miércoles, 12 de mayo de 2010

Al gran pueblo argentino ¡salud!

Con pompa y circunstancia se preparan los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, ese grito de independencia que signó nuestro destino de nación libre de todo yugo extranjero. Al menos en los papeles, porque la historia demostraría que hace falta mucho más que una declaración de principios para constituir un estado soberano.

Más allá de consideraciones políticas y económicas, es un acontecimiento que bien podría ser aprovechado para plantearnos qué significa para cada uno ser argentino. De esta introspección y de la inquietud que hace un tiempo me presentaron unos amigos españoles, surgió el texto que transcribo a continuación.

Declaración de argentinidad

Ser argentino es como estar recién llegado y sentir nostalgias por lo desconocido. Es añorar paisajes nunca vistos, parientes sin rostro, historias no vividas. Es repetirle a los hijos cuentos de guerras lejanas, de un viaje en barco por océanos eternos con la esperanza de arribar a la tierra prometida.

Es tener la mirada puesta en el mar, prontos a zarpar para repetir la diáspora. Es renegar de una ubicación geográfica que nos coloca “donde el diablo perdió el poncho”, cuando nos encantaría ser el ombligo del mundo.

Es almorzar lasagna y cenar tortilla a la española. Es tomar mate con Apfelstrudel.

Y es también ser hermano latinoamericano, cuando Malvinas. Es decir que Jorge Drexler es rioplatense cuando gana un Oscar. Es exhibir un chauvinismo recalcitrante cuando juega la selección o cuando un connacional es aplaudido en el exterior.

Es reivindicar el origen del Che, aún siendo de derecha, y aplaudir a rabiar a Chávez cuando despotrica contra los yankees.

Es no saber bien qué se quiere, pero quererlo ya, como cantaba Luca Prodan, un argentino por adopción. Es ser un país jardín de infantes, como dice nuestra María Elena Walsh.

“Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy”. Es un tango, un sentimiento triste que se baila, porque en esa ambigüedad, en esa esquizofrenia, que va de la euforia a la depresión, de declarar que “Dios es argentino” a llorar amargamente por “este país de mierda” nos reconocemos.

Es Gardel, es Perón, es Maradona, es Borges, es Milstein, es Bocca, es Barenboim, es Darín y los 40 millones de anónimos que nos aferramos a sus logros personales para decirle al mundo “aquí estamos”.