lunes, 29 de noviembre de 2010

Pensar en plata

La economía como objeto de la filosofía es un fenómeno moderno. Los pensadores clásicos pensaban la política, dando por sentado que la administración de los bienes estaba supeditada a la autoridad pública, para bien o para mal. Con la aparición del mercado de capitales y el desplazamiento del concepto de riqueza, que de ser la posesión de las tierras pasa a ser la acumulación de moneda, la economía adquiere sus propios pensadores y nace la filosofía económica.

En el siglo XVII, un ministro de el rey francés Luis XIV, vislumbró que el mercantilismo sin control perjudicaba al Estado. Claro que no tenía en mente el reparto equitativo de las ganancias, sino el interés de su monarca, pero desde su función promovió la industria y el comercio con políticas públicas. Se llamaba Jean Colbert y se lo considera pionero de la economía dirigista.

Ya en el siglo XVIII, otro francés, François Quesnay contrapuso la importancia de la tierra y su producción a la acumulación de capitales. Era el modelo de la fisiocracia. "Campesinos pobres, reino pobre; reino pobre, rey pobre", advertía Quesnay. Su Tableau économique es el primer tratado analítico sobre teoría económica.

Sin embargo, la realidad que planteaba Quesnay no era funcional para la realidad inglesa. Un reino en expansión, con grandes aspiraciones colonialistas, con una banca financiera en crecimiento, necesitaba un pensador que le diera un corpus teórico para exportar. Lo encuentra en Adam Smith, el padre del liberalismo económico. Este escocés explica la división del trabajo, principal fuente de riqueza, tanto a nivel local como internacional, estableciendo una jerarquización inamovible. De esta manera, los países productores de materias primas deberán cumplir esta funciòn y nada de industrializarse. Esto constituirá la base del imperio británico en el siglo XIX.

El pensamiento de Adam Smith lo completará David Ricardo, con su teoría del valor de los bienes (que dependerá de los costos de producción) y quien elaboró la ley de bronce del salario ("el salario se reduce a lo estrictamente necesario que permita al obrero subsistir y reproducirse", porque de otra manera los trabajadores se reproducen más y faltará el trabajo) Esta aseveración dará pie a Marx para sostener que jamás el capitalismo beneficiará al trabajador.

Si estas teorías no fueran suficientes para avalar esta corriente económica, Thomas Malthus aportó lo suyo. Para este economista inglés, considerado fundador de la demografía como disciplina, "la pobreza de las masas es simplemente consecuencia del instinto de reproducción del hombre y no depende de los síntomas y condiciones sociales de la época". De esta manera, el Estado se desentiende del problema de generar políticas de inclusión, dado que la culpa es de la gente que tiene hijos por demás. Para no quedarse corto, Malthus calificaba como frenos positivos a este fenómeno las guerras, las pestes y las hambrunas y como freno preventivo la regulación de la natalidad. Su visión a futuro es fatalista, dado que la población crece a progresión geométrica, mientras que los alimentos a progresión aritmética. Algunos se tienen que sacrificar y morirse de hambre.

En la Alemania que unificará Otto von Bismarck brotan más filósofos que repollos. Hegel tendrá dos discípulos incómodos que inspirarán la política y la economía del siglo XX: Friedrich Engels y Karl Marx. Revisando la epopeya de la humanidad y sus imperios a través de la mirada del materialismo histórico, Marx vuelve a centrar la atención en el pensamiento político y a revitalizar el rol del Estado como gestor de la economía. Define a los factores de producción como tierra, capital y trabajo, dandole prioridad a este último sobre los otros dos y, de esta manera, situando a sus agentes, los trabajadores, en un lugar que la Revolución Industrial no había contemplado.

El revoltijo que provocaron las ideas de Marx obligó a repensar el liberalismo clásico. A esto se abocará el británico Alfred Marshall, quien expuso una visión crítica a los conceptos de Adam Smith, David Ricardo y Thomas Malthus. Precursor del "estado de bienestar", señaló el peligro de los monopolios, la necesidad de equilibrar la oferta y la demanda y de encarar una distribución justa de los ingresos. Eran tiempos de la filosofía positivista, cuando se creía que el progreso era un proceso infinito y eterno.

Otro alemán, antipositivista, paralelamente plantea una teoría moderna del Estado, adjudicándole la exclusividad del uso legítimo de la fuerza, por lo que la política se deriva del poder, no habiendo otro poder superior a este. Max Weber también abordará cuestiones económicas. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo expone la relación de las religiones con la riqueza. Weber explica que, como tanto el judaísmo como el catolicismo tienen una relación culposa con la acumulación del dinero, era necesaria una nueva religión que bendijera la obtención de ganancias a través de una concepción de destino manifiesto (el rico es rico porque dios así lo dispuso), liberándolos de toda responsabilidad hacia los menos favorecidos. Esta religión será el protestantismo, en sus diversas presentaciones. Fundándose sobre esta base, los Estados Unidos harán del capital, del enriquecimiento personal y de su supremacía sobre los otros países su religión oficial: el sueño americano.

Las guerras mundiales echan por tierra tanto las tesis de Malthus acerca de los beneficios de las guerras como freno positivo como el optimismo de Marshall. Las cosas no se ordenan por sí solas, ni siquiera los mercados. John Maynard Keynes y sus seguidores de la posguerra advierten que son necesarias políticas fiscales que pongan en caja a la oferta y a la demanda. ¿Y quién mejor que el Estado para regular a los díscolos? Keynes vuelve a poner el caballo delante del carro, la política como generadora de los lineamientos económicos, esta vez ya no desde la mirada revulsiva del marxismo, sino del riñón mismo del capitalismo. Otro gran aporte que hace Keynes es señalar el consumo interno como motor de la economía, para lo cual es necesario una distribución de la riqueza para activar la capacidad de compra de los ciudadanos. Asimismo, insta a los gobiernos a promover la obra pública para combatir el desempleo.

La segunda mitad del siglo XX tuvo un retorno a la escuela clásica de la mano de Paul Samuelson, un economista estadounidense, quien sin embargo reconoció algunos postulados del keynesianismo. Del otro lado, John Kenneth Galbraith, amigo personal de Kennedy, hacía hincapié en las consecuencias sociales de la desigualdad y en la amenaza de las corporaciones. Por otra parte, los países que orbitaban a la Unión Soviética desnudaban las falencias de una economía ultradirigida, incapaz de reconvertirse y de competir.

A fines de los 60 y principios de los 70, los movimientos sociales y políticos de los países emergentes dan un giro hacia la izquierda, impulsando políticas económicas ligadas al ideario marxista y al proteccionismo. El imperio responde con una feroz represión, apoyando una escalada de regímenes dictatoriales que permiten la aplicación de medidas neoliberales como nunca antes se habían aplicado. La famosa escuela de Chicago, con Milton Friedman como estandarte, aboga por el libre mercado, que debe entenderse como la destrucción de las industrias nacionales por la libre importación de productos manufacturados en los países centrales. Esto acompañado por un tipo de cambio que desalienta la exportación. La consecuencia inmediata de esta política es el endeudamiento público, la precarización laboral y la dependencia externa. Este nuevo modo de ejercer imperialismo demanda indudablemente una sujeción de la política a la economía, es decir, gobiernos títeres que permitan su implementación y un Estado gendarme que aplaste todo conato de oposición al sistema.

El "adoctrinamiento" del pensamiento político y económico hizo que ya en los 80 y 90, estos mecanismos de coacción no fueran necesarios. Las siderales cifras de las deudas externas de estos países eran coacción suficiente como para mantenerlos a raya. Sin embargo, y como la economía no es una ciencia exacta, surgió el imponderable de que el sistema se asfixiara a si mismo. La crisis del 2001 que afectó a la Argentina, así como la apropiación desmedida del principal recurso de Venezuela, el petróleo, y la imparable marginalidad de ciertos sectores en Brasil fueron el caldo de cultivo para que surgieran nuevos líderes políticos que decidieran cortar con el círculo vicioso y encarar políticas de industrialización y distribución de la riqueza. Keynesianismo a la latinoamericana, aunque algunos quieran ver en estas propuestas un sesgo marxista o las tilden de medidas populistas, con un Estado presente y fomentador de obra pública y consumo interno.

En este momento estamos presenciando la debacle de varios países integrantes de la Unión Europea: crisis en Grecia, España, Portugal, Irlanda, desempleo récord en el Reino Unido. Hay que señalar que es una crisis de los capitales especulativos, no productivos, que arrastra en su caída al más lábil de los actores económicos, trabajadores, cuentapropistas y pequeños empresarios. El panorama se ve agravado por la sujeción a una moneda común que no representa la realidad de los miembros de la UE: no cuesta lo mismo un euro para un alemán que para un rumano.

La solución que han encarado estos países profundiza sus problemas: retracción del salario, flexibilización laboral, baja del consumo, ejecución de deudas bancarias, endeudamiento público con organismos crediticios como el FMI. Nuevamente la economía al servicio de la política y no viceversa.

El premio Nobel Joseph Stieglitz, destacado crítico de la globalización y de los fundamentalistas del libre mercado, enemigo declarado del FMI y del Banco Mundial, enrolado en el neokeynesianismo, le grita al viejo mundo "¡Aprendan de la experiencia Argentina!"

Al adoptar la moneda única, los países miembros de la zona euro cedieron dos instrumentos de política que son fundamentales: el tipo de cambio y las tasas de interés. Por tanto no tienen cómo adaptarse a situaciones de crisis. Sobre todo porque Bruselas no ha ido lo suficientemente lejos en la regulación de los mercados. Y la Unión Europea no hizo planes en este sentido. Ahora, en cambio, quiere un plan coordinado de austeridad. Si este plan continúa, Europa va directo al desastre. Sabemos, a partir de la Gran Depresión de 1930, que esto es lo que no debe hacerse.


Al escribir esto, las noticias mundiales propagan que Barack Obama anunció un congelamiento del salario del sector público para los próximos dos años. Días atrás, España ya había reducido un 3% de los salarios a sus trabajadores estatales.

Claro está que cuando la economía no funciona, se le echa la culpa a la política. Y en cierto punto esto es cierto, menos por acción que por omisión, por permitir el intercambio de los roles. Al desentenderse de su papel como gestora de iniciativas y de controladora de los intereses sectoriales que se oponen a los intereses nacionales, la política en su representación tangible que es el Estado es responsable de las consecuencias.

No se trata de descubrir la pólvora, sino de saber usarla sin provocar accidentes. Pocas disciplinas cuentan con tantas estadísticas y demostraciones como la economía. Sus efectos son visibles a corto, mediano y largo plazo. El quid de la cuestión está en el modelo que desde la política se proponga, el proyecto de nación que esta política sostenga y la calidad de las personas que los ciudadanos designen para llevarlas a cabo. El caballo siempre tiene que colocarse delante del carro.