economía como objeto de la filosofía es un fenómeno moderno. Los pensadores clásicos pensaban la política, dando por sentado que la administración de los bienes estaba supeditada a la autoridad pública, para bien o para mal. Con la aparición del mercado de capitales y el desplazamiento del concepto de riqueza, que de ser la posesión de las tierras pasa a ser la acumulación de moneda, la economía adquiere sus propios pensadores y nace la filosofía económica.

En el siglo XVII, un ministro de el rey francés Luis XIV, vislumbró que el mercantilismo sin control perjudicaba al Estado. Claro que no tenía en mente el reparto equitativo de las ganancias, sino el interés de su monarca, pero desde su función promovió la industria y el comercio con políticas públicas. Se llamaba Jean Colbert y se lo considera pionero de la economía dirigista.

Ya en el siglo XVIII, otro francés, François Quesnay contrapuso la importancia de la tierra y su producción a la acumulación de capitales. Era el modelo de la fisiocracia. "Campesinos pobres, reino pobre; reino pobre, rey pobre", advertía Quesnay. Su Tableau économique es el primer tratado analítico sobre teoría económica.

Sin embargo, la realidad que planteaba Quesnay no era funcional para la realidad inglesa. Un reino en expansión, con grandes aspiraciones colonialistas, con una banca financiera en crecimiento, necesitaba un pensador que le diera un corpus teórico para exportar. Lo encuentra en Adam Smith, el padre del liberalismo económico. Este escocés explica la división del trabajo, principal fuente de riqueza, tanto a nivel local como internacional, estableciendo una jerarquización inamovible. De esta manera, los países productores de materias primas deberán cumplir esta funciòn y nada de industrializarse. Esto constituirá la base del imperio británico en el siglo XIX.

El pensamiento de Adam Smith lo completará David Ricardo, con su teoría del valor de los bienes (que dependerá de los costos de producción) y quien elaboró la ley de bronce del salario ("el salario se reduce a lo estrictamente necesario que permita al obrero subsistir y reproducirse", porque de otra manera los trabajadores se reproducen más y faltará el trabajo) Esta aseveración dará pie a Marx para sostener que jamás el capitalismo beneficiará al trabajador.

Si estas teorías no fueran suficientes para avalar esta corriente económica, Thomas Malthus aportó lo suyo. Para este economista inglés, considerado fundador de la demografía como disciplina, "la pobreza de las masas es simplemente consecuencia del instinto de reproducción del hombre y no depende de los síntomas y condiciones sociales de la época". De esta manera, el Estado se desentiende del problema de generar políticas de inclusión, dado que la culpa es de la gente que tiene hijos por demás. Para no quedarse corto, Malthus calificaba como frenos positivos a este fenómeno las guerras, las pestes y las hambrunas y como freno preventivo la regulación de la natalidad. Su visión a futuro es fatalista, dado que la población crece a progresión geométrica, mientras que los alimentos a progresión aritmética. Algunos se tienen que sacrificar y morirse de hambre.

En la Alemania que unificará Otto von Bismarck brotan más filósofos que repollos. Hegel tendrá dos discípulos incómodos que inspirarán la política y la economía del siglo XX: Friedrich Engels y Karl Marx. Revisando la epopeya de la humanidad y sus imperios a través de la mirada del materialismo histórico, Marx vuelve a centrar la atención en el pensamiento político y a revitalizar el rol del Estado como gestor de la economía. Define a los factores de producción como tierra, capital y trabajo, dandole prioridad a este último sobre los otros dos y, de esta manera, situando a sus agentes, los trabajadores, en un lugar que la Revolución Industrial no había contemplado.

El revoltijo que provocaron las ideas de Marx obligó a repensar el liberalismo clásico. A esto se abocará el británico Alfred Marshall, quien expuso una visión crítica a los conceptos de Adam Smith, David Ricardo y Thomas Malthus. Precursor del "estado de bienestar", señaló el peligro de los monopolios, la necesidad de equilibrar la oferta y la demanda y de encarar una distribución justa de los ingresos. Eran tiempos de la filosofía positivista, cuando se creía que el progreso era un proceso infinito y eterno.

Otro alemán, antipositivista, paralelamente plantea una teoría moderna del Estado, adjudicándole la exclusividad del uso legítimo de la fuerza, por lo que la política se deriva del poder, no habiendo otro poder superior a este. Max Weber también abordará cuestiones económicas. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo expone la relación de las religiones con la riqueza. Weber explica que, como tanto el judaísmo como el catolicismo tienen una relación culposa con la acumulación del dinero, era necesaria una nueva religión que bendijera la obtención de ganancias a través de una concepción de destino manifiesto (el rico es rico porque dios así lo dispuso), liberándolos de toda responsabilidad hacia los menos favorecidos. Esta religión será el protestantismo, en sus diversas presentaciones. Fundándose sobre esta base, los Estados Unidos harán del capital, del enriquecimiento personal y de su supremacía sobre los otros países su religión oficial: el sueño americano.

Las guerras mundiales echan por tierra tanto las tesis de Malthus acerca de los beneficios de las guerras como freno positivo como el optimismo de Marshall. Las cosas no se ordenan por sí solas, ni siquiera los mercados. John Maynard Keynes y sus seguidores de la posguerra advierten que son necesarias políticas fiscales que pongan en caja a la oferta y a la demanda. ¿Y quién mejor que el Estado para regular a los díscolos? Keynes vuelve a poner el caballo delante del carro, la política como generadora de los lineamientos económicos, esta vez ya no desde la mirada revulsiva del marxismo, sino del riñón mismo del capitalismo. Otro gran aporte que hace Keynes es señalar el consumo interno como motor de la economía, para lo cual es necesario una distribución de la riqueza para activar la capacidad de compra de los ciudadanos. Asimismo, insta a los gobiernos a promover la obra pública para combatir el desempleo.

La segunda mitad del siglo XX tuvo un retorno a la escuela clásica de la mano de Paul Samuelson, un economista estadounidense, quien sin embargo reconoció algunos postulados del keynesianismo. Del otro lado, John Kenneth Galbraith, amigo personal de Kennedy, hacía hincapié en las consecuencias sociales de la desigualdad y en la amenaza de las corporaciones. Por otra parte, los países que orbitaban a la Unión Soviética desnudaban las falencias de una economía ultradirigida, incapaz de reconvertirse y de competir.

A fines de los 60 y principios de los 70, los movimientos sociales y políticos de los países emergentes dan un giro hacia la izquierda, impulsando políticas económicas ligadas al ideario marxista y al proteccionismo. El imperio responde con una feroz represión, apoyando una escalada de regímenes dictatoriales que permiten la aplicación de medidas neoliberales como nunca antes se habían aplicado. La famosa escuela de Chicago, con Milton Friedman como estandarte, aboga por el libre mercado, que debe entenderse como la destrucción de las industrias nacionales por la libre importación de productos manufacturados en los países centrales. Esto acompañado por un tipo de cambio que desalienta la exportación. La consecuencia inmediata de esta política es el endeudamiento público, la precarización laboral y la dependencia externa. Este nuevo modo de ejercer imperialismo demanda indudablemente una sujeción de la política a la economía, es decir, gobiernos títeres que permitan su implementación y un Estado gendarme que aplaste todo conato de oposición al sistema.

El "adoctrinamiento" del pensamiento político y económico hizo que ya en los 80 y 90, estos mecanismos de coacción no fueran necesarios. Las siderales cifras de las deudas externas de estos países eran coacción suficiente como para mantenerlos a raya. Sin embargo, y como la economía no es una ciencia exacta, surgió el imponderable de que el sistema se asfixiara a si mismo. La crisis del 2001 que afectó a la Argentina, así como la apropiación desmedida del principal recurso de Venezuela, el petróleo, y la imparable marginalidad de ciertos sectores en Brasil fueron el caldo de cultivo para que surgieran nuevos líderes políticos que decidieran cortar con el círculo vicioso y encarar políticas de industrialización y distribución de la riqueza. Keynesianismo a la latinoamericana, aunque algunos quieran ver en estas propuestas un sesgo marxista o las tilden de medidas populistas, con un Estado presente y fomentador de obra pública y consumo interno.

En este momento estamos presenciando la debacle de varios países integrantes de la Unión Europea: crisis en Grecia, España, Portugal, Irlanda, desempleo récord en el Reino Unido. Hay que señalar que es una crisis de los capitales especulativos, no productivos, que arrastra en su caída al más lábil de los actores económicos, trabajadores, cuentapropistas y pequeños empresarios. El panorama se ve agravado por la sujeción a una moneda común que no representa la realidad de los miembros de la UE: no cuesta lo mismo un euro para un alemán que para un rumano.

La solución que han encarado estos países profundiza sus problemas: retracción del salario, flexibilización laboral, baja del consumo, ejecución de deudas bancarias, endeudamiento público con organismos crediticios como el FMI. Nuevamente la economía al servicio de la política y no viceversa.

El premio Nobel Joseph Stieglitz, destacado crítico de la globalización y de los fundamentalistas del libre mercado, enemigo declarado del FMI y del Banco Mundial, enrolado en el neokeynesianismo, le grita al viejo mundo "¡Aprendan de la experiencia Argentina!"

Al adoptar la moneda única, los países miembros de la zona euro cedieron dos instrumentos de política que son fundamentales: el tipo de cambio y las tasas de interés. Por tanto no tienen cómo adaptarse a situaciones de crisis. Sobre todo porque Bruselas no ha ido lo suficientemente lejos en la regulación de los mercados. Y la Unión Europea no hizo planes en este sentido. Ahora, en cambio, quiere un plan coordinado de austeridad. Si este plan continúa, Europa va directo al desastre. Sabemos, a partir de la Gran Depresión de 1930, que esto es lo que no debe hacerse.


Al escribir esto, las noticias mundiales propagan que Barack Obama anunció un congelamiento del salario del sector público para los próximos dos años. Días atrás, España ya había reducido un 3% de los salarios a sus trabajadores estatales.

Claro está que cuando la economía no funciona, se le echa la culpa a la política. Y en cierto punto esto es cierto, menos por acción que por omisión, por permitir el intercambio de los roles. Al desentenderse de su papel como gestora de iniciativas y de controladora de los intereses sectoriales que se oponen a los intereses nacionales, la política en su representación tangible que es el Estado es responsable de las consecuencias.

No se trata de descubrir la pólvora, sino de saber usarla sin provocar accidentes. Pocas disciplinas cuentan con tantas estadísticas y demostraciones como la economía. Sus efectos son visibles a corto, mediano y largo plazo. El quid de la cuestión está en el modelo que desde la política se proponga, el proyecto de nación que esta política sostenga y la calidad de las personas que los ciudadanos designen para llevarlas a cabo. El caballo siempre tiene que colocarse delante del carro.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Al gran pueblo argentino ¡salud!

Con pompa y circunstancia se preparan los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, ese grito de independencia que signó nuestro destino de nación libre de todo yugo extranjero. Al menos en los papeles, porque la historia demostraría que hace falta mucho más que una declaración de principios para constituir un estado soberano.

Más allá de consideraciones políticas y económicas, es un acontecimiento que bien podría ser aprovechado para plantearnos qué significa para cada uno ser argentino. De esta introspección y de la inquietud que hace un tiempo me presentaron unos amigos españoles, surgió el texto que transcribo a continuación.

Declaración de argentinidad

Ser argentino es como estar recién llegado y sentir nostalgias por lo desconocido. Es añorar paisajes nunca vistos, parientes sin rostro, historias no vividas. Es repetirle a los hijos cuentos de guerras lejanas, de un viaje en barco por océanos eternos con la esperanza de arribar a la tierra prometida.

Es tener la mirada puesta en el mar, prontos a zarpar para repetir la diáspora. Es renegar de una ubicación geográfica que nos coloca “donde el diablo perdió el poncho”, cuando nos encantaría ser el ombligo del mundo.

Es almorzar lasagna y cenar tortilla a la española. Es tomar mate con Apfelstrudel.

Y es también ser hermano latinoamericano, cuando Malvinas. Es decir que Jorge Drexler es rioplatense cuando gana un Oscar. Es exhibir un chauvinismo recalcitrante cuando juega la selección o cuando un connacional es aplaudido en el exterior.

Es reivindicar el origen del Che, aún siendo de derecha, y aplaudir a rabiar a Chávez cuando despotrica contra los yankees.

Es no saber bien qué se quiere, pero quererlo ya, como cantaba Luca Prodan, un argentino por adopción. Es ser un país jardín de infantes, como dice nuestra María Elena Walsh.

“Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy”. Es un tango, un sentimiento triste que se baila, porque en esa ambigüedad, en esa esquizofrenia, que va de la euforia a la depresión, de declarar que “Dios es argentino” a llorar amargamente por “este país de mierda” nos reconocemos.

Es Gardel, es Perón, es Maradona, es Borges, es Milstein, es Bocca, es Barenboim, es Darín y los 40 millones de anónimos que nos aferramos a sus logros personales para decirle al mundo “aquí estamos”.

lunes, 26 de abril de 2010

La piedra del escándalo

Dime quién te lee y te diré qué escribes... algo parecido (pero mejor expresado) pensaba André Gide cuando dijo "Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran." Hago esta disgresión para dejar en claro que tuve un prejuicio desfavorable hacia Michael Onfray desde que escuché el encendido elogio de una persona de cuya capacidad para el pensamiento crítico dudo mucho. Son de esas recomendaciones en contra: una ya se acerca con desconfianza, aunque con la secreta esperanza de estar equivocada, porque siempre es más grato encontrar algo bueno que confirmar la mala espina.

Siendo atea no comparto la concepción ateológica de Onfray, por demás virulenta y simplista. Este integrismo ateo no se diferencia de los fanatismos religiosos en cuanto a la falta de tolerancia por la libertad de creencias. Abjura de un mecanismo de construcción mítica que ha sido estudiado por la antropología y la sociología hasta el hartazgo, desde Levi-Strauss para acá. No propone una instancia superadora al vacío existencial que provoca la muerte de dios y la negación de la vida ultraterrena, porque lo limita al placer momentáneo, fórmula que está visto no conforma a los millones de creyentes que prefieren apostar a distintos paraísos. En fin, parece más un berrinche adolescente que una teoría filosófica. Se enoja con las religiones y con sus adeptos, que no reparan de que se trata de cuentos chinos para fomentar una estructura de poder. ¿Habrá leído a Kierkegaard este buen hombre?

Siendo de izquierda, observo en Onfray una apología del individualismo, más cercano al pensamiento liberal que al marxismo. Su rescate del hedonismo, en su culto al cuerpo y al erotismo, a la estética, me recuerda a una publicidad de un auto caro. El aclara convenientemente que no se trata de un elogio del consumismo, pero en mi humilde opinión dista bastante de la ética estoica inmanente en las ideologías revolucionarias.

Es una filosofía hecha a medida para los burgueses que se creen progresistas, sin las contradicciones de la fe, sin la culpa del placer en medio de la miseria ajena, sin preocupación por el presente ni responsabilidad en la construcción del futuro.

Dicho esto, paso al nuevo escándalo Onfray. Resulta que publicó un nuevo libro "El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana", en el cual compara el psicoanálisis con la religión y en el que le adjudica la misma capacidad de curar que la homeopatía, la radioestesia o la imposición de manos. Nuevamente las críticas arrecian, sobre todo porque le achacan errores y falsedades para sustentar su tesis (lo mismo sucedió con el "Tratado de Ateología")

Onfray sostiene que Sigmund Freud generó todo un sistema basado en sus propios instintos y necesidades fisiológicas y les otorgó carácter universal y que los casos que presenta en sus libros fueron adulterados para demostrar el resultado de la terapia. Si esto es cuestionable, más lo es la acusación de simpatizar con el fascismo que le endilga más adelante.

No voy a debatir sobre la validez del psicoanálisis como método curativo. Si voy a reivindicar nuevamente la enorme contribución de Freud al conocimiento del individuo y al estudio del comportamiento social, con sus ensayos "El porvenir de una ilusión" y "El malestar de la cultura", de notable vigencia.

Me quedan unas dudas finales. ¿Qué es lo que le está faltando al sistema de ideas de Onfray que lo violenta tanto? ¿No habría que seguir su ejemplo y elucubrar que sufrió un desengaño místico que lo hace atacar con saña todo aquello en lo que adivina un componente mágico? Es posible que la fe, como el psicoanálisis, alivien el dolor por la sugestión de la palabra ¿eso los invalida per se? ¿Es preferible el sufrimiento a un placebo sanador? ¿Y ese fundamentalismo racionalista no lo coloca en un plano de irrealidad tan absurdo como lo que pretende combatir?

Sinceramente, no es me preocupe Onfray (que entre paréntesis factura de lo lindo con cada escándalo que arma) sino que la alternativa sean los apocalípticos de las predicciones mayas o los refutadores extremistas de esta calaña. Seguramente, el pensamiento, silencioso, ajeno a los mass-media, se está ejercitando en alguna otra parte.

miércoles, 10 de marzo de 2010

De sabihondos y suicidas

Desde los primeros tiempos de su estadía en la Tierra, el hombre ha recurrido al pensamiento mágico para explicar lo que su capacidad de observación no podía comprender. Sin herramientas para racionalizar un fenómeno natural, lo atribuía a fuerzas supraontológicas. Así nacieron los dioses.

En todas las culturas primitivas, el panteón esencial está conformado por deidades con atributos relacionados con manifestaciones naturales y actividades humanas. Estas controlan las tormentas, aquellas el mar, otras la fertilidad de los campos y la abundancia de las cosechas. Luego, con el emplazamiento de las ciudades, aparecerán los dioses de jurisdicción local y con el desarrollo del pensamiento filosófico y político tendrán un papel fundamental en la regulación del comportamiento humano, dado que de estas entidades supranaturales emanará el poder, la justicia y la ética.

El avance de la ciencia, que finalmente logra explicar algunos de los misterios, mermará su injerencia en cuestiones naturales y la democratización del conocimiento disminuirá uno de los principales factores de sumisión al dogma: el temor a dios.

Y Jehová que fue en un comienzo un dios menor que manejaba la furia del monte Sinaí, cuyos cimbronazos asustaban a los pobladores, y que se volvió todopoderoso, desplazando a sus colegas y erigiéndose en único, debió conformarse con su competencia en el plano espiritual y con un reinado pleno en la vida ultraterrena.

La muerte de dios no fue un anuncio de Nietzsche: ya se le había adelantado varios siglos Jenófanes de Colofón, en el siglo VI a.C.. El griego, basado en los olímpicos, se preguntaba para qué queremos dioses que tienen las mismas imperfecciones que los hombres: se enojan, se vengan, mienten, roban, son crueles, indolentes,injustos. Tal vez lo mismo que se preguntaban esos judíos devenidos en cristianos cuando morigeraron las cualidades negativas de su único dios e imaginaron una recompensa a futuro, como para que valga la pena atravesar tantas penurias.

Hoy por hoy que en Occidente la religión está bastante demediada, el pensamiento mágico adopta otras formas: la pseudociencia. Así aparece la tan publicitada predicción maya del 2012, la supuesta mano de obra de alienígenas en todas las obras monumentales, las teorías conspirativas de todo tipo cada vez que ocurre una catástrofe.

Sigue siendo más tranquilizador confiar en un elemento sobrenatural que pensar. Y sigue siendo más funcional a los sistemas de poder que la gente crea cualquier paparruchada que transitar la senda del conocimiento. El verdadero peligro de estos tiempos no es que el mundo acabe en el 2012, el calentamiento global o el proyecto HAARP de los estadounidenses. El principal mal es la ignorancia y la institucionalización del oscurantismo por la difusión de las estupideces de unos cuantos vivos que hacen su agosto gracias a la credulidad de la gente.

Paralelamente, y como parte del mismo pensamiento mágico, hay una tendencia a creer que el pasado era la Arcadia y que los hombres involucionamos. Ya los quisiera ver en la Edad Media, cuando el libre albedrío era castigado con la hoguera. O durante la peste negra, cuando no había penicilina. O en plena Revolución Industrial, cuando los niños trabajaban 14 horas. Nos espantamos por la obligación del uso del shador entre las mujeres árabes y pero sostenemos sin pestañar que el hombre estaba mejor en altri tempi.

Hay un vacío místico porque dios ha demostrado ser inoperante, dado que sus representantes en la tierra lo han dejado mal parado. Ese espacio lo ocupan los charlatanes, no los filósofos, ni los artistas o los científicos. En la era del fast food paga más un condimento apocalíptico que el esfuerzo de miles de hombres y mujeres que a contracorriente siguen apostando al hombre y a su capacidad de crear, de pensar y de soñar, sin perder de vista que somos un accidente en el Cosmos, un grano de arena de la infinita playa del Universo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

De bueyes perdidos

Si fuéramos lombrosianos, diríamos que el calor no favorece el desarrollo del pensamiento y aportaríamos la prueba de un sinnúmero de filósofos nacidos en tierras frías. Todo para justificar el parate del mes de enero.

Lo cierto es que de estas regiones calientes del sur surgen músicos, escritores, científicos, artistas plásticos, actores, cineastas, juristas y también pensadores, aunque la falta de una política educativa a favor de la enseñanza de la filosofía a nivel masivo conspira contra la popularidad de esta disciplina. Afortunadamente, la presencia mediática de figuras como José Pablo Feinmann ayuda a que la gente le pierda el miedo a los filósofos.

Es que pensar es un ejercicio peligroso, si lo sabrán las clases dominantes. Pensar, por ejemplo, que la catástrofe de Haití, con sus doscientas mil víctimas fatales, su más de un millón de sobrevivientes sin hogar, se podría haber morigerado con medidas preventivas, dado que es una región de actividad sísmica y que ya en 2008 se había advertido sobre un posible terremoto, nos lleva a reflexionar sobre la pobreza estructural del país más paupérrimo del continente.

Ahora hay festivales y organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que se arrancan los pelos por Haití, el sexto país con mayor porcentaje de indigentes del planeta (un escalofriante 80%) Hubo que esperar este cataclismo para que el mundo posara sus ojos en esta isla y se conmoviera.

Habría que advertirles que en Zambia los pobres llegan al 86%. Y en la Franja de Gaza rondan el 81%. Y que Zimbabwe, Moldavia (oh, eso es Europa), Chad y Liberia igualan a Haití, mientras que en Guatemala, bien cerca de la zona de desastre, constituyen el 76% de la población. Completan este ranking de la desgracia Surinam, Angola y Mozambique con el 70%, Swazilandia con el 69%, Burundi y Sierra Leona con el 68% (que dejó de ser el más pobre) y Tayikistán (64%)

Como vemos, no todo sucede en las regiones más calientes y aunque Africa reúne la mayor cantidad de países, hay representantes de los otros continentes, tal vez esperando un huracán, maremoto, inundación, volcán en erupción o guerra que los saque del anonimato y los deposite en las primeras planas.

Un economista español de tendencia liberal me decía días pasados que lo peor que puede sucederle a estas naciones de pobreza endémica es que les llegue ayuda económica internacional, porque la corrupción inherente a sus sistemas políticos se la devora y se retroalimenta. Yo expuse que esos sistemas están sostenidos por esas mismos países ricos que luego envían la ayuda para combatir lo que ellos mismos propiciaron.

Y de repente recuerdo la película "The constant gardener" (El jardinero fiel), dirigida por Fernando Meirelles (el realizador brasileño de "La ciudad de Dios"), sobre una novela de John le Carré, en la que se expone la miseria de los laboratorios farmacéuticos, apañados por el gobierno británico y con la complicidad de los políticos kenyatas. Es una síntesis perfecta de los diabólicos mecanismos que rigen los destinos de esta pobre gente.

Las ex colonias menos favorecidas de los imperios del siglo XIX, que siguen siendo usadas como factoría de materias primas a bajo costo, no entraron al siglo XXI. En muchos casos, el factor cultural conspira contra el ingreso a la modernidad. Pero si tomamos como ejemplo a la India, un país con una estratificación social extrema y una enorme diversidad cultural y religiosa, observamos que hay alternativa posible de crecimiento.

Hay una llave que abre la puerta al cambio: la educación. Un pueblo instruido no acepta canallas que negocien su bienestar a cambio de divisa extranjera. Por eso los tiranos desprecian los libros, por eso los poderosos le temen a la filosofía. Por eso los que ejercitamos el pensamiento, aún con 38 grados de calor, debemos alertar que hay muchos Haití en potencia, que la solidaridad no se debe poner en práctica solamente en la catástrofe mediática, sino en la pequeña catástrofe cotidiana de sobrevivir al hambre.

martes, 22 de diciembre de 2009

De Ormuzes y Ahrimanes


Hoy en día, se advierte una confusión en la opinión pública acerca del rol de la oposición en la política. Confusión que en la escena local es propiciada por ciertos grupos de poder, avalada por partidos que pretenden el poder, propalada por los medios de comunicación anti-oficialistas (ya que han cruzado la barrera de "no oficialistas") y repetida por muchos miembros de la clase media.

Es que esta oposición, que en todo gobierno democrático cumple la importantísima función de fiscalizar la tarea de los que mandan y proponer alternativas, ha devenido en maniqueísmo. O sea, todo lo que hace el gobierno es malo, porque los únicos buenos somos nosotros, ya va a ver cuando tengamos la manija.

El "me opongo porque me opongo" está a la orden del día, aunque la dicotomía tiñe la historia política argentina, desde morenistas y saavedristas, unitarios y federales, gorilas y peronistas. La aceptación de la existencia de dos bandos irreconciliables nos ha traído grandes problemas, pero parece ser que aún no aprendimos la lección. Simplemente el fenómeno se ve amplificado por el mensaje de los medios quienes, pisoteando obcenamente la mínima objetividad correspondiente, desestiman las opiniones de los que están fuera de esta maniobra maniquea.

Y esto me trae a la memoria un concepto acuñado por Leo Strauss, un filósofo político de origen judío, nacido en Alemania en 1899 y refugiado en los Estados Unidos en 1938, para huir de la persecución nazi.

Strauss acuña la expresión reductio ad hitlerum para explicar una falacia del tipo "juntamente con esto, por lo tanto, a consecuencia de esto" (cum hoc ergo propter hoc), por la cual si "Hitler o el nazismo apoyaban X, X debe ser malo". En esta volteada cayó, por citar un ejemplo, Richard Wagner, quien, como se sabe, era el compositor favorito del Führer, a pesar de haber muerto mucho antes de que el partido nazi siquiera estuviera en pañales.

Cualquier similitud con la actualidad, es pura coincidencia... El prejuicio cognitivo no es en sí éticamente reprobable, porque forma parte de la manera en que percibimos la realidad y esa percepción es subjetiva. Lo que la ciencia nos enseña que es reprobable es la insistencia y la argucia en buscar argumentos, así sean falaces, que avalen ese prejuicio, aunque la realidad nos demuestre lo contrario.

La psicología ha profundizado acerca del prejuicio. Y miren qué interesante esta categoría: efecto bandwagon (efecto del carro ganador) Lo define como la tendencia de decir o hacer algo porque otras personas dicen o hacen eso. El espíritu de la manada.

El asunto es tener en claro que delante de toda manada hay un jefe que indica qué camino seguir. Y muchas veces ese camino conduce al precipicio, donde se estrellan aquellos valores, derechos y conquistas que pretendíamos defender.

martes, 10 de noviembre de 2009

El huevo de la serpiente


Odio los viajes y a los exploradores Y aquí me dispongo a relatar mis expediciones
"Tristes trópicos"
Claude Lèvi-Strauss


Ha muerto el antropólogo total, el mejor conocedor del género humano, aquel que reconocía tener tres amantes: la geología, el marxismo y el psicoanálisis. Total por su enorme cultura, su formación académica rigurosa, su ácido sentido del humor, su nivel de análisis y su aporte a otras ciencias. Fundador de la escuela de antropología estructuralista, basada en la lingüística de Saussure, dado que cultura es básicamente comunicación. Y ésta no sería una invención de la especie, sino que se producen por pautas genéticas que se encuentran en el cerebro humano, por lo que, lamentablemente, no tenemos remedio. Lévi era pesimista con respecto al destino del hombre: un ser que se encuentra solo, abocado a la guerra y a la destrucción del planeta por su rapacidad y para el que no hay esperanza ni siquiera en el humanismo.

Vivíó cien años para observarnos. Atravesó las dos Guerras Mundiales, la Revolución Rusa, la Guerra Fría, la llegada a la Luna, la caída del Muro. Vivió treinta de esos años mezclado entre aborígenes de distintas latitudes. Escribió mucho y con un estilo ameno y accesible: Tristes trópicos, Estructuras elementales del parentesco, El pensamiento salvaje, Mitológicas.

En esta obra, que consta de cuatro tomos, aparece un texto que revolucionaría la percepción de la realidad científica. Se trata de Lo crudo y lo cocido, donde relata que las tribus que no conocen la cocción de los alimentos no tiene palabra para referir cocido y crudo. Esto lo hace inferir que para alcanzar lo "real", es necesario poder hacer una abstracción de lo vivido o conocido.

Este concepto se aplicaría en otras ciencias tan alejadas como las matemáticas, el gobierno de lo abstracto. ¿Podría haber entonces más de una geometría? Bertrand Russell lo avaló, con su particular ironía: "Las matemáticas son la ciencia donde no se sabe ni de lo que se habla ni si lo que se dice es verdadero".

Ya que se trata de inferir y relacionar, vamos a recurrir a otra idea de Lèvi-Strauss para exponer algo que tenemos atascado en el estómago en estos días. Según el antropólogo francés, la mente humana organiza el conocimiento en polos binarios y antagónicos (bueno-malo, dentro-fuera, nosotros-ellos) que se organizan de acuerdo con la lógica. Tanto la ciencia como el mito, como explicaciones del mundo, estarían estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente y por tanto compartirían la misma estructura, solamente que aplicada a diferentes cosas.

Este maniqueísmo elemental se observa a diario en los medios de comunicación que forman la opinión pública. Así "ellos-que son distintos a nosotros-son malos", piedra basal de todo pensamiento fascista y totalitario.

Lo más triste del cuento es que quienes emiten este mensaje lo hacen por algún motivo o interés de sector, mientras que quienes lo repiten sin juicio crítico en la peluquería o en la oficina lo hacen porque lo vieron en la tele, alimentando al monstruo, solamente por propia estupidez o pereza de pensamiento.

Los profetas del odio, como bien los definió Jauretche, se alimentan de esa masa informe, inculta y pusilánime. Pensemos que "ellos-que son distintos a nosotros-son nuestros pares", porque en la diversidad y el respeto es donde el hombre deja de ser una bestia y se alza en sus dos patas.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Pienso luego opino

La desideologización es una ideología. No descubrimos la pólvora, sino que el tema vuelve recurrentemente a través de algunos mensajes de los medios de comunicación. Aquellos que cacarean “inocentemente” que están hartos de la discusión política, so pretexto de que a “la gente” no le interesa, a la vez que se quejan de la aparición de los fantasmas de la historia reciente y del establecimiento de “bandos” irreconciliablemente enfrentados no están haciendo otra cosa que expresarse políticamente.

Y ya se sabe que la gota horada la piedra, sin querer con esto subestimar la capacidad crítica de los receptores de este mensaje. Pero un discurso amplificado hasta el absurdo, como un zumbido permanente en los oídos, puede surtir efecto en aquellos que, por hache o por be, prefieren consumir un pensamiento predigerido.

A los hechos me remito: a raíz de la polémica por la sanción de la nueva ley de medios audiovisuales muchas personas absorbieron, sin analizar racionalmente, el argumento emitido una y otra vez por las grandes corporaciones mediáticas, repitiendo textualmente las frases construidas por las usinas de la oposición a la ley.

De esta tarea se ocupan los llamados “formadores de opinión”, categoría que engloba a políticos, periodistas, conductores de radio y TV, actrices y actores devenidos en comunicadores, referentes sociales, etc. Hay opinólogos de todos los colores.

Lo preocupante del asunto es la inconsistencia de las argumentaciones, la falta de creatividad a la hora de sentar posición, a tal punto que se recurre al agravio y a la denuncia sin pruebas. Esto es, a la desideologización.

El debate de ideas es sano en toda sociedad democrática, porque del intercambio y la diversidad surgen mejores soluciones y esto necesariamente tiene que interesarnos porque forma parte de la realidad que vivimos. Exigir que los dirigentes se aboquen a la discusión responsable de estos temas es una obligación ciudadana.

La irrupción del pasado es consecuencia de que el presente no ha podido resolver aún las causas que lo generaron ni darle respuesta a las consecuencias que provocaron. Es una sombra que nos acechará mientras no echemos luz sobre la historia y no hagamos justicia sobre los responsables de tanto desaguisado.

Tomar partido de manera consciente, decidir quienes nos representan, es un derecho indelegable. “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, dijo Sartre. No hay excusas para ser un pusilánime sometido al vaivén de la corriente.

Que no nos vendan gato por liebre aquellos que se aprovechan del revoltijo de las aguas.

martes, 6 de octubre de 2009

La matria


A língua é minha pátria
E eu não tenho pátria: tenho mátria
E quero frátria

Caetano Veloso

Es interesante ponerse a reflexionar sobre ciertos conceptos que parecieran indiscutibles e inexorables, a fuerza de haberse encarnado, muchas veces a sangre y fuego. Pero sucede algo, un hecho disparador, una noticia que nos conmueve y remueve desde lo profundo, para que el pensamiento derive a estos lugares recónditos del inconciente colectivo.

Los pueblos tenemos ciertas palabras cuya invocación tiene un significado que abarca más que la semántica y este significado subliminal es lo que las diferencia y lo que no encuentra traducción en otro idioma. Estas palabras hacen a la identidad cultural, dicen quiénes somos, qué valores tenemos, cómo pensamos, qué nos pasó.

De esta manera, para los latinos peninsulares (españoles, portugueses, italianos) madre tiene una fuerza conceptual que se refuerza por el culto a la Virgen María -adoración que no tiene equivalencia entre los cristianos protestantes del norte de Europa- y cuyo origen se puede rastrear hasta la época prehelénica, cuando los mediterráneos adoraban a la gran diosa blanca, el origen de la vida.

El escritor y helenista Robert Graves sostiene que en algún momento de la historia estas sociedades matriarcales, gobernadas por reinas que anualmente sacrificaban a su príncipe consorte a la diosa, cumpliendo así el ciclo de las estaciones del año, sufrieron un colapso, que bien puede asimilarse a la narración del mito de la titanomaquia, y de tal revolución surgieron los reyes varones y el Olimpo gobernado por un dios macho, Zeus, que desplazó a la diosa primordial.

Luego de esta digresión, volvemos al tema que nos convoca. Los latinos del sur de América heredamos esta glorificación de la madre de nuestros conquistadores y colonos europeos. Había un sustrato propicio, ya que para las culturas originarias el culto a la madre tierra era parte de su rutina cotidiana. Ese gran vientre los cobijaba y les daba de comer, de allí venían y hacía allí iban al morir.

Esa relación estrecha con la tierra, tanto en su significado material como ideal, hace que quechuas, aymarás y mapuches se refieran a su lugar origen como matria. Mismo término que utilizará Miguel de Unamuno para referirse a su país vasco y que reivindicará Virginia Woolf, tan preocupada por la literatura como por la cuestión femenina.

Si hablamos de la tierra que nos alumbró o de aquella otra que adoptamos para dar a luz nuestros proyectos y plantar nuestra semilla ¿por qué utilizamos un vocablo de raíz masculina? ¿Por qué quitarle esa noción de gran vientre amoroso que facilitaría la identificación desde lo sensible, desde esa relación natural que todo hijo tiene con su madre?

Porque patria lleva implícito la severidad de la figura paterna, la obediencia, el temor, que eran los atributos de la función. Patria es el estado gendarme, por eso es una palabra tan cara a los regímenes fascistas.

Y todo esto aflora porque ha muerto nuestra Mama Pacha, la mujer que mejor simbolizaba nuestra matria amerindia, y sus hijos estamos desconsolados y huérfanos.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Mitos y leyendas

Sofía tiene catorce años y está en primer año de la escuela secundaria. Como la mayoría de los adolescentes urbanos y contemporáneos puede sobrevivir perfectamente sin los libros pero le resulta impensada una vida sin teléfono celular, televisión o Internet.

Sin embargo, conserva esa curiosidad inherente a la condición humana acerca de los "por qué" y los "para qué" de las cosas, curiosidad que puede ser acicateada o reprimida por los manejos de los adultos que la rodeamos. Es que se acabaron las épocas en que la letra con sangre entraba, cuando los jóvenes aprendíamos por obligación y bajo amenaza, tiempos en que el rol de los padres, tutores y/o encargados se limitaba a ser el juez del rendimiento escolar basados en la libreta de calificaciones y el de los maestros se circunscribía a transmitir conocimientos cual oráculos de Delfos. Esta es la parte buena del asunto.

La mala noticia es que hoy por hoy hay que tener la astucia, la paciencia, la información suficientes como para que estos párvulos desgarbados y hormonales se involucren con el proceso de aprendizaje desde la generación de la inquietud personal. Esto demanda trabajo y perspicacia.

Estar atentos a la excusa que nos proporcionará la oportunidad para que se interesen por adquirir un nuevo concepto. Volvimos a la transmisión oral del conocimiento, apoyados por los formatos multimedia. Son chicos fundamentalmente audiovisuales.

Esta reflexión viene a cuento porque la profesora de historia de Sofía le da cuestionarios para responder, acerca de las civilizaciones antiguas, que conforman el programa de primer año de esta asignatura. Y he notado que la fascinación que ejercen los pueblos de la Antigüedad se mantiene inalterada, lo que cambia es el "cómo". La docente ha dejado de lado fechas, mapas, nombres de reyes impronunciables para centrarse en una visión más global, que tiene que ver con la evolución histórica de la sociedad humana. Tal como está desarrollando el programa se entiende nada es producto de la generación espontánea, que el efecto mariposa existe y que, desde el principio de los tiempos, la humanidad avanza o retrocede en bloque.

Historia ha sido siempre una materia árida, aburrida, mal enseñada y peor aprendida. Se la detesta precisamente porque se desaprovecha las oportunidades que ofrece para hablar del hombre, el tema central de nuestra cosmogonía. Se la muestra como letra muerta, como pasado remoto, a lo sumo como novela enmohecida. ¿A quién le interesa la biografía de un tipo que vivió hace cientos de años y sin la menor relación con nuestro presente? ¿Qué pasión puede despertar un panteón de dioses olvidados e ineficaces? Salvo en los videojuegos o en las películas, las batallas de los persas son un verdadero plomo.

Pero cuando uno induce al interlocutor a pensar los por qué y los para qué, causas y efectos, cuando se coloca a los personajes en el escenario total del mundo y se trazan las coordenadas y paralelas que nos ubican en el lugar de los hechos, la cosa cambia. Las pirámides recobran todo su esplendor, Alejandria vuelve a tener su Faro y su Biblioteca, Gilgamesh consigue la inmortalidad.

Esta tarde lluviosa estuvimos por Creta. El rey Minos nos recibió en su palacio de Cnosos, con tantas habitaciones y pasillos que parecia un verdadero laberinto. Admiramos el friso de los Delfines. Veneramos a la Señora de las Serpientes y concluimos que la Atlántida mitológica bien podría ubicarse en esta isla mediterránea. De paso, como quien no quiere la cosa, charlamos sobre las Amazonas, la Titanomaquia y el Minotauro. Todo por el mismo precio: un par de horas, el Google que facilitó las imágenes y lo leído en una vieja edición de los Mitos griegos de Robert Graves.

Nada nuevo bajo el sol: Sócrates utilizaba la mayéutica, es decir la inducción al razonamiento mediante la pregunta, la asociación y el debate de ideas, mientras que Platón explicaba paseando por los jardines de Academo y Aristóteles tenía su escuela ambulante (de ahí el nombre de peripatéticos) La dedicación, la atención que dispensamos, retorna en conocimiento.

El mito actual es que a los chicos todo le da lo mismo, que no se interesan por nada, que no saben pensar, que se automarginan. Es una falacia nacida de la falta de compromiso de los adultos. La leyenda de una época dorada, poblada por adolescentes ávidos de aprender, esconde una realidad en que la cual el temor estaba antes que el respeto y la obligación antes que la voluntad.

El fruto nunca cae lejos del árbol, o sea...

viernes, 7 de agosto de 2009

Hasta el infinito y más allá

Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo
Miguel de Unamuno

(Colofón a conversaciones trasnochadas con LocuraD. y un cura apócrifo)

Una de las grandes preguntas que se han hecho los filósofos es para qué el hombre, cuál es la razón de su existencia en el cosmos. Los escolásticos y otras corrientes que se reconocen religiosas fundamentan que los seres humanos somos parte del master-plan divino. Los darwinistas sociales y posteriores seguidores abogan por colocar a la humanidad dentro de la evolución natural, sin pasar por alto la posibilidad de otras formas de vida similares o superiores en galaxias lejanas. El existencialismo ateo proclama que la existencia es per se la razón de vivir y que el fin último es emplear nuestro tiempo vital en procurar la realización personal.

Es posible, no puedo asegurarlo, que la gata que duerme plácidamente en mi sillón no se haga esta pregunta. Tiene muy en claro cómo ser gato y salvo algunos hábitos adquiridos por su convivencia con la gente, se asemeja a todos y cada uno de sus congéneres. No tiene la impronta de la cultura, no reconoce ideologías, ni religiones ni clases sociales. Es más: incluso podría trasladarse en el tiempo, hacía atrás o hacia delante, y seguiría siendo el mismo animal. Parece no necesitar saber para qué es el gato.

¿Por qué, entonces, no ser como los gatos y dedicarnos tranquilamente a devenir como seres humanos? Porque nos atormenta la certeza de nuestra propia finitud. Nos morimos y sabemos que morimos, no en el momento exacto, no ante la inminencia, sino desde que tenemos conciencia de la vida. Y es por saber esa tremenda noticia que el hombre ha buscado desde la protohistoria una respuesta a la pregunta en cuestión. Porque averiguar para qué el hombre nos dirá si realmente cada uno de nosotros tiene la posibilidad de acceder a la eternidad.

No queremos morir, ni ayer ni hoy ni mañana. Pensamos que sin eternidad la vida es una herida absurda, como dice el tango. Nos rebelamos ante este conocimiento, ante la inexorabilidad de la muerte, tan democrática y puntual, y queriéndola burlar recurrimos a complicadas elucubraciones, para evadir el único dato cierto: la gente se muere, como se mueren los gatos y las plantas.

"Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda una filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar de ideas, las determina, aun cuando luego, claro está, estas ideas reaccionen sobre él corroborándolo. Unas veces puede provenir de una enfermedad adventicia, de una dispepsia, verbigracia; pero otras veces es constitucional. Y no sirve hablar, como veremos, de hombres sanos e insanos. Aparte de no haber una noción normativa de la salud, nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más: el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad."

Así arranca "Del sentimiento trágico de la vida", el ensayo de Miguel de Unamuno que viene a socorrernos. Todos estamos de acuerdo en que el hombre cumple un proceso vital, al cabo del cual su existencia comprobable, esto es, su cuerpo y su intelecto, perecen. Para poder pensar en una vida ultraterrena, post-mortem, es necesario dotarlo de un componente que supere este traspié: el alma.

Desde la Antigüedad se discute la existencia del alma, confundiéndose en muchos casos con la definición de psique o mente. Claro está que sostener hoy en día que Aristóteles hablaba del alma no es una prueba consistente, ya que entonces se desconocían las funciones del corazón, sin ir más lejos. Lo que sí queda claro es que sin alma no hay inmortalidad y supongamos que existiera. Veamos que deduce David Hume al respecto:

"Razonando a partir de la marcha normal de la naturaleza, y sin suponer ninguna nueva intervención de la Causa Suprema (recurso que debería excluirse siempre de la filosofía), deducimos que lo que es incorruptible debe también ser ingenerable. Por lo tanto, si el alma fuese inmortal, ya habría existido antes de nuestro nacimiento. Y si su existencia anterior no nos concernió en absoluto, tampoco habrá de concernirnos su existencia posterior."

Menudo embrollo... Unamuno también hace referencia a una conclusión similar a la que arribó Baruch Spinoza, empeñado como estaba en darle un baño de racionalismo a la cuestión:

"Quedémonos ahora en esta vehemente sospecha de que el ansia de no morir, el hambre de inmortalidad personal, el conato con que tendemos a persistir indefinidamente en nuestro ser propio, y que es, según el trágico judío (Spinoza), nuestra misma esencia, eso es la base efectiva de todo conocer y el íntimo punto de partida personal de toda filosofía humana, fraguada por un hombre y para hombres."
"Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido hallar comprobación empírica racional, tampoco le satisface el panteísmo. Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a Dios, mejor dicho, seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues si es así, antes de nacer, en Dios estábamos, y si volvemos al morir adonde antes de nacer estábamos, el alma humana, la conciencia individual, es perecedera."

Es decir que trascender de manera amorfa y sin conciencia de ser, es decir, sin existencia, tampoco nos conforma del todo. Viene bien la adjetivación usada por Unamuno: inmortalidad personal. Y agregaría más: el sueño de inmortalidad personal abarca a aquellos seres que en la única vida que conocemos hemos amado. Nadie sueña con pasarse la eternidad en una isla desierta.

Dado que es imposible apelar a comprobaciones empíricas para afirmar cuál es nuestra razón de ser, si existe el alma o la inmortalidad, se trata de elegir cuál cosmogonía se acomoda mejor a nuestra estructura de pensamiento. "La verdad es subjetividad y la subjetividad es verdad", también decía Kierkegaard, dando que lo que creemos es y lo que es lo creemos.

A pesar de las dificultades que entraña sostenerla, siempre pensé que la fe religiosa -la fe crítica, no la fe inducida- es una gran cosa para el que la experimenta, porque le permite dejar de lado las pruebas y contrapruebas que demanda la razón (la fe es irracional, señala Kierkegaard) Don Unamuno se enoja con los incrédulos militantes:

"Hay gentes que parece como si no se limitasen a no creer que haya otra vida, o, mejor dicho, a creer que no la hay, sino que les molesta y duele que otros crean en ello o hasta que quieran que la haya. Y esta posición es despreciable, así como es digna de respeto la de aquel que, empeñándose en creer que la hay, porque la necesita, no logra creerlo."

De esto y no de otra cosa se trata la angustia original, que no es pecado.

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...

Lo fatal (1905)
Rubén Darío

martes, 7 de julio de 2009

Sonría, lo estamos filmando

Democracia significa gobierno por los que no tienen educación y aristocracia significa gobierno por los mal educados.
Gilbert Keith Chesterton

Hace algún tiempo hablábamos de la iconocracia, esa sociedad manejada por la imagen repetida y magnificada por los medios de comunicación masiva. Los resultados de las pasadas elecciones legislativas han puesto en evidencia de que no se trata de una entelequia, de una distopía pergeñada por un George Orwell contemporáneo, sino de una tendencia preocupante y creciente.

José Pablo Feinmann analiza este fenómeno en una nota publicada por el diario Página/12. En ella cita una frase del Plan de Operaciones atribuído a Mariano Moreno (y que otros atribuyen a Manuel Belgrano): “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice”. Desde esa cita fundacional, Feinmann va desgranando la manipulación de las voluntades políticas de la plebe, en distintas instancias históricas hasta la actualidad.

Lo que a priori se destaca como diferencia básica en este racconto es que otrora se recurría a la construcción de un discurso oportuno, es decir, se armaba un alegato impactante, una retórica precisa y efectiva. El medio era el mensaje, como decía MacLuhan, tanto se interprete este aserto del derecho o del revés. La palabra estaba por encima de la forma, el contenido sobre el continente, la ética sobre la estética.

Que no es lo mismo que un político imite a un músico de rock para captar el favor del electorado, vamos. El show se torna obsceno cuando uno toma dimensión de la tarea que demanda manejar la cosa pública. "El siglo XXI ha matado a la política. Existe la representación. El show. Lo mediático. Y lo virtual", dice con pesimismo Feinmann. Salvo para la derecha, para aquellos que adoran nuevos dioses cuyo panteón principal lo ocupa el dinero sin origen y la pantalla chica.

¿Cómo sobrevivir a esta tendencia global, donde los Sarkozy y los Berlusconi son ídolos de masas por sus miserias antes que por alguna grandeza? ¿Cómo despegarse de la mugre que exhiben los que ejercen de comunicadores sin la menor responsabilidad cívica? Encima la peste, que nos confronta desconfiadamente con el otro, que nos expone, otra vez gracias al alarmismo de los medios, a lo peor de cada uno, el miedo al extraño, el egoísmo, el aislamiento.

Difícil es no caer en el nihilismo. Nietzsche tendría mucha tela para cortar en estos días que corren. ¿Qué hacer? Resistir por los que aún están vírgenes de tanta roña, evitar que caigan en las fauces de este monstruo multicolor y sensual. Taparnos los oídos como Ulises para no sucumbir al canto de las sirenas siliconadas que vociferan que pensar en otro mundo posible es demodée. Que pensar es demodée. Tener fe en los ideales, pero una fe nacida de la duda, como recomendaba Kierkegaard, una fe cuestionadora y molesta, contradictoria y mutable. Y agradecer infinitamente que tratamos con mediocres afortunados, cuyo fin está implícito en su germen, porque la pantomima no dura para siempre y su decadencia está asegurada por esas mismas cámaras que hoy los muestran triunfantes y sonrientes.

(Para acceder a la nota citada: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-127745-2009-07-05.html)

miércoles, 3 de junio de 2009

Educando al soberano

La filosofía también resulta un marco propicio para pensar un tema tan actual como la educación. De hecho, el saber pedagógico es objeto del estudio filosófico. Pero hagamos primero un poco de historia.

Para los griegos paideia (paidos, paiz= niño y deia=formación) consistía en la base de educación que dotaba a los hombres (no mujeres) de un carácter verdaderamente humano. Bajo este concepto se agrupaban la gimnasia, la gramática, la retórica, la poesía, las matemáticas y la filosofía. Se suponía que estos elementos harían del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos. La enseñanza, en la antigua Grecia, no dependía del Estado ni era obligatoria, sino que los padres eran libres de elegir a los maestros que instruirían a sus hijos.

Los primeros romanos (hasta el siglo II AC) consideraban que hasta los 7 años, la educación de los hijos era responsabilidad de la madre. Luego, el padre los instruía en la lectoescritura, la moral, el derecho, las tareas agrícolas y a partir de la adolescencia (16 años) el ejército completaba la formación de los varones. Luego, adoptaron el sistema educativo griego. La schola era mixta hasta los 12 años y se les impartía griego, latín, retórica, filosofía, música y deporte. Los adolescentes varones continuaban sus estudios en un nivel medio, que hacía hincapié en la retórica y para quienes aspiraban al cursus honorum o carrera política había un nivel superior, en el que se enseñaba principalmente oratoria.

Durante la Edad Media, la Iglesia tenía la sartén por el mango. Así, los escolásticos impusieron el estudio del Trivium (tres vías) y del Quadrivium(cuatro vías) En el Trivium los estudiantes se interiorizaban en gramática, retórica y dialéctica o lógica. El Quadrivium estaba conformado por el estudio de aritmética, astronomía, geometría y música.

Paralelamente, la invasión musulmana de la península ibérica incorporó a Occidente el conocimiento del mundo árabe, sobre todo en matemáticas, astronomía, arquitectura y medicina. Además, sin la censura del catolicismo, los pensadores árabes, como Averroes, traducían a los clásicos griegos y nuevas ideas se incluirían en el corpus del conocimiento universal.

Esto haria eclosión durante el Renacimiento, que además del florecimiento de las artes, descubre una corriente opuesta a la escolástica: el humanismo. De la concepción teocéntrica pasamos al antropocentrismo: el hombre como principio y fin. El humanismo revaloriza a los clásicos griegos y romanos. La literatura y la poesía vuelven a ser objeto de estudio. Y a este cambio contribuye un invento fundamental para la transmisión de la cultura: la imprenta de Gutenberg.

El próximo hito en este camino será el siglo XVIII, siglo de las luces o de la Ilustración. Es el período en el cual impera la Razón como mecanismo para mejorar a la humanidad. Es el auge del "pienso, luego existo" de Descartes, del "espíritu de las leyes" de Montesquieu, del "contrato social" de Rousseau. El símbolo de la época es la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, un conjunto de conocimientos universales, cosmopolitas, sin sesgos nacionales. La influencia del enciclopedismo en la escuela argentina fue notable hasta bien entrado el siglo XX.

La Revolución Francesa, producto de la Ilustración, con su divisa "libertad, igualdad, fraternidad" pone en el tapete la necesidad de un educación pública, gratuita y obligatoria. Lo mismo surge con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Durante el siglo XIX, con la consolidación de las naciones, la educación pública se convierte en responsabilidad del Estado en todo Occidente.

El primer pensador al cual le cabe la acepción moderna de pedagogo fue el suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) Su método era muy simple: consiste en hacer que el proceso de desarrollo humano (sensitivo, intelectual y moral) siga el curso evolutivo de la naturaleza del niño, sin adelantarse artificialmente al mismo. La educación es vista como una "ayuda" que se da al niño en este proceso para que se realice bien, y la actividad educativa y docente es vista como un "arte". Esto parece una verdad de Perogrullo, pero hay que tener en cuenta que hasta no hace tantos años los castigos físicos y la memorización de los conceptos eran moneda corriente.

La psicología, sobre todo la evolutiva con Jean Piaget a la cabeza quien elabora la Teoría Constructivista del Aprendizaje, influenciará la pedagogía del siglo XX. El acceso a los medios tecnológicos por gran parte de la población contribuirá a que la difusión del conocimiento no sea patrimonio exclusivo de la escuela.

Sin embargo, existe la sensación y es corriente escuchar el comentario acerca de que las nuevas generaciones urbanas son más incultas y ponen menos interés en aprender que sus antecesoras. Que los chicos actuales, nacidos con el pulgar entrenado para mandar mensajes de texto y una habilidad pasmosa para manejar mouses, joysticks y controles remotos, no tienen la misma capacidad a la hora de hacer cálculos o interpretar un escrito. Los más puristas los defenestran incluso por destrozar la gramática y la ortografía en haras de ganar unos segundos, que malgastarán luego mirando tele.

Y he aquí un error fatal. Nuestros hijos no son tontos, son distintos. Si nosotros somos homo videns, ya que nacimos al influjo de los rayos catódicos, ellos son homos cyberneticus. Enseñar en la escuela con los mismos recursos pedagógicos que en la época de sus abuelos es una batalla perdida, por más que la matemática sea básicamente la misma que la que practicaba Pitágoras.

Reformular los contenidos, incorporando el código de los pibes de hoy, entusiasmarlos en la carrera del saber, como si fuera una aventura gráfica excitante, es el desafío de los nuevos pedagogos.

lunes, 4 de mayo de 2009

El animal político

Politikós etimológicamente define a lo relativo al ordenamiento de la ciudad, la polis (no confundir con The Police) Y era un termino corriente en la antigua Atenas, aunque el hombre comienza a organizarse socialmente ya en el neolítico, cuando el más sabio o el más fuerte era designado para orientar al grupo.

Ya Aristóteles decía que el hombre es un animal político, por más que en la actualidad sea una ciencia demediada por la práctica. La filosofía también se ha planteado como objeto de análisis el ejercicio del poder y distintas escuelas de pensamiento se han preguntado cuál es el mejor sistema de gobierno y cómo se logra el objetivo del bien común.

Así, para los griegos, la política giraba exclusivamente en torno a la ciudad, mientras que en el Medioevo los escolásticos teorizaban sobre la relación entre los hombres y el orden dado por Dios. A partir del Renacimiento, el antropocentrismo se instala en las ideas y aparece el primer teórico politico moderno: Nicolás Maquiavelo.

Maquiavelo es partidario de una república bien organizada, al estilo romano, que logre canalizar el conflicto inmanente entre gobernados y gobernantes. En su obra más conocida, El Principe, escrita para Lorenzo de Médicis, elabora una serie de principios sobre cómo debe comportarse un gobernante. Virtud y fortuna son dos de los requisitos para ser un buen príncipe. Ninguna decisión nacida del crimen, el maltrato o la corrupción son legítimas en el gobierno.

Contemporáneo de Maquiavelo, Tomás Moro publica en 1516 su Utopía, la descripción de una sociedad organizada racionalmente y con la premisa de la igualdad, dando un gran salto en el pensamiento político y económico de la época. En Utopía, el gobierno es una mezcla de democracia y aristocracia, en el sentido el gobierno de los mejores. El propio autor deja adivinar que se trata de un imposible y, de hecho, utopía se traduce como "lugar que no existe".

El contractualismo, que ya mencioné en otro comentario, da otra vuelta de tuerca a la teoría política. Thomas Hobbes y John Locke, por un lado, y Jean-Jacques Rousseau por el otro plantean las relaciones entre el Estado y los ciudadanos. Hobbes plantea el principio de autoridad, al cual los hombres se someten para garantizar el orden social. Locke, por el contrario, hace hincapié en los derechos naturales del hombre, por encima de la autoridad. Rousseau sostiene que es la sociedad quien corrompe al individuo, que naturalmente es bueno.

Otro filósofo y estadista va a venir para sentar las bases de las democracias modernas: Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu. En 1748, publica Del espíritu de las leyes en el cual establece la división de los poderes del Estado, teniendo en cuenta que la función primordial de la política es proteger al hombre de los otros hombres, sacrificando para ello parte de su libertad individual a favor del Estado.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, producto de la Revolución Francesa de 1789, establece que "la finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión". Ya, entonces, la política tenía otros alcances que ocuparse solamente de los asuntos de la polis.

Ya en el siglo XIX, con la Revolución Industrial, los filósofos observan que las premisas de "libertad, igualdad, fraternidad" no son más que una expresión de deseos. Las relaciones entre los hombres son inequitativas e inestables, producto de lo que Karl Marx definiría como la lucha de clases. Para los pensadores socialistas, es la política y el Estado quien tiene que garantizar esta equidad, controlando los medios de producción.

Del lado del capitalismo, son los positivistas los que le dan marco teórico, proclamando que el orden es imprescindible para que el hombre y la sociedad progresen indefinidamente. En otras palabras, no triunfa el que no quiere, siempre y cuando cumpla con las reglas establecidas. El sueño americano es una idea positivista.

Max Weber, antipositivista y socialista-liberal, plantea una tesis en la que define al Estado como como una entidad que posee un monopolio en el uso legítimo de la fuerza, dándole un nuevo giro a la teoría política.

El siglo XX es el siglo de los movimientos de masas, inaugurado por la primera Revolución Rusa de 1905 y la segunda, en 1917. La experiencia socialista, exportada a distintos puntos del globo con diversos matices y que aplica la lucha armada como método para arribar al poder, las revueltas populares, como el 17 de octubre y el Mayo Francés de 1968, la división del mundo en dos bloques luego de la Segunda Guerra Mundial, la caída de la Cortina de Hierro en los 90, la aparición en escena de latente conflicto árabe-occidental y, sobre todo, la globalizacion son los tópicos que hoy analiza el politólogo.

¿Para qué sirve la filosofía política, me preguntarán? Recurro al historiador inglés Arnold Toynbee para esbozar una respuesta: "El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan". No hay forma de sustraerse, de ser "apolítico", porque vivimos en una sociedad reglamentada a partir de premisas políticas, que sólo pueden ser modificadas por acciones políticas.

Hoy por hoy, cuando también la política está vaciada de contenido, banalizada hasta el límite de que cualquier tarambana declara el fin de las ideologías o se discuten las cirugías plásticas como si fuera una cuestión de Estado, no estaría mal recuperar el interés por la cosa pública. Involucrarse es dotar a la política de significado.

Para terminar, cito al español Fernando Savater "Idiota: Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás." ¿Será una utopía pretender lo contrario?

martes, 21 de abril de 2009

Gregorio Klimovsky


"Somos un reservorio cultural y productivo para un mundo en crisis"

Hoy me sorprendió la noticia del fallecimiento de Gregorio Klimovsky. Claro que su nombre no está en boca de todos ni tampoco creo que a él le interesara la popularidad.

Para quien no lo conoce, fue un matemático y pensador argentino, producto de la universidad pública, que se destacó en el campo de la epistemología o filosofía de la ciencia, hasta convertirse en el referente más importante de Latinoamérica en esta especialidad.

Había nacido en 1922. De chico quería ser astrónomo, pero luego sus pasos giraron hacia las matemáticas. Llegó a ser decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Sufrió las consecuencias de la Noche de los Bastones Largos, pero se quedó en el país. Junto con otro matemático, Jorge Bosch, introdujo en la Argentina la teoría de conjuntos.

Luego su interés se extendió a otros ámbitos. Le interesaba específicamente la ética y la metodología de la investigación científica. Sin embargo, fue tolerante con aquellas ciencias que no son rigurosamente metódicas, a diferencia de otros epistemólogos.

Fue miembro de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos e integró la CONADEP. Fue distinguido con el Premio Konex en dos oportunidades.

Nunca había publicado un libro, hasta que en 1994 aparece Las desventuras del pensamiento científico, que agotó edición tras edición hasta el presente.

Le gustaba la música, incluso la moderna. Fue, ante todo, un humanista.

—¿Existe algo que hoy por hoy quisiera estudiar e investigar?

—En realidad tengo varias vocaciones, y bastante fuertes. No recomiendo en general a la gente que atraviese este fenómeno, porque no disponemos de tanto tiempo para leer y si uno quiere hacer las cosas en serio tiene que estudiar mucho. Yo me he dedicado a Filosofía y Matemática, me he dedicado a Filosofía y Biología, me he ocupado de Epistemología de las Ciencias Sociales, me he ocupado de Psicoanálisis y me he ocupado de cuestiones de Politología y de Derechos Humanos. En realidad en algún sentido, respondiendo a su pregunta diría que lo mío, antes que nada, es la cuestión de los Derechos Humanos. Y todavía estoy vinculado con ese tema, como lo estuve en su momento con la CONADEP, con la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos -de la cual fui casi un fundador, no lo fui en forma estricta porque entré a los dos meses de creada- y todavía integro el Consejo de Presidencia. La cantidad de premios, distinciones y plaquetas que tengo en homenaje a esa actividad son un orgullo. Los puede ver ahí en el piano arriba -parece en realidad un aparador de un deportista (risas). Creo que lo fundamental, hoy por hoy para mí, es la cuestión de la solidaridad humana, aquello que uno puede hacer por los demás.

miércoles, 15 de abril de 2009

Piromanía e iconocracia

Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen.
Oscar Wilde

El 21 de julio de 356 a.C. un pastor de Ëfeso inauguraba la moda de ser famoso a cualquier precio, tan en boga en estos tiempos modernos. Eróstrato no tuvo mejor idea que incendiar el templo de Artemis, una de las siete maravillas del mundo antiguo, para asegurarse un lugar en la posteridad.

Al conocerse la intención de su atentado se prohibió, bajo pena de muerte, el registro de su nombre, prohibición que evidentemente no surtió efecto. La psicología ha acuñado un complejo con su nombre que se define, precisamente, como el trastorno por el cual el individuo busca sobresalir, ser el centro de atención.

En 1939, Jean-Paul Sartre publicaba “El muro” y entre sus cuentos aparecía “Erostrate”, una analogía de la historia clásica ambientada en el siglo XX. Su protagonista, Paul Hilbert, acostumbraba a observar a la humanidad desde el balcón de su apartamento del sexto piso, hasta que un buen día decide cometer un crimen al azar. El relato rezuma una intensa crueldad, una crueldad racional, sin la atenuante de la bestialidad instintiva.

“Los hombres, hay que mirarlos desde arriba. Yo apagaba la luz y me asomaba a la ventana: ni siquiera sospechaban que alguien pudiera observarlos desde lo alto. ¿Quién pensó en la forma de un sombrero visto desde el sexto piso? (…) En el balcón del sexto piso, allí es donde hubiera querido pasar toda mi vida”.

Este ver al Otro desde la altura, metáfora de un individualismo patológico, este comportamiento sociopático, esta amoralidad (en la cual no incurre otro asesino de papel, Rodion Raskolnikov, el personaje creado por Dostoievsky en “Crimen y castigo”, que se siente perseguido por la culpa) son características el erostratismo.

Sartre lo encuadra dentro del humano deseo de ser alguien, como afirmación de la identidad social y sexual y en concordancia con los paradigmas culturales vigentes. No es imprescindible que el asesinato se lleve a cabo: basta con “matar” al otro desde la palabra, desde el punto de vista de donde parte la mirada.

¿Y por qué infringí la prohibición y traje a colación a Eróstrato? Sencillamente, porque estuve viendo TV. En la pantalla pululan decenas de personajes de una profesión nueva y suponemos que lucrativa: trabajan de mediáticos. Se definen a sí mismos como tales, sin que esto les provoque ninguna crisis existencial.

Para ser un mediático profesional se requiere ser egocéntrico, no tener lealtades con nadie, portar orgullosos el estandarte de la mediocridad, carecer de talentos artísticos (es casi condición sine qua non) salvo una gran capacidad de inventiva, tener un teléfono celular, webcam o algún soporte tecnológico para aportar “pruebas”.

El catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, experto en medios de comunicación audiovisual y autor de una muy recomendable “Historia del cine”, Román Gubern ha definido esta dictadura de la pantalla chica como iconocracia.

Sostiene Gubern que la televisión está gobernada por el principio del mínimo esfuerzo perceptivo e intelectual y que cada país tiene la TV que se merece. Flaco favor nos hace... Pero mejor, vamos a dejar que hable por sí mismo:

“¿La televisión? Este aparato ha pasado a ser un púlpito, donde el predicador esta dentro y sus millones de fieles lo observan sin perder detalle. Todo lo que dice y muestra es una verdad absoluta y se debe de creer, como en toda buena religión. Lo que no aparece en la pantalla no existe. Las esferas políticas se han dado cuenta de esto y contratan diseñadores de imagen para sus candidatos, en las elecciones gana la mejor imagen y no el mejor hombre, se prefiere votar por una imagen de seguridad que por una imagen de incertidumbre.”

Visto de este modo ¿cómo nos puede extrañar que proliferen los émulos de Eróstrato? ¿Cómo evitar que los hijos de la iconocracia desechen el esfuerzo y el sacrificio como proceso natural para alcanzar el reconocimiento, que desarrollen su talento para brillar con luz propia y su espíritu crítico para discernir entre apariencia y esencia?

Ser alguien al precio de ser cualquiera no pareciera ser una elección inteligente ni saludable. Dado que el hombre “está condenado a ser libre”, es responsable de sus acciones, sin tener excusas ya que tiene conciencia de su existencia, está en cada uno de nosotros la respuesta y la decisión. Podemos optar por incendiar el templo de Artemis o por hacer bien las cosas, sin otra expectativa que la satisfacción de haber logrado el objetivo. Después de todo, ya lo dice el tango: la fama es puro cuento.