martes, 10 de marzo de 2009

El monstruo invisible

El escritor español Francisco Paco Umbral asegura que el deporte es una estilización de la guerra. Una guerra –agrego yo- de la que también toman parte los aficionados que asisten a alentar a sus respectivos ejércitos, para lo cual se valen de estandartes, indumentaria, fanfarrias, cánticos, insultos y otras manifestaciones más o menos violentas. Es decir, una guerra en la que todo vale, como en toda guerra.

Al menos así lo entienden cientos, miles de personas que en todo el planeta concurren a los espectáculos deportivos y que definimos como fanáticos (o hinchas en nuestra versión local) El diccionario define fanatismo como toda pasión exacerbada o irracional hacia algo. Es una adhesión incondicional, que no admite cuestionamientos ni críticas.

Nuevamente apelamos a El malestar de la cultura para echar un poco de luz sobre el asunto. Según Freud, el hombre se encuentra escindido entre dos tendencias contrarias: el ansia de felicidad y el ansia de seguridad. Nuestra conciencia de ser individuos es la causa de que nos sintamos solitarios, así como la corporalidad es la fuente de males como las enfermedades. Por eso, para buscar la felicidad puede imponerse la exigencia de abolir ambas facetas. La barra, la pertenencia a una masa anónima que nos identifica, es uno de los recursos que empleamos. Nos transformamos en fanáticos.

Erich Fromm, en El miedo a la libertad, lo pone aún más claro. Sostiene que todo fanatismo es un intento regresivo de escapar del surgimiento del individuo y la libertad debido al miedo que ello causa. Albert Camus, en El hombre rebelde, lo clasifica dentro de los nihilismos destructivos, es decir, que esconde un deseo oculto de muerte, ya que va contra la naturaleza humana que es mudable y flexible.

Ese colectivo, embanderado tras un lema común, crea su propia mitología y su panteón de héroes, guarda memoriosamente el record de sus batallas ganadas y rencorosamente el recuerdo de sus derrotas. No se trata de méritos, de mejor performance deportiva: se trata de vencer y regodearse con la humillación del rival.

En este contexto, apelar a la denigración del otro a través de su asimilación con grupos desvalorados o a características supuestamente negativas, es un mecanismo habitual. Así, el contrario es “cobarde”, “negro”, “marica”, “pechofrío”, etc. Así es “bolita”, “paragua”, “peruca”, “brasuca”, “sudaca”.

Esto viene a colación a lo sucedido en un partido de fútbol local el pasado domingo, en el que una parcialidad, a modo de denuesto, portaba banderas de países vecinos, para indicar el origen “espurio” de la parcialidad contraria.

Menudo revuelo mediático, con la correspondiente intervención del organismo oficial competente. Ahora bien, me pregunto si asumiendo que se trata de una ofensa no se empeora la situación y se afianza la discriminación. Porque si yo planteara ¿en qué me ofenden si me tratan de boliviano o paraguayo?, si dijéramos “es un orgullo que nos comparen con dos pueblos fieles a su historia, que demostraron bravura y altivez aún en sus horas más amargas”, el efecto de la discriminación desaparece.

Hay un exceso de celo, una preocupación tan grande por mostrarse políticamente correcto que frecuentemente se termina avalando lo que se quiere combatir. Es como quien dice “yo tengo amigos gays” para demostrar que no es homofóbico, cuando quien sinceramente no se pregunta sobre la condición sexual de sus amistades no se le ocurriría hacer esa salvedad.

La xenofobia, el miedo a lo extraño, a lo extranjero a nuestra idiosincrasia, es otro de los instintos primarios que la cultura procura contrarrestar. Primates gregarios como los chimpancés mantienen guerras feroces con sus tribus vecinas por cuestiones territoriales y de hegemonía. Recién en el siglo XX (sobre todo, luego de la terrible experiencia del nazismo) las sociedades occidentales bienpensantes lo comenzaron a ver como una disfunción y una amenaza.

Sin embargo, el monstruo sigue agazapado y resurge con cada epíteto descalificador que haga referencia a raza, etnia, religión, origen o condición social y cada vez que aceptemos esa referencia como descalificación, aún con las mejores intenciones.

Woman is the nigger of the world (John Lennon)

En el ámbito público, pareciera que las mujeres hubieran despertado de un extenso retargo, cual bellas durmientes, con el advenimiento del siglo XIX. Antes no sé sabe bien qué hacían, salvo criar hijos, ser santas o reinas.

El fenómeno que caracteriza a la demora de la mujer para ocupar espacios de reconocimiento se conoce como invisibilización. Este concepto designa a los mecanismos culturales tendientes a omitir la importancia de un grupo social. Si no se lo reconoce, no existe.

Nuestra memoria colectiva no registra a las mujeres que se han destacado en la Antigüedad. Nombres como Aspasia de Mileto, Hipatia de Alejandría, Téano de Crotona o Safo de Lesbos no nos son familiares.

Tampoco tuvieron suerte mujeres del Renacimiento como la poetisa Vittoria Colonna o la pintora barroca Artemisia Gentileschi, admirada por sus pares varones contemporáneos.

Pocos saben que, a la par de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en plena Revolución Francesa, Olympia de Gouges se atrevió a redactar la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, que comenzaba con las siguientes palabras: "Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta."

Que Georges Sand y George Eliot hayan apelado a seudónimos masculinos no fue un capricho. Querían que sus escritos fueran considerados sin el tamiz del sexismo, en un mundo masculino. Sin embargo, hay que admitir que la literatura ha sido el territorio menos hostil para que la mujer desarrollara su capacidad creadora.

Dicen las malas lenguas que Camille Claudel, la amante de Auguste Rodin, fue la autora de muchas de sus esculturas y el verdadero genio detrás del artista francés.

Con la inclusión de la mujer en la Universidad, empezaron a aparecer las científicas, como Maria Sklodowska, más conocida como Madame Curie, galardonada con dos premios Nobel. A Rosalind Franklin le birlaron este honor, ya que Watson y Crick se llevaron todo el mérito por el descubrimiento de la estructura del ADN, que hicieron en base al trabajo de esta biofísica inglesa.

La invisibilización de la mujer en el campo de la filosofía es notable. Se dice que no hay mujeres filósofas, cuando, en realidad, debería decirse que no se conocen mujeres filósofas. Basta citar a Diotima de Mantinea, Hiparquia de Tracia, Hildegarda de Bingen, Cristina de Lorena, Teresa de Jesús, Madame de Sevigné, Mary Wollstonecraft, Eleanor Marx, Rosa Luxemburgo, María Montessori, Edith Stein, Simone de Beauvoir, Simone Weil, Hannah Arendt, Chantal Desol.

En la actualidad, no está bien visto ejercer la discriminación de género. Los machistas están catalogados como neandertales despreciables, a pesar de que la primera diferenciación en la formación de hombres y mujeres parte de la crianza del hogar, generalmente ejercida por las madres.

No es de extrañar, entonces, que se hagan extensos panegíricos y homenajes cada 8 de marzo, en una suerte de discriminación positiva o acción afirmativa. No hay “Día del varón”, no es necesario recordarlo porque su impronta cultural está dondequiera que miremos. Tampoco hay una literatura “de hombres”, como se supone que hay una literatura “de mujeres”.

Esta discriminación inversa, pero discriminación al fin, tiene sus críticos, como el jurista estadounidense Kenji Yoshino, autor del libro “Covering” (Enmascaramiento), una de las voces más claras y jóvenes en el campo de los derechos civiles.

Dice Yoshino que las formas actuales de discriminación, mucho más sutiles que las tradicionales, están dirigidas a propender por una homogenización dentro y entre grupos y a atacar, en consecuencia, a los miembros de los mismos que se niegan a asimilar los estándares dominantes. Ya no es cuestión de género, raza o religión, sino que se persigue a quien, aún dentro de su minoría, expresa características distintas, por ejemplo, de elección sexual.

En una sociedad ideal no tendría lugar una celebración de género ni de ningún grupo en particular. No haría falta recordar en el calendario que unas y otros somos imprescindibles para la evolución de la especie, con igualdad de oportunidades para todos y con un justo reconocimiento para quienes se lo merezcan.