domingo, 5 de diciembre de 2010

Dilemas éticos

Si la ética es la filosofía de las obligaciones, del deber ser, la traición es la peor de sus hybris, porque la conducta antiética definiría la falta en el cumplimiento de los deberes, mientras que la tergiversación de los principios que rigen esas obligaciones constituiría un comportamiento amoral.

Planteado de esta manera, podríamos caer en la postura posmoderna de los pseudogurúes que ssotienen que aconsejan "ser fiel a uno mismo" como mecanismo para preservar esos ideales primarios, premisa que autoriza la consumación de cualquier iniquidad y lema del egoísta no culposo. Por esta razón, es procedente acordar cierta universalidad de los principios que rigen las obligaciones, tales como la justicia, la solidaridad, la responsabilidad, la compasión, la honestidad, a los que se pueden sumar otros más específicos, nacidos del paradigma cultural vigente en determinada época y de la idoelogía adoptada por el individuo.

Actuar de acuerdo con lo que creemos y mayoritariamente es aceptado como "lo que está bien" nos inhibiría entonces de incurrir en la hybris de la traición, más allá de los actores ocasionales de los hechos. Por ejemplo, si Bruto al conspirar contra Julio César hubiera creído que estaba actuando conforme a ética para preservar a Roma y a sus ciudadadanos ¿sería un traidor? ¿O el traidor hubiera sido el César al no cumplir con su deber a Roma?

Judas carga con el peso de que su nombre sea sinónimo de la perfidia misma. Sin embargo, algunos exégetas dan otra versión de los acontecimientos. Judas, como Barrabás, sería un zelote, la facción revolucionaria de los hebreos que quería quitarse de encima a los romanos y a sus aliados locales. El Iscariote pretendía que Jesús encabezara la rebelión, ya que tenía derecho legítimo al trono de Judea por parte de su madre, descendiente directa del rey David. Jesús, que es un místico, no atiende estas cuestiones terrenales ni tampoco acepta huir ante la amenaza de su captura. ¿Traicionó Judas sus principios? ¿Traicionó el pueblo judío al salvar a un líder radical como Barrabás? Tampoco traicionó Jesús sus prioridades éticas, entre las que no estaban ser rey, aunque algunos de sus contemporáneos puedan haber juzgado su conducta como antiética.

El coronel alemán Carl von Stauffenberg, gestor de la frustrada Operación Walkiria, el plan diseñado para matar a Hitler y acabar con el III Reich, se planteó el dilema de la traición. ¿A quién debía fidelidad? ¿A ese Führer a quien no le importaba la vida de sus soldados, que ordenaba matanza de civiles, torturaba presos y sumía a su patria en el escarnio? No se había alistado en el Ejército para eso, no era esa la Alemania que había jurado defender. Posiblemente este mismo dilema se planteó San Martín cuando se negó a participar en la guerra civil y partió al exilio y el general Valle en ocasión del golpe de 1955. Lamentablemente, escasearon los Stauffenberg durante la última dictadura, pero es bueno recordar la honrosísima excepción del general de Brigada Juan Jaime Cesio.

En épocas de paz, las traiciones son incluso mucho menos heroicas y más mezquinas. Así vemos personajes de la política (habría que discutir si realmente son políticos) que se despojan de su ideario con tal de ganar espacio en los programas de televisión, tan miserable es su aspiración y tan barato venden su ética. Por otro lado, vemos también presuntos comunicadores y medios de comunicación que desdeñan el principio básico de la ética periodística, el compromiso con la verdad, vaya a saber a cambio de cuántos denarios de plata.

Y si bien esta nueva Roma paga traidores, los sigue despreciando y desterrándolos al infierno de los alcahuetes en cuanto la traición está consumada.