El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo.
¿Cuáles son los grandes temas de la filosofía en el presente? ¿Sobre qué tópicos nos preguntamos? Durante el siglo XX, ya hay que decir “el siglo pasado”, ha habido tantos fenómenos sociales, cambios de paradigmas culturales, innovaciones tecnológicas y catástrofes evitables que nos ha dejado perplejos y meditabundos.
Así como el siglo XIX ha visto nacer a las ciencias sociales (sociología, antropología, psicología, politología) y alumbra la semiología o semiótica, la centuria siguiente las ve crecer hasta llegar a la edad adulta. La lingüística estalla en múltiples teorías para explicar no sólo el proceso del habla y la conformación de las lenguas nacionales, sino para desentrañar el acto de la comunicación. Estamos en la era de los mass-media.
En esta inmensa tarea de la interpretación de lo que decimos encontramos a Hans Gadamer que desarrolla la hermenéutica, disciplina que abordará la comprensión como objeto de estudio, Ludwig Wittgenstein que explica la lógica del lenguaje, Bertrand Russell, quien hace del uso de la lengua el tema central de su filosofía hasta llegar a Noam Chomsky y su teoría generativa, a Marshall McLuhan con su concepción de aldea global y a Giovanni Sartori, quien acuña el término de homo videns.
Entendernos parece ser el signo de los tiempos. Porque, tal como lo enuncia Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Para correr ese límite, para incluir al otro, tengo que saber interpretarlo.
Gadamer dedica su larga vida (vivió 102 años) a este proceso. Define como comprensión al rescate del sentido que comparten los seres humanos en el ámbito de la historia y la tradición. Sostiene que preguntar es la forma inicial de producir conocimiento y que hay que estar proclive a la sorpresa que nos proporcionará la respuesta, estar dispuesto a dejarse decir algo. También aborda los conceptos de tradición y prejuicio. La tradición que conforma nuestro marco de referencia, pero que podemos superar y mejorar. El prejuicio inmanente en toda tradición, que no debe cerrar la comprensión, sino todo lo contrario: ser un acicate para abrirla. En la medida que la tradición abre nuevos caminos dentro del acontecer histórico al que pertenecemos, constituye un momento de la libertad y de la historia mismas.
Russell, en su teoría de las descripciones, aboga por la claridad de expresión, para dejar el menos espacio posible a las especulaciones. Exige que cada descripción definida en efecto contenga una afirmación de existencia, una afirmación de unicidad que da esta apariencia, pero éstas pueden ser descompuestas y tratadas separadamente de la afirmación que es el contenido obvio de la proposición.
Chomsky revoluciona la lingüística teórica al sostener que la adquisición del lenguaje es casi instintiva, que no se trata de un proceso de aprendizaje y asociación. Postuló, además, que existen unos principios abstractos comunes en la gramática humana, más allá de las lenguas propias de cada región. De esta manera, llamó gramática generativa al conjunto de reglas innatas que permiten traducir combinaciones de ideas a combinaciones de palabras.
McLuhan, un estudioso canadiense, vislumbra la sociedad de la información actual en la década del 60. Establece que se trata de una “aldea global”, gracias a la interconexión de los medios electrónicos. Anuncia que “el medio es el mensaje”, como un camino para la lectura e interpretación de la noticia de acuerdo con el medio que la reproduce.
Y Sartori completa esta visión, cuando señala la aparición de una generación de niños educados frente al televisor, los videojuegos y la Internet: nace el homo videns. Alerta sobre el empobrecimiento de la comprensión y sobre la opinión teledirigida, el no cuestionamiento de lo que aparece en la imagen, la aceptación de lo que se ve como única realidad.
Esto es apenas la punta del iceberg: en el temario hay muchas otras cuestiones que desvelan al hombre actual. Algunas de corte moral, como la tortura, la pena de muerte, el aborto. Otras de tinte político-cultural, como las democracias formales, el derrumbe del socialismo real, la integración multiétnica en las grandes urbes, la causa árabe.
El panóptico de Bentham o, si se prefiere, el ojo del Big Brother de Orwell está aquí: todo está expuesto a la consideración global. Somos observados en la misma medida en que pispeamos a los vecinos. Y el efecto mariposa dejó de ser una metáfora poética para transformarse en una realidad amplificada millones de veces por efecto de la tecnología de la información.
Queda en cada uno separar la paja del trigo y ver qué hacemos con ese enorme caudal, que como toda corriente desbordada, trae mucha basura y algún que otro tesoro.
martes, 24 de febrero de 2009
lunes, 23 de febrero de 2009
Lo bello y lo sublime
Desde el punto de vista de la filosofía, estética es la disciplina que trata de lo bello, de lo que agrada los sentidos. Desde la Grecia clásica, la belleza fue objeto de estudios y elucubraciones diversas.
Es Kant quien vincula el concepto de estética, entendido como análisis de la capacidad intuitiva sensible o ciencia de lo aprehensible de modo puramente intuitivo, con el análisis de lo bello y lo sublime en la Naturaleza y el Arte o ciencia de aquello que, sobre la base de la mera intuición, sin mediación del conocimiento conceptual: agrada o desagrada inmediatamente.
A lo largo de la historia, podríamos decir que hay tres formas de abordar la estética: la corriente idealista (Platón, Plotino, Hegel, Schelling, Schopenhauer, para quienes la belleza se funda en la mayor o menor participación en las esencias por parte de los objetos considerados como bellos. En lo bello se refleja lo divino (Plotino) o la idea (Hegel). Según Schelling, lo bello es la representación de lo infinito en lo finito, y muestra en sensible encarnación la unidad de lo ideal y lo real, lo teórico y lo práctico, lo subjetivo y lo objetivo.
La otra vía de abordaje es la concepción realista (Herbart, ven Kirchmann)y por último, la social-objetivista, típica del realismo crítico soviético (G. Lukács.
Más allá de estos pensadores, a fines del siglo XIX, surgió un movimiento artístico, en respuesta al utilitarismo filosófico en boga. Esta doctrina sostenía que el arte existe en beneficio de su exclusiva belleza.
El esteticismo se opuso a la fealdad y al materialismo de la sociedad industrial y fundamentaban su concepción en Kant, para quien las normas estéticas podían separarse de la moralidad, la utilidad o el placer.
Tal vez hoy se repitan condiciones similares a las que dieron origen a esta corriente. La tecnocracia imperante, la reivindicación de la vulgaridad desde los medios masivos de comunicación, el auge de ciertos cánones de belleza ficticios, hacen que volvamos a pensar en qué es belleza y qué es arte.
A tal fin, rescatamos un breve texto de Oscar Wilde, un esteta de la decadencia victoriana.
Prefacio a “El retrato de Dorian Gray"
El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.
El crítico es el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas.
La más elevada, así como la más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto.
Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A éstos les queda la esperanza.
Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza.
Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Calibán viendo su cara en el espejo.
La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Calibán no viendo su propia cara en el espejo.
La vida moral del hombre forma parte del tema para el artista; pero la moralidad del arte consiste en el uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Hasta las cosas ciertas pueden ser probadas.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo.
Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son, para el artista, materiales de un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, la profesión de actor.
Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo. Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo.
Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital. Cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil, en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Todo arte es completamente inútil.
Es Kant quien vincula el concepto de estética, entendido como análisis de la capacidad intuitiva sensible o ciencia de lo aprehensible de modo puramente intuitivo, con el análisis de lo bello y lo sublime en la Naturaleza y el Arte o ciencia de aquello que, sobre la base de la mera intuición, sin mediación del conocimiento conceptual: agrada o desagrada inmediatamente.
A lo largo de la historia, podríamos decir que hay tres formas de abordar la estética: la corriente idealista (Platón, Plotino, Hegel, Schelling, Schopenhauer, para quienes la belleza se funda en la mayor o menor participación en las esencias por parte de los objetos considerados como bellos. En lo bello se refleja lo divino (Plotino) o la idea (Hegel). Según Schelling, lo bello es la representación de lo infinito en lo finito, y muestra en sensible encarnación la unidad de lo ideal y lo real, lo teórico y lo práctico, lo subjetivo y lo objetivo.
La otra vía de abordaje es la concepción realista (Herbart, ven Kirchmann)y por último, la social-objetivista, típica del realismo crítico soviético (G. Lukács.
Más allá de estos pensadores, a fines del siglo XIX, surgió un movimiento artístico, en respuesta al utilitarismo filosófico en boga. Esta doctrina sostenía que el arte existe en beneficio de su exclusiva belleza.
El esteticismo se opuso a la fealdad y al materialismo de la sociedad industrial y fundamentaban su concepción en Kant, para quien las normas estéticas podían separarse de la moralidad, la utilidad o el placer.
Tal vez hoy se repitan condiciones similares a las que dieron origen a esta corriente. La tecnocracia imperante, la reivindicación de la vulgaridad desde los medios masivos de comunicación, el auge de ciertos cánones de belleza ficticios, hacen que volvamos a pensar en qué es belleza y qué es arte.
A tal fin, rescatamos un breve texto de Oscar Wilde, un esteta de la decadencia victoriana.
Prefacio a “El retrato de Dorian Gray"
El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.
El crítico es el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas.
La más elevada, así como la más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto.
Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A éstos les queda la esperanza.
Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza.
Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Calibán viendo su cara en el espejo.
La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Calibán no viendo su propia cara en el espejo.
La vida moral del hombre forma parte del tema para el artista; pero la moralidad del arte consiste en el uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Hasta las cosas ciertas pueden ser probadas.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo.
Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son, para el artista, materiales de un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, la profesión de actor.
Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo. Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo.
Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital. Cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil, en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Todo arte es completamente inútil.
martes, 10 de febrero de 2009
Hijos del rigor
A veces las ideas nos persiguen como sabuesos y uno no sabe si atribuirlo a la casualidad o la cierta autonomía de los pensamientos para recurrir insistentemente, machacones. Días atrás, en una conversación, surgió nuevamente la pregunta sobre la naturaleza humana y el rol de la sociedad que lo cobija. Vuelvo, entonces, a apelar a Freud para que oficie de guía.
Cuando un individuo se aviene a integrar un grupo social y cultural, firma un contrato tácito en el cual hay obligaciones implícitas de ambas partes.
Toda cultura reposa en la imposición coercitiva del trabajo y en la renuncia a los instintos, provocando, por consiguiente, la oposición de aquellos sobre los cuales recaen tales exigencias.
Esta resistencia coexiste con la organización, está agazapada, y se manifestará en mayor o menor medida de acuerdo con la mayor o menor equidad que tenga el reparto de los bienes generados por esa sociedad. Es básico: a mayor bienestar, menor resistencia. Pero la misma cultura genera también las herramientas para defender ese patrimonio común, aunque es sabido que esos recursos suelen estar en manos de las clases dominantes.
Al lado de los bienes se sitúan ahora los medios necesarios para defender la cultura; esto es, los medios de coerción y los conducentes a reconciliar a los hombres con la cultura y compensarle sus sacrificios.
Claro que la mayoría de las veces prevalecen los medios de coerción y no las recompensas… Esto ha sido así desde el comienzo de la historia, a pesar de que hubo un avance en el terreno de las conquistas sociales a partir del siglo XVIII, que reconoció derechos hasta entonces inexistentes.
Ya en las antiguas renuncias al instinto (incesto, canibalismo, homicidio) interviene un factor psicológico. Es inexacto que el alma humana no haya realizado progreso alguno desde los tiempos más primitivos y que, en contraposición a los progresos de la ciencia y la técnica, sea hoy la misma que al principio de la Historia.
Es decir que el individuo se ha ido domesticando, adaptando sus pulsiones primarias a los requerimientos de la vida en sociedad. Y cuanto más avance esta adaptación, esta civilización, la aplicación de la fuerza para contener sus instintos ancestrales será menos necesaria.
Una de las características de nuestra evolución consiste en la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la acción de una especial instancia psíquica del hombre, el super-yo, que va acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos.
Según Freud, llegaría un punto en que la resistencia cede y la persona y su grupo de pertenencia dejan de ser enemigos de la cultura para ser sus más encendidos defensores del status quo.
Aquellos individuos en los cuales ha tenido efecto (esta transformación) cesan de ser adversarios de la civilización y se convierten en sus más firmes sustratos. Cuanto mayor sea su número en un sector de cultura, más segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los medios externos de coerción.
Sin embargo, esta transformación está lejos de ser perfecta. Se puede acordar colectivamente acerca del rechazo sobre aberraciones indignantes (el genocidio, por ejemplo), pero hay conductas privadas deleznables que siguen practicándose, al amparo del silencio.
Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo desde siempre, en todas las civilizaciones.
Cuanto más poder tiene un grupo, más fácil le resultará dar rienda suelta a estos comportamientos. ¿Y qué pasa con los grupos menos favorecidos en el reparto de los bienes?
En lo que se refiere a las restricciones que sólo afectan a determinadas clases sociales, la situación se nos muestra claramente y no ha sido nunca un secreto para nadie. Es de suponer que estas clases postergadas envidiarán a los favorecidos sus privilegios y harán todo lo posible por libertarse del incremento especial de privación que sobre ellas pesa. Donde no lo consigan, surgirá en la civilización correspondiente un descontento duradero que podrá conducir a peligrosas rebeliones. Pero cuando una civilización no ha logrado evitar que la satisfacción de un cierto número de sus partícipes tenga como premisa la opresión de otros, de la mayoría quizá –y así sucede en todas las civilizaciones actuales-, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad contra la civilización que ellos mismos sostienen con el trabajo, pero de cuyos bienes no participan sino muy poco.
¿Existe algún sistema de organización social capaz de derribar esta estructura desigual de reparto de los beneficios y de las obligaciones? ¿Hay algún sistema que pueda prescindir de la coerción, es decir, de la aplicación de la fuerza, para lograr los objetivos comunes? Históricamente, oscilamos entre sistemas en los cuáles impera la ley de la selva, donde sólo sobrevive el más apto y se abandona a su suerte a los menos afortunados (sobre los cuales recae todo el peso de coerción) a sistemas donde pesa un fuerte control estatal sobre las personas y los bienes, incluso recortando derechos individuales, que luego degenera en una clase dominante burócrata y una mayoría igualada en sus necesidades.
Mientras no encontremos una o más respuestas inclusivas y satisfactorias a este interrogante, el lobo seguirá aullándole a la luna.
Cuando un individuo se aviene a integrar un grupo social y cultural, firma un contrato tácito en el cual hay obligaciones implícitas de ambas partes.
Toda cultura reposa en la imposición coercitiva del trabajo y en la renuncia a los instintos, provocando, por consiguiente, la oposición de aquellos sobre los cuales recaen tales exigencias.
Esta resistencia coexiste con la organización, está agazapada, y se manifestará en mayor o menor medida de acuerdo con la mayor o menor equidad que tenga el reparto de los bienes generados por esa sociedad. Es básico: a mayor bienestar, menor resistencia. Pero la misma cultura genera también las herramientas para defender ese patrimonio común, aunque es sabido que esos recursos suelen estar en manos de las clases dominantes.
Al lado de los bienes se sitúan ahora los medios necesarios para defender la cultura; esto es, los medios de coerción y los conducentes a reconciliar a los hombres con la cultura y compensarle sus sacrificios.
Claro que la mayoría de las veces prevalecen los medios de coerción y no las recompensas… Esto ha sido así desde el comienzo de la historia, a pesar de que hubo un avance en el terreno de las conquistas sociales a partir del siglo XVIII, que reconoció derechos hasta entonces inexistentes.
Ya en las antiguas renuncias al instinto (incesto, canibalismo, homicidio) interviene un factor psicológico. Es inexacto que el alma humana no haya realizado progreso alguno desde los tiempos más primitivos y que, en contraposición a los progresos de la ciencia y la técnica, sea hoy la misma que al principio de la Historia.
Es decir que el individuo se ha ido domesticando, adaptando sus pulsiones primarias a los requerimientos de la vida en sociedad. Y cuanto más avance esta adaptación, esta civilización, la aplicación de la fuerza para contener sus instintos ancestrales será menos necesaria.
Una de las características de nuestra evolución consiste en la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la acción de una especial instancia psíquica del hombre, el super-yo, que va acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos.
Según Freud, llegaría un punto en que la resistencia cede y la persona y su grupo de pertenencia dejan de ser enemigos de la cultura para ser sus más encendidos defensores del status quo.
Aquellos individuos en los cuales ha tenido efecto (esta transformación) cesan de ser adversarios de la civilización y se convierten en sus más firmes sustratos. Cuanto mayor sea su número en un sector de cultura, más segura se hallará ésta y antes podrá prescindir de los medios externos de coerción.
Sin embargo, esta transformación está lejos de ser perfecta. Se puede acordar colectivamente acerca del rechazo sobre aberraciones indignantes (el genocidio, por ejemplo), pero hay conductas privadas deleznables que siguen practicándose, al amparo del silencio.
Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo desde siempre, en todas las civilizaciones.
Cuanto más poder tiene un grupo, más fácil le resultará dar rienda suelta a estos comportamientos. ¿Y qué pasa con los grupos menos favorecidos en el reparto de los bienes?
En lo que se refiere a las restricciones que sólo afectan a determinadas clases sociales, la situación se nos muestra claramente y no ha sido nunca un secreto para nadie. Es de suponer que estas clases postergadas envidiarán a los favorecidos sus privilegios y harán todo lo posible por libertarse del incremento especial de privación que sobre ellas pesa. Donde no lo consigan, surgirá en la civilización correspondiente un descontento duradero que podrá conducir a peligrosas rebeliones. Pero cuando una civilización no ha logrado evitar que la satisfacción de un cierto número de sus partícipes tenga como premisa la opresión de otros, de la mayoría quizá –y así sucede en todas las civilizaciones actuales-, es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad contra la civilización que ellos mismos sostienen con el trabajo, pero de cuyos bienes no participan sino muy poco.
¿Existe algún sistema de organización social capaz de derribar esta estructura desigual de reparto de los beneficios y de las obligaciones? ¿Hay algún sistema que pueda prescindir de la coerción, es decir, de la aplicación de la fuerza, para lograr los objetivos comunes? Históricamente, oscilamos entre sistemas en los cuáles impera la ley de la selva, donde sólo sobrevive el más apto y se abandona a su suerte a los menos afortunados (sobre los cuales recae todo el peso de coerción) a sistemas donde pesa un fuerte control estatal sobre las personas y los bienes, incluso recortando derechos individuales, que luego degenera en una clase dominante burócrata y una mayoría igualada en sus necesidades.
Mientras no encontremos una o más respuestas inclusivas y satisfactorias a este interrogante, el lobo seguirá aullándole a la luna.
lunes, 2 de febrero de 2009
Aullidos a la luna
La ociosidad es la madre de la filosofía (Thomas Hobbes)
Y la ociosidad sumada a la mala programación de televisión los domingos por la noche y al descenso de la libido debería producir unos pensamientos complejos y originales… No es este el caso, pero de todas maneras la tentación de compartir un par de ideas es más fuerte y cedo a ella.
Una cosa lleva a la otra. Estoy leyendo el ensayo de Freud titulado “El porvenir de la cultura” en el que expone con suma claridad que todos los hombres tenemos tendencias autodestructivas, antisociales y anticulturales, que nos vuelven hostiles contra lo que nosotros mismo hemos construido: cultura y sociedad.
Dice Freud que los deseos instintivos, entre los que identifica el incesto, el canibalismo y el homicidio nacen de nuevo con cada criatura humana, a pesar de la condena unánime que tienen estas prácticas.
El sábado vi “La aldea” (The village, 2004) una película que mostraba un experimento social creado por personas familiares de víctimas de la violencia, para lo cual se habían aislado de las ciudades y recluido en un bosque, sin contacto con el mundo exterior. Allí habían recreado la vida a finales del siglo XIX, no usaban dinero, trabajaban comunitariamente y se manejaban democráticamente a través de un consejo conformado por los pioneros del poblado.
El propósito de la empresa era recuperar la inocencia perdida y desterrar los instintos feroces. Estaba prohibido el color rojo y adentrarse en el bosque. El tabú hacia el rojo sospecho que se relacionaba con la sangre. Para que se cumpliera el segundo precepto, los fundadores habían inventado a los “Sin nombre”, una suerte de seres malignos que acechaban en la espesura. Y de tanto en tanto montaban una puesta en escena para que el cuento fuera creíble.
Pero ninguna utopía es perfecta ni practicable: un buen día uno de los habitantes de esa Arcadia, rompió el tabú e hirió de muerte a otro hombre. Si bien el agresor no estaba en sus cabales, su acto no sólo les recordó el pasado del cual habían huido, sino que los enfrentó con la necesidad de pedir ayuda al exterior. El resto de la historia no viene a cuento, porque es en estos dos puntos en los que me quiero detener.
¿Es inherente a la naturaleza humana el impulso de aniquilar al otro, más allá de las condiciones del medio ambiente en que se desarrolle? Jean Jacques Rousseau afirma que no, que el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe.
"Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit."
(Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro)
Este verso pertenece a Tito Marcio Plauto (254 a.C.-184 a.C.) aunque la frase fue popularizada por Thomas Hobbes en su Leviatán. Hobbes sostiene lo contrario: el ser humano es naturalmente egoísta, es la sociedad quien intenta corregir ese comportamiento.
Es muy difícil, aún teóricamente, separar al hombre de la sociedad que lo rodea. El efecto del medio ambiente es insoslayable y no hay forma de estudiar a un individuo aislado de todo contacto con otros congéneres para saber si Rousseau estaba en lo cierto. Además, no tendría demasiado sentido, ya que no sentir el impulso de matar cuando no se tiene a quién matar parece un tanto absurdo.
Hobbes en cambio lo coloca inmerso en la sociedad: son las reglas de convivencia la que nos hacen reprimir esos impulsos básicos y, por lo tanto, nos mejoran. Siguiendo este razonamiento, en un estado de anomia, término introducido por el padre de la sociología, Emile Durkheim, esas reglas desaparecen, los instintos se liberan.
Pero aún sin anomia, la adaptación social no siempre funciona y un individuo o grupo de individuos salta el cerco y se convierte en lobo. ¿O será como dice Freud y ya era un lobo, pero un lobo domesticado?
La etología (estudio del comportamiento animal) puede oponerse a este discurso, porque la manada tiene reglas, es decir, tiene una estructura social, con jerarquías muy definidas, que se regula no ya desde un comportamiento moral, sino por el gran mecanismo que rige la vida en la Tierra: la supervivencia.
El impulso vital, del que hablaba Bergson, es el que nos garantizó la continuidad como especie y tal vez dentro de ese impulso vital vienen adosados como estigmas el impulso de matar al que nos pone en peligro, de cometer incesto para asegurarnos descendencia y de comer al otro para no morir de hambre.
Cuánto más demorará la evolución en quitarnos esas marcas de origen, no lo sabemos. Ni siquiera podemos asegurar que eso ocurra alguna vez. No existe ninguna isla de Utopía, no hay Arcadia que nos proteja de nosotros mismos.
Después de todo, no somos más que frágiles, minúsculas partículas de polvo estelar movidas por un viento infinito que, por obra y gracia de los elementos, vinimos a habitar en el tercer planeta del sistema solar. Desconocemos quiénes o qué nos dieron origen y cuál es el plan final de esta obra maestra. Somos eternos huérfanos.
Y la ociosidad sumada a la mala programación de televisión los domingos por la noche y al descenso de la libido debería producir unos pensamientos complejos y originales… No es este el caso, pero de todas maneras la tentación de compartir un par de ideas es más fuerte y cedo a ella.
Una cosa lleva a la otra. Estoy leyendo el ensayo de Freud titulado “El porvenir de la cultura” en el que expone con suma claridad que todos los hombres tenemos tendencias autodestructivas, antisociales y anticulturales, que nos vuelven hostiles contra lo que nosotros mismo hemos construido: cultura y sociedad.
Dice Freud que los deseos instintivos, entre los que identifica el incesto, el canibalismo y el homicidio nacen de nuevo con cada criatura humana, a pesar de la condena unánime que tienen estas prácticas.
El sábado vi “La aldea” (The village, 2004) una película que mostraba un experimento social creado por personas familiares de víctimas de la violencia, para lo cual se habían aislado de las ciudades y recluido en un bosque, sin contacto con el mundo exterior. Allí habían recreado la vida a finales del siglo XIX, no usaban dinero, trabajaban comunitariamente y se manejaban democráticamente a través de un consejo conformado por los pioneros del poblado.
El propósito de la empresa era recuperar la inocencia perdida y desterrar los instintos feroces. Estaba prohibido el color rojo y adentrarse en el bosque. El tabú hacia el rojo sospecho que se relacionaba con la sangre. Para que se cumpliera el segundo precepto, los fundadores habían inventado a los “Sin nombre”, una suerte de seres malignos que acechaban en la espesura. Y de tanto en tanto montaban una puesta en escena para que el cuento fuera creíble.
Pero ninguna utopía es perfecta ni practicable: un buen día uno de los habitantes de esa Arcadia, rompió el tabú e hirió de muerte a otro hombre. Si bien el agresor no estaba en sus cabales, su acto no sólo les recordó el pasado del cual habían huido, sino que los enfrentó con la necesidad de pedir ayuda al exterior. El resto de la historia no viene a cuento, porque es en estos dos puntos en los que me quiero detener.
¿Es inherente a la naturaleza humana el impulso de aniquilar al otro, más allá de las condiciones del medio ambiente en que se desarrolle? Jean Jacques Rousseau afirma que no, que el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe.
"Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit."
(Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro)
Este verso pertenece a Tito Marcio Plauto (254 a.C.-184 a.C.) aunque la frase fue popularizada por Thomas Hobbes en su Leviatán. Hobbes sostiene lo contrario: el ser humano es naturalmente egoísta, es la sociedad quien intenta corregir ese comportamiento.
Es muy difícil, aún teóricamente, separar al hombre de la sociedad que lo rodea. El efecto del medio ambiente es insoslayable y no hay forma de estudiar a un individuo aislado de todo contacto con otros congéneres para saber si Rousseau estaba en lo cierto. Además, no tendría demasiado sentido, ya que no sentir el impulso de matar cuando no se tiene a quién matar parece un tanto absurdo.
Hobbes en cambio lo coloca inmerso en la sociedad: son las reglas de convivencia la que nos hacen reprimir esos impulsos básicos y, por lo tanto, nos mejoran. Siguiendo este razonamiento, en un estado de anomia, término introducido por el padre de la sociología, Emile Durkheim, esas reglas desaparecen, los instintos se liberan.
Pero aún sin anomia, la adaptación social no siempre funciona y un individuo o grupo de individuos salta el cerco y se convierte en lobo. ¿O será como dice Freud y ya era un lobo, pero un lobo domesticado?
La etología (estudio del comportamiento animal) puede oponerse a este discurso, porque la manada tiene reglas, es decir, tiene una estructura social, con jerarquías muy definidas, que se regula no ya desde un comportamiento moral, sino por el gran mecanismo que rige la vida en la Tierra: la supervivencia.
El impulso vital, del que hablaba Bergson, es el que nos garantizó la continuidad como especie y tal vez dentro de ese impulso vital vienen adosados como estigmas el impulso de matar al que nos pone en peligro, de cometer incesto para asegurarnos descendencia y de comer al otro para no morir de hambre.
Cuánto más demorará la evolución en quitarnos esas marcas de origen, no lo sabemos. Ni siquiera podemos asegurar que eso ocurra alguna vez. No existe ninguna isla de Utopía, no hay Arcadia que nos proteja de nosotros mismos.
Después de todo, no somos más que frágiles, minúsculas partículas de polvo estelar movidas por un viento infinito que, por obra y gracia de los elementos, vinimos a habitar en el tercer planeta del sistema solar. Desconocemos quiénes o qué nos dieron origen y cuál es el plan final de esta obra maestra. Somos eternos huérfanos.
domingo, 1 de febrero de 2009
Happiness is a warm gun, mamma
Ya sabemos que los griegos tenían la manía de filosofar sobre casi todo. No es extraño, entonces, que la felicidad ocupara un lugar importante en sus cavilaciones, dado que, como sostenía Aristóteles "todos los hombres aspiran a la felicidad".
Eudemonismo (de eudaimonia, dicha) define a las doctrinas filosóficas que sostiene que la felicidad es el fin último de todas las acciones humanas. El problema, ya planteado por las escuelas clásicas, es determinar qué entiende cada uno por felicidad.
El propio Aristóteles señalaba que un día feliz no hace que podamos llamar feliz a un hombre. De ahí que la felicidad no pueda ser solo un estado emocional, un placer puntual, una habilidad técnica o un bienestar pasajero. Tampoco es un premio o un regalo (como sugería Platón, que utilizaba el término makairos en lugar de e(eudaimonia), sino que sino que se va logrando a lo largo de una vida digna y plena, es decir, virtuosa.
Los latinos también aportaron lo suyo a la confusión. Mientras que "felicitas" alude al concepto de fertilidad, fecundidad, prosperidad terrenal, "beatitudo" define a los bienes morales acumulados a lo largo de la vida, una vez eliminados todos sus males, es decir, habla de la perfección de la naturaleza humana.
Por lo tanto, ya podemos ir perfilando de qué va la cosa. Habría una "felicidad en el placer" contrapuesta a una "felicidad en la virtud".
El placer como fuente de felicidad
"El placer perfecciona la actividad, y por tanto también el vivir, que es lo que todos desean. Es razonable, pues, aspirar también al placer, pues completa nuestra vida, que es deseable por sí misma" (Aristóteles, Etica a Nicómaco)
Para Epicuro, la finalidad de la ética no es otra que la de buscar aquellas cosas que producen placer y evitar aquellas que conducen al dolor, porque el placer (hedoné) es el principio y fin (télos) de una vida feliz. De este modo, la felicidad sólo se logra mediante una economía de esfuerzos que, por un lado, consiga sobreponerse a las cosas (al dolor, por ejemplo) y obtener el autocontrol. Dicho de otra manera: el epicureísmo no propone "living la vida loca", sino manejar nuestras pasiones de modo tal de llegar a un equilibrio, a una moderación:
"Ni banquetes ni orgías constantes engendran una vida feliz, sino un cálculo prudente que investigue las causas de toda elección y rechazo" (Epicuro, Carta a Meneceo)
Los utilitaristas del siglo XIX, con Jeremy Bentham a la cabeza, retomaron estas ideas:
"La naturaleza ha puesto al hombre bajo el imperio del placer y del dolor, a ellos debemos todas nuestras ideas... El que pretende sustraerse a esta sujeción no sabe lo que dice... El principio de utilidad lo subordina todo a estos dos móviles. Utilidad es un término abstracto que expresa la propiedad o la tendencia de una cosa a preservar de algún mal o procurar algún bien: mal es pena, dolor, o causa de dolor; bien es placer o causa de placer."
Esto implicaría que el único criterio racional y consistente que tenemos para guiar la acción es la evaluación de las consecuencias placenteras y dolorosas, tanto a nivel individual como colectivo. Muchas críticas han recibido los utilitaristas, dado que reduce la noción de felicidad al bienestar y, además, cuando se aplica a las sociedades, siempre toma en cuenta el bienestar de las mayorías, en desmedro de las minorías que pretendan "otro tipo de bienestar". Este concepto de felicidad tiene más que ver con el querer, con el deseo (para ser feliz, alcanzaría con tener lo que deseamos) que con una proyección más trascendente del ser humano.
La felicidad en la virtud
Los estoicos, esos filósofos griegos y latinos sufridos que dedicaban su vida a la búsqueda de la verdad, o por lo menos, de una imagen de la verdad, hallaban la felicidad en la virtud. Marco Aurelio definía a un hombre sabio y feliz como una roca inalterable contra la que se estrellan las olas del mar.
De esta manera, más que intentar ser feliz, lo que el hombre debe hacer es ejercitar la virtud, ser sabio y hacer aquello que es propio a su auténtica naturaleza. Si así actúa, se hará merecedor de la felicidad. No elegían el camino más sencillo, eso está claro...
Ahora, ¿cuál era esa famosa virtud propia de la naturaleza humana? El ejercicio de la razón. La naturaleza del hombre es ser racional y esta es una condición universal que todos poseemos, sin privilegios de clases. Este concepto estoico es la base de la igualdad y significa un avance importantísimo en la historia del pensamiento. Por otra parte, introduce la idea de la libertad interior, más allá del entorno socio-político al que estemos sometidos.
Para el ideal estoico, el camino de la felicidad es individual y, por tanto, un camino que cada uno debe realizar en solitario buscando la independencia de todo condicionamiento exterior. Es el camino del gobierno de uno mismo. Es una sabiduría práctica, basada en la prudencia, que aspira a la serenidad del espíritu, más allá de cualquier circunstancia interna (afectos o pasiones) o externa (sociedad o destino)
Este planteo será retomado por los humanistas del Renacimiento y por los filósofos de la Ilustración, a tal punto que se llega a establecer la felicidad como un derecho establecido (incluso figura como derecho inalienable en el acta de la Independencia de los Estados Unidos)
Immanuel Kant, el padre del racionalismo, dice que es muy difícil establecer un concepto único de felicidad, dado que no es un ideal de la razón, sino de la imaginación, pero reconoce que es imprescindible una felicidad mínima para no quebrantar los principios morales. Esto es: un hombre insatisfecho, que se ve apremiado por las necesidades, es víctima fácil de la tentación de infringir sus deberes. Por eso, sólo desde la perspectiva de la libertad, la razón puede exigir a todos los individuos, por el camino que en cada caso sea posible, un comportamiento mediante el que se realice la armonía global.
La felicidad en la perfección humana
Y llegó la psicología humanista para decirnos que la felicidad es la autorrealización (Maslow) Que es, más o menos, lo que Aristóteles o Santo Tomás de Aquino definían como perfección.
Autorrealizarse es, a grandes rasgos, apropiarse de las posibilidades que nos ofrece la vida, de acuerdo con nuestro leal saber y entender. Es un ejercicio contínuo de nuestro ser.
Entendiendo que habemos de transitar por el dolor y el gozo, la memoria de los momentos felices (gozo memorante) neutralizará los efectos del dolor (secuestro del dolor), sin suprimirlo, pero dándonos fuerzas para seguir adelante. No se trata de una postura conformista y blanda, sino de tener serenidad ante la adversidad y un espíritu batallador ante la miseria y el sufrimiento.
Si la felicidad es un don, también es un trabajo, si la felicidad es un descubrimiento, también es una conquista. Tiene que haber una predisposición, una voluntad de ser felices, para la autorrealización compartida con quienes nos rodean en el mundo.
Conclusión
Algunos filósofos se han quedado con las ganas de opinar y me amenazan con hacer un piquete, así que aquí van algunos de sus pensamientos acerca de la felicidad:
Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una (Voltaire)
La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más (Sören Kierkegaard)
Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace (Jean-Paul Sartre)
Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias (John Locke)
La felicidad consiste, principalmente, en conformarse con la suerte; es querer ser lo que uno es (Erasmo de Rotterdam)
Pregúntate si eres feliz y dejarás de serlo (John Stuart Mills)
Eudemonismo (de eudaimonia, dicha) define a las doctrinas filosóficas que sostiene que la felicidad es el fin último de todas las acciones humanas. El problema, ya planteado por las escuelas clásicas, es determinar qué entiende cada uno por felicidad.
El propio Aristóteles señalaba que un día feliz no hace que podamos llamar feliz a un hombre. De ahí que la felicidad no pueda ser solo un estado emocional, un placer puntual, una habilidad técnica o un bienestar pasajero. Tampoco es un premio o un regalo (como sugería Platón, que utilizaba el término makairos en lugar de e(eudaimonia), sino que sino que se va logrando a lo largo de una vida digna y plena, es decir, virtuosa.
Los latinos también aportaron lo suyo a la confusión. Mientras que "felicitas" alude al concepto de fertilidad, fecundidad, prosperidad terrenal, "beatitudo" define a los bienes morales acumulados a lo largo de la vida, una vez eliminados todos sus males, es decir, habla de la perfección de la naturaleza humana.
Por lo tanto, ya podemos ir perfilando de qué va la cosa. Habría una "felicidad en el placer" contrapuesta a una "felicidad en la virtud".
El placer como fuente de felicidad
"El placer perfecciona la actividad, y por tanto también el vivir, que es lo que todos desean. Es razonable, pues, aspirar también al placer, pues completa nuestra vida, que es deseable por sí misma" (Aristóteles, Etica a Nicómaco)
Para Epicuro, la finalidad de la ética no es otra que la de buscar aquellas cosas que producen placer y evitar aquellas que conducen al dolor, porque el placer (hedoné) es el principio y fin (télos) de una vida feliz. De este modo, la felicidad sólo se logra mediante una economía de esfuerzos que, por un lado, consiga sobreponerse a las cosas (al dolor, por ejemplo) y obtener el autocontrol. Dicho de otra manera: el epicureísmo no propone "living la vida loca", sino manejar nuestras pasiones de modo tal de llegar a un equilibrio, a una moderación:
"Ni banquetes ni orgías constantes engendran una vida feliz, sino un cálculo prudente que investigue las causas de toda elección y rechazo" (Epicuro, Carta a Meneceo)
Los utilitaristas del siglo XIX, con Jeremy Bentham a la cabeza, retomaron estas ideas:
"La naturaleza ha puesto al hombre bajo el imperio del placer y del dolor, a ellos debemos todas nuestras ideas... El que pretende sustraerse a esta sujeción no sabe lo que dice... El principio de utilidad lo subordina todo a estos dos móviles. Utilidad es un término abstracto que expresa la propiedad o la tendencia de una cosa a preservar de algún mal o procurar algún bien: mal es pena, dolor, o causa de dolor; bien es placer o causa de placer."
Esto implicaría que el único criterio racional y consistente que tenemos para guiar la acción es la evaluación de las consecuencias placenteras y dolorosas, tanto a nivel individual como colectivo. Muchas críticas han recibido los utilitaristas, dado que reduce la noción de felicidad al bienestar y, además, cuando se aplica a las sociedades, siempre toma en cuenta el bienestar de las mayorías, en desmedro de las minorías que pretendan "otro tipo de bienestar". Este concepto de felicidad tiene más que ver con el querer, con el deseo (para ser feliz, alcanzaría con tener lo que deseamos) que con una proyección más trascendente del ser humano.
La felicidad en la virtud
Los estoicos, esos filósofos griegos y latinos sufridos que dedicaban su vida a la búsqueda de la verdad, o por lo menos, de una imagen de la verdad, hallaban la felicidad en la virtud. Marco Aurelio definía a un hombre sabio y feliz como una roca inalterable contra la que se estrellan las olas del mar.
De esta manera, más que intentar ser feliz, lo que el hombre debe hacer es ejercitar la virtud, ser sabio y hacer aquello que es propio a su auténtica naturaleza. Si así actúa, se hará merecedor de la felicidad. No elegían el camino más sencillo, eso está claro...
Ahora, ¿cuál era esa famosa virtud propia de la naturaleza humana? El ejercicio de la razón. La naturaleza del hombre es ser racional y esta es una condición universal que todos poseemos, sin privilegios de clases. Este concepto estoico es la base de la igualdad y significa un avance importantísimo en la historia del pensamiento. Por otra parte, introduce la idea de la libertad interior, más allá del entorno socio-político al que estemos sometidos.
Para el ideal estoico, el camino de la felicidad es individual y, por tanto, un camino que cada uno debe realizar en solitario buscando la independencia de todo condicionamiento exterior. Es el camino del gobierno de uno mismo. Es una sabiduría práctica, basada en la prudencia, que aspira a la serenidad del espíritu, más allá de cualquier circunstancia interna (afectos o pasiones) o externa (sociedad o destino)
Este planteo será retomado por los humanistas del Renacimiento y por los filósofos de la Ilustración, a tal punto que se llega a establecer la felicidad como un derecho establecido (incluso figura como derecho inalienable en el acta de la Independencia de los Estados Unidos)
Immanuel Kant, el padre del racionalismo, dice que es muy difícil establecer un concepto único de felicidad, dado que no es un ideal de la razón, sino de la imaginación, pero reconoce que es imprescindible una felicidad mínima para no quebrantar los principios morales. Esto es: un hombre insatisfecho, que se ve apremiado por las necesidades, es víctima fácil de la tentación de infringir sus deberes. Por eso, sólo desde la perspectiva de la libertad, la razón puede exigir a todos los individuos, por el camino que en cada caso sea posible, un comportamiento mediante el que se realice la armonía global.
La felicidad en la perfección humana
Y llegó la psicología humanista para decirnos que la felicidad es la autorrealización (Maslow) Que es, más o menos, lo que Aristóteles o Santo Tomás de Aquino definían como perfección.
Autorrealizarse es, a grandes rasgos, apropiarse de las posibilidades que nos ofrece la vida, de acuerdo con nuestro leal saber y entender. Es un ejercicio contínuo de nuestro ser.
Entendiendo que habemos de transitar por el dolor y el gozo, la memoria de los momentos felices (gozo memorante) neutralizará los efectos del dolor (secuestro del dolor), sin suprimirlo, pero dándonos fuerzas para seguir adelante. No se trata de una postura conformista y blanda, sino de tener serenidad ante la adversidad y un espíritu batallador ante la miseria y el sufrimiento.
Si la felicidad es un don, también es un trabajo, si la felicidad es un descubrimiento, también es una conquista. Tiene que haber una predisposición, una voluntad de ser felices, para la autorrealización compartida con quienes nos rodean en el mundo.
Conclusión
Algunos filósofos se han quedado con las ganas de opinar y me amenazan con hacer un piquete, así que aquí van algunos de sus pensamientos acerca de la felicidad:
Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una (Voltaire)
La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más (Sören Kierkegaard)
Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace (Jean-Paul Sartre)
Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias (John Locke)
La felicidad consiste, principalmente, en conformarse con la suerte; es querer ser lo que uno es (Erasmo de Rotterdam)
Pregúntate si eres feliz y dejarás de serlo (John Stuart Mills)
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