jueves, 17 de septiembre de 2009

Mitos y leyendas

Sofía tiene catorce años y está en primer año de la escuela secundaria. Como la mayoría de los adolescentes urbanos y contemporáneos puede sobrevivir perfectamente sin los libros pero le resulta impensada una vida sin teléfono celular, televisión o Internet.

Sin embargo, conserva esa curiosidad inherente a la condición humana acerca de los "por qué" y los "para qué" de las cosas, curiosidad que puede ser acicateada o reprimida por los manejos de los adultos que la rodeamos. Es que se acabaron las épocas en que la letra con sangre entraba, cuando los jóvenes aprendíamos por obligación y bajo amenaza, tiempos en que el rol de los padres, tutores y/o encargados se limitaba a ser el juez del rendimiento escolar basados en la libreta de calificaciones y el de los maestros se circunscribía a transmitir conocimientos cual oráculos de Delfos. Esta es la parte buena del asunto.

La mala noticia es que hoy por hoy hay que tener la astucia, la paciencia, la información suficientes como para que estos párvulos desgarbados y hormonales se involucren con el proceso de aprendizaje desde la generación de la inquietud personal. Esto demanda trabajo y perspicacia.

Estar atentos a la excusa que nos proporcionará la oportunidad para que se interesen por adquirir un nuevo concepto. Volvimos a la transmisión oral del conocimiento, apoyados por los formatos multimedia. Son chicos fundamentalmente audiovisuales.

Esta reflexión viene a cuento porque la profesora de historia de Sofía le da cuestionarios para responder, acerca de las civilizaciones antiguas, que conforman el programa de primer año de esta asignatura. Y he notado que la fascinación que ejercen los pueblos de la Antigüedad se mantiene inalterada, lo que cambia es el "cómo". La docente ha dejado de lado fechas, mapas, nombres de reyes impronunciables para centrarse en una visión más global, que tiene que ver con la evolución histórica de la sociedad humana. Tal como está desarrollando el programa se entiende nada es producto de la generación espontánea, que el efecto mariposa existe y que, desde el principio de los tiempos, la humanidad avanza o retrocede en bloque.

Historia ha sido siempre una materia árida, aburrida, mal enseñada y peor aprendida. Se la detesta precisamente porque se desaprovecha las oportunidades que ofrece para hablar del hombre, el tema central de nuestra cosmogonía. Se la muestra como letra muerta, como pasado remoto, a lo sumo como novela enmohecida. ¿A quién le interesa la biografía de un tipo que vivió hace cientos de años y sin la menor relación con nuestro presente? ¿Qué pasión puede despertar un panteón de dioses olvidados e ineficaces? Salvo en los videojuegos o en las películas, las batallas de los persas son un verdadero plomo.

Pero cuando uno induce al interlocutor a pensar los por qué y los para qué, causas y efectos, cuando se coloca a los personajes en el escenario total del mundo y se trazan las coordenadas y paralelas que nos ubican en el lugar de los hechos, la cosa cambia. Las pirámides recobran todo su esplendor, Alejandria vuelve a tener su Faro y su Biblioteca, Gilgamesh consigue la inmortalidad.

Esta tarde lluviosa estuvimos por Creta. El rey Minos nos recibió en su palacio de Cnosos, con tantas habitaciones y pasillos que parecia un verdadero laberinto. Admiramos el friso de los Delfines. Veneramos a la Señora de las Serpientes y concluimos que la Atlántida mitológica bien podría ubicarse en esta isla mediterránea. De paso, como quien no quiere la cosa, charlamos sobre las Amazonas, la Titanomaquia y el Minotauro. Todo por el mismo precio: un par de horas, el Google que facilitó las imágenes y lo leído en una vieja edición de los Mitos griegos de Robert Graves.

Nada nuevo bajo el sol: Sócrates utilizaba la mayéutica, es decir la inducción al razonamiento mediante la pregunta, la asociación y el debate de ideas, mientras que Platón explicaba paseando por los jardines de Academo y Aristóteles tenía su escuela ambulante (de ahí el nombre de peripatéticos) La dedicación, la atención que dispensamos, retorna en conocimiento.

El mito actual es que a los chicos todo le da lo mismo, que no se interesan por nada, que no saben pensar, que se automarginan. Es una falacia nacida de la falta de compromiso de los adultos. La leyenda de una época dorada, poblada por adolescentes ávidos de aprender, esconde una realidad en que la cual el temor estaba antes que el respeto y la obligación antes que la voluntad.

El fruto nunca cae lejos del árbol, o sea...