domingo, 5 de diciembre de 2010

Dilemas éticos

Si la ética es la filosofía de las obligaciones, del deber ser, la traición es la peor de sus hybris, porque la conducta antiética definiría la falta en el cumplimiento de los deberes, mientras que la tergiversación de los principios que rigen esas obligaciones constituiría un comportamiento amoral.

Planteado de esta manera, podríamos caer en la postura posmoderna de los pseudogurúes que ssotienen que aconsejan "ser fiel a uno mismo" como mecanismo para preservar esos ideales primarios, premisa que autoriza la consumación de cualquier iniquidad y lema del egoísta no culposo. Por esta razón, es procedente acordar cierta universalidad de los principios que rigen las obligaciones, tales como la justicia, la solidaridad, la responsabilidad, la compasión, la honestidad, a los que se pueden sumar otros más específicos, nacidos del paradigma cultural vigente en determinada época y de la idoelogía adoptada por el individuo.

Actuar de acuerdo con lo que creemos y mayoritariamente es aceptado como "lo que está bien" nos inhibiría entonces de incurrir en la hybris de la traición, más allá de los actores ocasionales de los hechos. Por ejemplo, si Bruto al conspirar contra Julio César hubiera creído que estaba actuando conforme a ética para preservar a Roma y a sus ciudadadanos ¿sería un traidor? ¿O el traidor hubiera sido el César al no cumplir con su deber a Roma?

Judas carga con el peso de que su nombre sea sinónimo de la perfidia misma. Sin embargo, algunos exégetas dan otra versión de los acontecimientos. Judas, como Barrabás, sería un zelote, la facción revolucionaria de los hebreos que quería quitarse de encima a los romanos y a sus aliados locales. El Iscariote pretendía que Jesús encabezara la rebelión, ya que tenía derecho legítimo al trono de Judea por parte de su madre, descendiente directa del rey David. Jesús, que es un místico, no atiende estas cuestiones terrenales ni tampoco acepta huir ante la amenaza de su captura. ¿Traicionó Judas sus principios? ¿Traicionó el pueblo judío al salvar a un líder radical como Barrabás? Tampoco traicionó Jesús sus prioridades éticas, entre las que no estaban ser rey, aunque algunos de sus contemporáneos puedan haber juzgado su conducta como antiética.

El coronel alemán Carl von Stauffenberg, gestor de la frustrada Operación Walkiria, el plan diseñado para matar a Hitler y acabar con el III Reich, se planteó el dilema de la traición. ¿A quién debía fidelidad? ¿A ese Führer a quien no le importaba la vida de sus soldados, que ordenaba matanza de civiles, torturaba presos y sumía a su patria en el escarnio? No se había alistado en el Ejército para eso, no era esa la Alemania que había jurado defender. Posiblemente este mismo dilema se planteó San Martín cuando se negó a participar en la guerra civil y partió al exilio y el general Valle en ocasión del golpe de 1955. Lamentablemente, escasearon los Stauffenberg durante la última dictadura, pero es bueno recordar la honrosísima excepción del general de Brigada Juan Jaime Cesio.

En épocas de paz, las traiciones son incluso mucho menos heroicas y más mezquinas. Así vemos personajes de la política (habría que discutir si realmente son políticos) que se despojan de su ideario con tal de ganar espacio en los programas de televisión, tan miserable es su aspiración y tan barato venden su ética. Por otro lado, vemos también presuntos comunicadores y medios de comunicación que desdeñan el principio básico de la ética periodística, el compromiso con la verdad, vaya a saber a cambio de cuántos denarios de plata.

Y si bien esta nueva Roma paga traidores, los sigue despreciando y desterrándolos al infierno de los alcahuetes en cuanto la traición está consumada.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Pensar en plata

La economía como objeto de la filosofía es un fenómeno moderno. Los pensadores clásicos pensaban la política, dando por sentado que la administración de los bienes estaba supeditada a la autoridad pública, para bien o para mal. Con la aparición del mercado de capitales y el desplazamiento del concepto de riqueza, que de ser la posesión de las tierras pasa a ser la acumulación de moneda, la economía adquiere sus propios pensadores y nace la filosofía económica.

En el siglo XVII, un ministro de el rey francés Luis XIV, vislumbró que el mercantilismo sin control perjudicaba al Estado. Claro que no tenía en mente el reparto equitativo de las ganancias, sino el interés de su monarca, pero desde su función promovió la industria y el comercio con políticas públicas. Se llamaba Jean Colbert y se lo considera pionero de la economía dirigista.

Ya en el siglo XVIII, otro francés, François Quesnay contrapuso la importancia de la tierra y su producción a la acumulación de capitales. Era el modelo de la fisiocracia. "Campesinos pobres, reino pobre; reino pobre, rey pobre", advertía Quesnay. Su Tableau économique es el primer tratado analítico sobre teoría económica.

Sin embargo, la realidad que planteaba Quesnay no era funcional para la realidad inglesa. Un reino en expansión, con grandes aspiraciones colonialistas, con una banca financiera en crecimiento, necesitaba un pensador que le diera un corpus teórico para exportar. Lo encuentra en Adam Smith, el padre del liberalismo económico. Este escocés explica la división del trabajo, principal fuente de riqueza, tanto a nivel local como internacional, estableciendo una jerarquización inamovible. De esta manera, los países productores de materias primas deberán cumplir esta funciòn y nada de industrializarse. Esto constituirá la base del imperio británico en el siglo XIX.

El pensamiento de Adam Smith lo completará David Ricardo, con su teoría del valor de los bienes (que dependerá de los costos de producción) y quien elaboró la ley de bronce del salario ("el salario se reduce a lo estrictamente necesario que permita al obrero subsistir y reproducirse", porque de otra manera los trabajadores se reproducen más y faltará el trabajo) Esta aseveración dará pie a Marx para sostener que jamás el capitalismo beneficiará al trabajador.

Si estas teorías no fueran suficientes para avalar esta corriente económica, Thomas Malthus aportó lo suyo. Para este economista inglés, considerado fundador de la demografía como disciplina, "la pobreza de las masas es simplemente consecuencia del instinto de reproducción del hombre y no depende de los síntomas y condiciones sociales de la época". De esta manera, el Estado se desentiende del problema de generar políticas de inclusión, dado que la culpa es de la gente que tiene hijos por demás. Para no quedarse corto, Malthus calificaba como frenos positivos a este fenómeno las guerras, las pestes y las hambrunas y como freno preventivo la regulación de la natalidad. Su visión a futuro es fatalista, dado que la población crece a progresión geométrica, mientras que los alimentos a progresión aritmética. Algunos se tienen que sacrificar y morirse de hambre.

En la Alemania que unificará Otto von Bismarck brotan más filósofos que repollos. Hegel tendrá dos discípulos incómodos que inspirarán la política y la economía del siglo XX: Friedrich Engels y Karl Marx. Revisando la epopeya de la humanidad y sus imperios a través de la mirada del materialismo histórico, Marx vuelve a centrar la atención en el pensamiento político y a revitalizar el rol del Estado como gestor de la economía. Define a los factores de producción como tierra, capital y trabajo, dandole prioridad a este último sobre los otros dos y, de esta manera, situando a sus agentes, los trabajadores, en un lugar que la Revolución Industrial no había contemplado.

El revoltijo que provocaron las ideas de Marx obligó a repensar el liberalismo clásico. A esto se abocará el británico Alfred Marshall, quien expuso una visión crítica a los conceptos de Adam Smith, David Ricardo y Thomas Malthus. Precursor del "estado de bienestar", señaló el peligro de los monopolios, la necesidad de equilibrar la oferta y la demanda y de encarar una distribución justa de los ingresos. Eran tiempos de la filosofía positivista, cuando se creía que el progreso era un proceso infinito y eterno.

Otro alemán, antipositivista, paralelamente plantea una teoría moderna del Estado, adjudicándole la exclusividad del uso legítimo de la fuerza, por lo que la política se deriva del poder, no habiendo otro poder superior a este. Max Weber también abordará cuestiones económicas. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo expone la relación de las religiones con la riqueza. Weber explica que, como tanto el judaísmo como el catolicismo tienen una relación culposa con la acumulación del dinero, era necesaria una nueva religión que bendijera la obtención de ganancias a través de una concepción de destino manifiesto (el rico es rico porque dios así lo dispuso), liberándolos de toda responsabilidad hacia los menos favorecidos. Esta religión será el protestantismo, en sus diversas presentaciones. Fundándose sobre esta base, los Estados Unidos harán del capital, del enriquecimiento personal y de su supremacía sobre los otros países su religión oficial: el sueño americano.

Las guerras mundiales echan por tierra tanto las tesis de Malthus acerca de los beneficios de las guerras como freno positivo como el optimismo de Marshall. Las cosas no se ordenan por sí solas, ni siquiera los mercados. John Maynard Keynes y sus seguidores de la posguerra advierten que son necesarias políticas fiscales que pongan en caja a la oferta y a la demanda. ¿Y quién mejor que el Estado para regular a los díscolos? Keynes vuelve a poner el caballo delante del carro, la política como generadora de los lineamientos económicos, esta vez ya no desde la mirada revulsiva del marxismo, sino del riñón mismo del capitalismo. Otro gran aporte que hace Keynes es señalar el consumo interno como motor de la economía, para lo cual es necesario una distribución de la riqueza para activar la capacidad de compra de los ciudadanos. Asimismo, insta a los gobiernos a promover la obra pública para combatir el desempleo.

La segunda mitad del siglo XX tuvo un retorno a la escuela clásica de la mano de Paul Samuelson, un economista estadounidense, quien sin embargo reconoció algunos postulados del keynesianismo. Del otro lado, John Kenneth Galbraith, amigo personal de Kennedy, hacía hincapié en las consecuencias sociales de la desigualdad y en la amenaza de las corporaciones. Por otra parte, los países que orbitaban a la Unión Soviética desnudaban las falencias de una economía ultradirigida, incapaz de reconvertirse y de competir.

A fines de los 60 y principios de los 70, los movimientos sociales y políticos de los países emergentes dan un giro hacia la izquierda, impulsando políticas económicas ligadas al ideario marxista y al proteccionismo. El imperio responde con una feroz represión, apoyando una escalada de regímenes dictatoriales que permiten la aplicación de medidas neoliberales como nunca antes se habían aplicado. La famosa escuela de Chicago, con Milton Friedman como estandarte, aboga por el libre mercado, que debe entenderse como la destrucción de las industrias nacionales por la libre importación de productos manufacturados en los países centrales. Esto acompañado por un tipo de cambio que desalienta la exportación. La consecuencia inmediata de esta política es el endeudamiento público, la precarización laboral y la dependencia externa. Este nuevo modo de ejercer imperialismo demanda indudablemente una sujeción de la política a la economía, es decir, gobiernos títeres que permitan su implementación y un Estado gendarme que aplaste todo conato de oposición al sistema.

El "adoctrinamiento" del pensamiento político y económico hizo que ya en los 80 y 90, estos mecanismos de coacción no fueran necesarios. Las siderales cifras de las deudas externas de estos países eran coacción suficiente como para mantenerlos a raya. Sin embargo, y como la economía no es una ciencia exacta, surgió el imponderable de que el sistema se asfixiara a si mismo. La crisis del 2001 que afectó a la Argentina, así como la apropiación desmedida del principal recurso de Venezuela, el petróleo, y la imparable marginalidad de ciertos sectores en Brasil fueron el caldo de cultivo para que surgieran nuevos líderes políticos que decidieran cortar con el círculo vicioso y encarar políticas de industrialización y distribución de la riqueza. Keynesianismo a la latinoamericana, aunque algunos quieran ver en estas propuestas un sesgo marxista o las tilden de medidas populistas, con un Estado presente y fomentador de obra pública y consumo interno.

En este momento estamos presenciando la debacle de varios países integrantes de la Unión Europea: crisis en Grecia, España, Portugal, Irlanda, desempleo récord en el Reino Unido. Hay que señalar que es una crisis de los capitales especulativos, no productivos, que arrastra en su caída al más lábil de los actores económicos, trabajadores, cuentapropistas y pequeños empresarios. El panorama se ve agravado por la sujeción a una moneda común que no representa la realidad de los miembros de la UE: no cuesta lo mismo un euro para un alemán que para un rumano.

La solución que han encarado estos países profundiza sus problemas: retracción del salario, flexibilización laboral, baja del consumo, ejecución de deudas bancarias, endeudamiento público con organismos crediticios como el FMI. Nuevamente la economía al servicio de la política y no viceversa.

El premio Nobel Joseph Stieglitz, destacado crítico de la globalización y de los fundamentalistas del libre mercado, enemigo declarado del FMI y del Banco Mundial, enrolado en el neokeynesianismo, le grita al viejo mundo "¡Aprendan de la experiencia Argentina!"

Al adoptar la moneda única, los países miembros de la zona euro cedieron dos instrumentos de política que son fundamentales: el tipo de cambio y las tasas de interés. Por tanto no tienen cómo adaptarse a situaciones de crisis. Sobre todo porque Bruselas no ha ido lo suficientemente lejos en la regulación de los mercados. Y la Unión Europea no hizo planes en este sentido. Ahora, en cambio, quiere un plan coordinado de austeridad. Si este plan continúa, Europa va directo al desastre. Sabemos, a partir de la Gran Depresión de 1930, que esto es lo que no debe hacerse.


Al escribir esto, las noticias mundiales propagan que Barack Obama anunció un congelamiento del salario del sector público para los próximos dos años. Días atrás, España ya había reducido un 3% de los salarios a sus trabajadores estatales.

Claro está que cuando la economía no funciona, se le echa la culpa a la política. Y en cierto punto esto es cierto, menos por acción que por omisión, por permitir el intercambio de los roles. Al desentenderse de su papel como gestora de iniciativas y de controladora de los intereses sectoriales que se oponen a los intereses nacionales, la política en su representación tangible que es el Estado es responsable de las consecuencias.

No se trata de descubrir la pólvora, sino de saber usarla sin provocar accidentes. Pocas disciplinas cuentan con tantas estadísticas y demostraciones como la economía. Sus efectos son visibles a corto, mediano y largo plazo. El quid de la cuestión está en el modelo que desde la política se proponga, el proyecto de nación que esta política sostenga y la calidad de las personas que los ciudadanos designen para llevarlas a cabo. El caballo siempre tiene que colocarse delante del carro.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Al gran pueblo argentino ¡salud!

Con pompa y circunstancia se preparan los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, ese grito de independencia que signó nuestro destino de nación libre de todo yugo extranjero. Al menos en los papeles, porque la historia demostraría que hace falta mucho más que una declaración de principios para constituir un estado soberano.

Más allá de consideraciones políticas y económicas, es un acontecimiento que bien podría ser aprovechado para plantearnos qué significa para cada uno ser argentino. De esta introspección y de la inquietud que hace un tiempo me presentaron unos amigos españoles, surgió el texto que transcribo a continuación.

Declaración de argentinidad

Ser argentino es como estar recién llegado y sentir nostalgias por lo desconocido. Es añorar paisajes nunca vistos, parientes sin rostro, historias no vividas. Es repetirle a los hijos cuentos de guerras lejanas, de un viaje en barco por océanos eternos con la esperanza de arribar a la tierra prometida.

Es tener la mirada puesta en el mar, prontos a zarpar para repetir la diáspora. Es renegar de una ubicación geográfica que nos coloca “donde el diablo perdió el poncho”, cuando nos encantaría ser el ombligo del mundo.

Es almorzar lasagna y cenar tortilla a la española. Es tomar mate con Apfelstrudel.

Y es también ser hermano latinoamericano, cuando Malvinas. Es decir que Jorge Drexler es rioplatense cuando gana un Oscar. Es exhibir un chauvinismo recalcitrante cuando juega la selección o cuando un connacional es aplaudido en el exterior.

Es reivindicar el origen del Che, aún siendo de derecha, y aplaudir a rabiar a Chávez cuando despotrica contra los yankees.

Es no saber bien qué se quiere, pero quererlo ya, como cantaba Luca Prodan, un argentino por adopción. Es ser un país jardín de infantes, como dice nuestra María Elena Walsh.

“Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy”. Es un tango, un sentimiento triste que se baila, porque en esa ambigüedad, en esa esquizofrenia, que va de la euforia a la depresión, de declarar que “Dios es argentino” a llorar amargamente por “este país de mierda” nos reconocemos.

Es Gardel, es Perón, es Maradona, es Borges, es Milstein, es Bocca, es Barenboim, es Darín y los 40 millones de anónimos que nos aferramos a sus logros personales para decirle al mundo “aquí estamos”.

lunes, 26 de abril de 2010

La piedra del escándalo

Dime quién te lee y te diré qué escribes... algo parecido (pero mejor expresado) pensaba André Gide cuando dijo "Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran." Hago esta disgresión para dejar en claro que tuve un prejuicio desfavorable hacia Michael Onfray desde que escuché el encendido elogio de una persona de cuya capacidad para el pensamiento crítico dudo mucho. Son de esas recomendaciones en contra: una ya se acerca con desconfianza, aunque con la secreta esperanza de estar equivocada, porque siempre es más grato encontrar algo bueno que confirmar la mala espina.

Siendo atea no comparto la concepción ateológica de Onfray, por demás virulenta y simplista. Este integrismo ateo no se diferencia de los fanatismos religiosos en cuanto a la falta de tolerancia por la libertad de creencias. Abjura de un mecanismo de construcción mítica que ha sido estudiado por la antropología y la sociología hasta el hartazgo, desde Levi-Strauss para acá. No propone una instancia superadora al vacío existencial que provoca la muerte de dios y la negación de la vida ultraterrena, porque lo limita al placer momentáneo, fórmula que está visto no conforma a los millones de creyentes que prefieren apostar a distintos paraísos. En fin, parece más un berrinche adolescente que una teoría filosófica. Se enoja con las religiones y con sus adeptos, que no reparan de que se trata de cuentos chinos para fomentar una estructura de poder. ¿Habrá leído a Kierkegaard este buen hombre?

Siendo de izquierda, observo en Onfray una apología del individualismo, más cercano al pensamiento liberal que al marxismo. Su rescate del hedonismo, en su culto al cuerpo y al erotismo, a la estética, me recuerda a una publicidad de un auto caro. El aclara convenientemente que no se trata de un elogio del consumismo, pero en mi humilde opinión dista bastante de la ética estoica inmanente en las ideologías revolucionarias.

Es una filosofía hecha a medida para los burgueses que se creen progresistas, sin las contradicciones de la fe, sin la culpa del placer en medio de la miseria ajena, sin preocupación por el presente ni responsabilidad en la construcción del futuro.

Dicho esto, paso al nuevo escándalo Onfray. Resulta que publicó un nuevo libro "El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana", en el cual compara el psicoanálisis con la religión y en el que le adjudica la misma capacidad de curar que la homeopatía, la radioestesia o la imposición de manos. Nuevamente las críticas arrecian, sobre todo porque le achacan errores y falsedades para sustentar su tesis (lo mismo sucedió con el "Tratado de Ateología")

Onfray sostiene que Sigmund Freud generó todo un sistema basado en sus propios instintos y necesidades fisiológicas y les otorgó carácter universal y que los casos que presenta en sus libros fueron adulterados para demostrar el resultado de la terapia. Si esto es cuestionable, más lo es la acusación de simpatizar con el fascismo que le endilga más adelante.

No voy a debatir sobre la validez del psicoanálisis como método curativo. Si voy a reivindicar nuevamente la enorme contribución de Freud al conocimiento del individuo y al estudio del comportamiento social, con sus ensayos "El porvenir de una ilusión" y "El malestar de la cultura", de notable vigencia.

Me quedan unas dudas finales. ¿Qué es lo que le está faltando al sistema de ideas de Onfray que lo violenta tanto? ¿No habría que seguir su ejemplo y elucubrar que sufrió un desengaño místico que lo hace atacar con saña todo aquello en lo que adivina un componente mágico? Es posible que la fe, como el psicoanálisis, alivien el dolor por la sugestión de la palabra ¿eso los invalida per se? ¿Es preferible el sufrimiento a un placebo sanador? ¿Y ese fundamentalismo racionalista no lo coloca en un plano de irrealidad tan absurdo como lo que pretende combatir?

Sinceramente, no es me preocupe Onfray (que entre paréntesis factura de lo lindo con cada escándalo que arma) sino que la alternativa sean los apocalípticos de las predicciones mayas o los refutadores extremistas de esta calaña. Seguramente, el pensamiento, silencioso, ajeno a los mass-media, se está ejercitando en alguna otra parte.

miércoles, 10 de marzo de 2010

De sabihondos y suicidas

Desde los primeros tiempos de su estadía en la Tierra, el hombre ha recurrido al pensamiento mágico para explicar lo que su capacidad de observación no podía comprender. Sin herramientas para racionalizar un fenómeno natural, lo atribuía a fuerzas supraontológicas. Así nacieron los dioses.

En todas las culturas primitivas, el panteón esencial está conformado por deidades con atributos relacionados con manifestaciones naturales y actividades humanas. Estas controlan las tormentas, aquellas el mar, otras la fertilidad de los campos y la abundancia de las cosechas. Luego, con el emplazamiento de las ciudades, aparecerán los dioses de jurisdicción local y con el desarrollo del pensamiento filosófico y político tendrán un papel fundamental en la regulación del comportamiento humano, dado que de estas entidades supranaturales emanará el poder, la justicia y la ética.

El avance de la ciencia, que finalmente logra explicar algunos de los misterios, mermará su injerencia en cuestiones naturales y la democratización del conocimiento disminuirá uno de los principales factores de sumisión al dogma: el temor a dios.

Y Jehová que fue en un comienzo un dios menor que manejaba la furia del monte Sinaí, cuyos cimbronazos asustaban a los pobladores, y que se volvió todopoderoso, desplazando a sus colegas y erigiéndose en único, debió conformarse con su competencia en el plano espiritual y con un reinado pleno en la vida ultraterrena.

La muerte de dios no fue un anuncio de Nietzsche: ya se le había adelantado varios siglos Jenófanes de Colofón, en el siglo VI a.C.. El griego, basado en los olímpicos, se preguntaba para qué queremos dioses que tienen las mismas imperfecciones que los hombres: se enojan, se vengan, mienten, roban, son crueles, indolentes,injustos. Tal vez lo mismo que se preguntaban esos judíos devenidos en cristianos cuando morigeraron las cualidades negativas de su único dios e imaginaron una recompensa a futuro, como para que valga la pena atravesar tantas penurias.

Hoy por hoy que en Occidente la religión está bastante demediada, el pensamiento mágico adopta otras formas: la pseudociencia. Así aparece la tan publicitada predicción maya del 2012, la supuesta mano de obra de alienígenas en todas las obras monumentales, las teorías conspirativas de todo tipo cada vez que ocurre una catástrofe.

Sigue siendo más tranquilizador confiar en un elemento sobrenatural que pensar. Y sigue siendo más funcional a los sistemas de poder que la gente crea cualquier paparruchada que transitar la senda del conocimiento. El verdadero peligro de estos tiempos no es que el mundo acabe en el 2012, el calentamiento global o el proyecto HAARP de los estadounidenses. El principal mal es la ignorancia y la institucionalización del oscurantismo por la difusión de las estupideces de unos cuantos vivos que hacen su agosto gracias a la credulidad de la gente.

Paralelamente, y como parte del mismo pensamiento mágico, hay una tendencia a creer que el pasado era la Arcadia y que los hombres involucionamos. Ya los quisiera ver en la Edad Media, cuando el libre albedrío era castigado con la hoguera. O durante la peste negra, cuando no había penicilina. O en plena Revolución Industrial, cuando los niños trabajaban 14 horas. Nos espantamos por la obligación del uso del shador entre las mujeres árabes y pero sostenemos sin pestañar que el hombre estaba mejor en altri tempi.

Hay un vacío místico porque dios ha demostrado ser inoperante, dado que sus representantes en la tierra lo han dejado mal parado. Ese espacio lo ocupan los charlatanes, no los filósofos, ni los artistas o los científicos. En la era del fast food paga más un condimento apocalíptico que el esfuerzo de miles de hombres y mujeres que a contracorriente siguen apostando al hombre y a su capacidad de crear, de pensar y de soñar, sin perder de vista que somos un accidente en el Cosmos, un grano de arena de la infinita playa del Universo.

miércoles, 3 de febrero de 2010

De bueyes perdidos

Si fuéramos lombrosianos, diríamos que el calor no favorece el desarrollo del pensamiento y aportaríamos la prueba de un sinnúmero de filósofos nacidos en tierras frías. Todo para justificar el parate del mes de enero.

Lo cierto es que de estas regiones calientes del sur surgen músicos, escritores, científicos, artistas plásticos, actores, cineastas, juristas y también pensadores, aunque la falta de una política educativa a favor de la enseñanza de la filosofía a nivel masivo conspira contra la popularidad de esta disciplina. Afortunadamente, la presencia mediática de figuras como José Pablo Feinmann ayuda a que la gente le pierda el miedo a los filósofos.

Es que pensar es un ejercicio peligroso, si lo sabrán las clases dominantes. Pensar, por ejemplo, que la catástrofe de Haití, con sus doscientas mil víctimas fatales, su más de un millón de sobrevivientes sin hogar, se podría haber morigerado con medidas preventivas, dado que es una región de actividad sísmica y que ya en 2008 se había advertido sobre un posible terremoto, nos lleva a reflexionar sobre la pobreza estructural del país más paupérrimo del continente.

Ahora hay festivales y organizaciones gubernamentales y no gubernamentales que se arrancan los pelos por Haití, el sexto país con mayor porcentaje de indigentes del planeta (un escalofriante 80%) Hubo que esperar este cataclismo para que el mundo posara sus ojos en esta isla y se conmoviera.

Habría que advertirles que en Zambia los pobres llegan al 86%. Y en la Franja de Gaza rondan el 81%. Y que Zimbabwe, Moldavia (oh, eso es Europa), Chad y Liberia igualan a Haití, mientras que en Guatemala, bien cerca de la zona de desastre, constituyen el 76% de la población. Completan este ranking de la desgracia Surinam, Angola y Mozambique con el 70%, Swazilandia con el 69%, Burundi y Sierra Leona con el 68% (que dejó de ser el más pobre) y Tayikistán (64%)

Como vemos, no todo sucede en las regiones más calientes y aunque Africa reúne la mayor cantidad de países, hay representantes de los otros continentes, tal vez esperando un huracán, maremoto, inundación, volcán en erupción o guerra que los saque del anonimato y los deposite en las primeras planas.

Un economista español de tendencia liberal me decía días pasados que lo peor que puede sucederle a estas naciones de pobreza endémica es que les llegue ayuda económica internacional, porque la corrupción inherente a sus sistemas políticos se la devora y se retroalimenta. Yo expuse que esos sistemas están sostenidos por esas mismos países ricos que luego envían la ayuda para combatir lo que ellos mismos propiciaron.

Y de repente recuerdo la película "The constant gardener" (El jardinero fiel), dirigida por Fernando Meirelles (el realizador brasileño de "La ciudad de Dios"), sobre una novela de John le Carré, en la que se expone la miseria de los laboratorios farmacéuticos, apañados por el gobierno británico y con la complicidad de los políticos kenyatas. Es una síntesis perfecta de los diabólicos mecanismos que rigen los destinos de esta pobre gente.

Las ex colonias menos favorecidas de los imperios del siglo XIX, que siguen siendo usadas como factoría de materias primas a bajo costo, no entraron al siglo XXI. En muchos casos, el factor cultural conspira contra el ingreso a la modernidad. Pero si tomamos como ejemplo a la India, un país con una estratificación social extrema y una enorme diversidad cultural y religiosa, observamos que hay alternativa posible de crecimiento.

Hay una llave que abre la puerta al cambio: la educación. Un pueblo instruido no acepta canallas que negocien su bienestar a cambio de divisa extranjera. Por eso los tiranos desprecian los libros, por eso los poderosos le temen a la filosofía. Por eso los que ejercitamos el pensamiento, aún con 38 grados de calor, debemos alertar que hay muchos Haití en potencia, que la solidaridad no se debe poner en práctica solamente en la catástrofe mediática, sino en la pequeña catástrofe cotidiana de sobrevivir al hambre.