De acuerdo con la visión materialista de la historia, los procesos son causa y efecto de procesos anteriores y posteriores, en una sucesión prácticamente lógica de hechos que se relacionan entre sí y en una trama que tiene por telar la actividad económica. La ciencia, el pensamiento, el arte y todas las expresiones humanas son reflejo de estos procesos históricos, los predicen, los acompañan y los culminan.
Sin contradecir esta premisa, sino más bien abonándola, pensamos en aquellos que representan a su tiempo, lo desmenuzan, lo explican y lo reformulan para los tiempos por venir. Por supuesto que la selección es arbitraria, no por gusto personal, sino porque quien edita, ejerce opinión y en esta opinión está implícita la ideología de quien la sostiene.
El siglo XX ha estado marcado por el desarrollo de las ciencias humanas, que habían encontrado su método en el siglo precedente. El hombre se mira a sí mismo como sujeto social, se interroga acerca de su condición, investiga el mecanismo del lenguaje, elabora teorías sobre la comunicación. Aparecen nuevas disciplinas, como la semiología y la hermenéutica. Aparecen también sus aplicaciones técnicas, la publicidad, el marketing, la informática. Y la ética se ocupa de cuestiones tales como la clonación y la manipulación genética. Los viajes espaciales hacen replantear las cosmologías aceptadas, la física cuántica y la relatividad colocan en tela de juicio los postulados de la física clásica. Muchos son los pensadores que han trabajado sobre estas transformaciones: Max Weber, Ludwig Wittgenstein, Thomas Kuhn, Hans Gadamer, Jacques Lacan, Noam Chomsky, Marshall MacLuhan, Claude Levi-Strauss, Jean-Paul Sartre, Martin Heidegger, Roland Barthes, Herbert Marcuse, para citar a algunos. Sin desmerecer la importancia de estos amigos, quiero hacer hincapié en dos intelectuales, por distintas razones.
El primero es Sigmund Freud, porque la revolución que provocó su teoría del inconsciente es comparable a la revolución copernicana. Hoy por hoy se nos ha hecho moneda corriente hablar del yo, el super-yo y el ello y aceptar con total naturalidad la existencia de un estado de la conciencia que no podemos controlar ni reprimir, pero ubicándonos en tiempo y lugar, sus aportes fueron un salto inconmensurable en el pensamiento humano, tanto es así que infringe la tercera herida narcisista a la humanidad, que ya no cuenta con una psique unívoca y manejable.
El otro es un británico difícil de encasillar, porque se destacó en diversas áreas, emergiendo como una síntesis del desarrollo científico del siglo. Abordó las matemáticas, la física, la lingüística, la sociología, la epistemología, la ética. Fue un pensador comprometido con el pacifismo, la causa femenina, la libertad sexual, la igualdad racial, la equidad social. Por su inteligencia superlativa, por su enorme coherencia, por su defensa encendida de la claridad para exponer lo complejo, por su valentía para sostener posiciones, muchas veces a contrapelo del paradigma establecido, porque ha sido tan exhaustivo como para no agotarse, por unanimidad determinamos que Bertrand Russell es el intelectual insignia del siglo XX.
La ebullición científica decimonónica complica un poco esta elección, completamente inútil y cuestionable. Es el siglo de la independencia americana, de la consolidación de los estados europeos, de la revolución industrial y la expansión del imperialismo. La teoría de la evolución de Charles Darwin derriba la explicación bíblica de la creación y permite a los positivistas como Herbert Spencer y John Stuart-Mill sustentar su idea de progreso constante, que es otra forma de referir la evolución. El hombre deviene en un mono mejorado, no en un ser creado a imagen y semejanza de su hacedor: es la segunda herida narcisista. Y si no somos hijos de dios, dios no tiene razón de ser. Será Friedrich Nietzsche quien firme su acta de defunción. En Francia, Auguste Comte y Emile Durkheim fundaban la sociología, mientras que en Suiza Ferdinand de Saussure inauguraba la lingüistica. Desde Danzig, Arthur Schopenhauer ensayaba una síntesis entre el pensamiento occidental y el oriental y en Copenhague, Soren Kierkegaard escribía sobre la angustia existencial.
Nuevamente, destacamos dos figuras.Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el filósofo más influyente del siglo, representante cumbre del idealismo alemán y el último de los grandes metafísicos. En Hegel se resumen Platón, Aristóteles, Descartes y Kant y se preanuncian el socialismo científico, el existencialismo, la ontología de Heidegger y hasta el deconstructivismo de Derridá.
El otro elegido es su discípulo, Karl Heinrich Marx , intelectual que abordó con idéntico entusiasmo la filosofía, la economía, la historia y la sociología. La importancia de su obra, influenciada en sus comienzos por Ludwig Feuerbach y complementada con el trabajo de Friedrich Engels, marcó el pensamiento del siglo XX, tanto a su favor como en su contra. Junto a Freud y a Nietzsche será catalogado como "filósofo de la sospecha", por poner en tela de juicio conceptos universalmente justificados por medio de la razón, como son las pulsiones humanas, la voluntad de poder y el materialismo económico.
El siglo XVIII es el que conocemos como Ilustración, marcado a fuego por la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es un período en que la fe religiosa tiene que competir con la fe en el conocimiento. La filosofía se centra en el ser, es significativamente ontológica, y en la relación de ese ser con su entorno social. Así, Jean-Jacques Rousseau aboga por la bondad original del ser humano y culpa a la sociedad que lo contiene por sus iniquidades. Del otro lado, el escocés David Hume se debate entre el ser y el deber ser, iniciando la corriente del utilitarismo, así como el alemán Gottfried Leibniz intenta explicar el universo metafísico a través de la monadología.
Por representar el espíritu de su tiempo, destacamos a Jean-Marie Arouet, conocido por Voltaire aunque su aporte más significativo llega por el lado de la literatura. Como pensador es un legalista que confía en el principio de la justicia y no ve en la sociedad, como sí lo observa Rousseau, como causa de la alienación del individuo. Sin reconocerse como ateo, prescinde de la intervención divina en los asuntos humanos, como lo expone en su obra Cándido o el optimismo.. Sí es abiertamente anticlerical, porque encuentra en la iglesia una fuente de intolerancia e injusticia. Es el modelo del burgués liberal.
Por ser uno de los pensadores más influyentes de la modernidad y de la historia del pensamiento humano en general, nos detenemos en la figura de Immanuel Kant, aunque resulte demasiado breve esta enumeración como para siquiera asomarnos a su obra filosófica. Kant es denso, no en el sentido coloquial de aburrido, sino de una trama tupida, de un espesor que nos impone el ejercicio de la atención y la comprensión. Basta decir que sin su aporte a la filosofía de la historia resulta insoslayable impensable el materialismo de Marxm porque es el primero en advertir la concatenación de los hechos en clave universal y en suponer un desarrollo natural de los procesos, a la manera de los procesos biológicos y de la fisis aristotélica. En su estética trascendental, desplegada en la Crítica de la razón pura, explica el mecanismo de la aprehensión del conocimiento, en el que juegan la intuición, la percepción y las condiciones apriorísticas, como el tiempo y el espacio, siempre en el marco de la experiencia. En la Crítica a la razón práctica revoluciona el concepto de la ética, definiéndola como un valor universal, vacío de contenido empírico y que responde a imperativos categóricos y no hipotéticos. La Crítica del Juicio completa este ciclo kantiano, es decir, lo concluye. Una vez que ya tenemos dominio sobre la facultad del entendimiento y sobre la facultad de la razón, podemos utilizar la facultad de juzgar. Así establece una diferenciación entre lo bello y lo sublime y el concepto de genio, que luego serán tomados por el romanticismo alemán como base para desarrollar su movimiento artístico.
Nos tomamos un descanso en la vieja Königsberg, caminando por la orilla de la laguna del Vístula, para regresar a la brevedad con la segunda parte de este recorrido caprichoso por la historia del pensamiento.
martes, 29 de marzo de 2011
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