Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo
Miguel de Unamuno
(Colofón a conversaciones trasnochadas con LocuraD. y un cura apócrifo)
Una de las grandes preguntas que se han hecho los filósofos es para qué el hombre, cuál es la razón de su existencia en el cosmos. Los escolásticos y otras corrientes que se reconocen religiosas fundamentan que los seres humanos somos parte del master-plan divino. Los darwinistas sociales y posteriores seguidores abogan por colocar a la humanidad dentro de la evolución natural, sin pasar por alto la posibilidad de otras formas de vida similares o superiores en galaxias lejanas. El existencialismo ateo proclama que la existencia es per se la razón de vivir y que el fin último es emplear nuestro tiempo vital en procurar la realización personal.
Es posible, no puedo asegurarlo, que la gata que duerme plácidamente en mi sillón no se haga esta pregunta. Tiene muy en claro cómo ser gato y salvo algunos hábitos adquiridos por su convivencia con la gente, se asemeja a todos y cada uno de sus congéneres. No tiene la impronta de la cultura, no reconoce ideologías, ni religiones ni clases sociales. Es más: incluso podría trasladarse en el tiempo, hacía atrás o hacia delante, y seguiría siendo el mismo animal. Parece no necesitar saber para qué es el gato.
¿Por qué, entonces, no ser como los gatos y dedicarnos tranquilamente a devenir como seres humanos? Porque nos atormenta la certeza de nuestra propia finitud. Nos morimos y sabemos que morimos, no en el momento exacto, no ante la inminencia, sino desde que tenemos conciencia de la vida. Y es por saber esa tremenda noticia que el hombre ha buscado desde la protohistoria una respuesta a la pregunta en cuestión. Porque averiguar para qué el hombre nos dirá si realmente cada uno de nosotros tiene la posibilidad de acceder a la eternidad.
No queremos morir, ni ayer ni hoy ni mañana. Pensamos que sin eternidad la vida es una herida absurda, como dice el tango. Nos rebelamos ante este conocimiento, ante la inexorabilidad de la muerte, tan democrática y puntual, y queriéndola burlar recurrimos a complicadas elucubraciones, para evadir el único dato cierto: la gente se muere, como se mueren los gatos y las plantas.
"Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda una filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo hombres individuales, sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar de ideas, las determina, aun cuando luego, claro está, estas ideas reaccionen sobre él corroborándolo. Unas veces puede provenir de una enfermedad adventicia, de una dispepsia, verbigracia; pero otras veces es constitucional. Y no sirve hablar, como veremos, de hombres sanos e insanos. Aparte de no haber una noción normativa de la salud, nadie ha probado que el hombre tenga que ser naturalmente alegre. Es más: el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad."
Así arranca "Del sentimiento trágico de la vida", el ensayo de Miguel de Unamuno que viene a socorrernos. Todos estamos de acuerdo en que el hombre cumple un proceso vital, al cabo del cual su existencia comprobable, esto es, su cuerpo y su intelecto, perecen. Para poder pensar en una vida ultraterrena, post-mortem, es necesario dotarlo de un componente que supere este traspié: el alma.
Desde la Antigüedad se discute la existencia del alma, confundiéndose en muchos casos con la definición de psique o mente. Claro está que sostener hoy en día que Aristóteles hablaba del alma no es una prueba consistente, ya que entonces se desconocían las funciones del corazón, sin ir más lejos. Lo que sí queda claro es que sin alma no hay inmortalidad y supongamos que existiera. Veamos que deduce David Hume al respecto:
"Razonando a partir de la marcha normal de la naturaleza, y sin suponer ninguna nueva intervención de la Causa Suprema (recurso que debería excluirse siempre de la filosofía), deducimos que lo que es incorruptible debe también ser ingenerable. Por lo tanto, si el alma fuese inmortal, ya habría existido antes de nuestro nacimiento. Y si su existencia anterior no nos concernió en absoluto, tampoco habrá de concernirnos su existencia posterior."
Menudo embrollo... Unamuno también hace referencia a una conclusión similar a la que arribó Baruch Spinoza, empeñado como estaba en darle un baño de racionalismo a la cuestión:
"Quedémonos ahora en esta vehemente sospecha de que el ansia de no morir, el hambre de inmortalidad personal, el conato con que tendemos a persistir indefinidamente en nuestro ser propio, y que es, según el trágico judío (Spinoza), nuestra misma esencia, eso es la base efectiva de todo conocer y el íntimo punto de partida personal de toda filosofía humana, fraguada por un hombre y para hombres."
"Y si la creencia en la inmortalidad del alma no ha podido hallar comprobación empírica racional, tampoco le satisface el panteísmo. Decir que todo es Dios, y que al morir volvemos a Dios, mejor dicho, seguimos en Él, nada vale a nuestro anhelo; pues si es así, antes de nacer, en Dios estábamos, y si volvemos al morir adonde antes de nacer estábamos, el alma humana, la conciencia individual, es perecedera."
Es decir que trascender de manera amorfa y sin conciencia de ser, es decir, sin existencia, tampoco nos conforma del todo. Viene bien la adjetivación usada por Unamuno: inmortalidad personal. Y agregaría más: el sueño de inmortalidad personal abarca a aquellos seres que en la única vida que conocemos hemos amado. Nadie sueña con pasarse la eternidad en una isla desierta.
Dado que es imposible apelar a comprobaciones empíricas para afirmar cuál es nuestra razón de ser, si existe el alma o la inmortalidad, se trata de elegir cuál cosmogonía se acomoda mejor a nuestra estructura de pensamiento. "La verdad es subjetividad y la subjetividad es verdad", también decía Kierkegaard, dando que lo que creemos es y lo que es lo creemos.
A pesar de las dificultades que entraña sostenerla, siempre pensé que la fe religiosa -la fe crítica, no la fe inducida- es una gran cosa para el que la experimenta, porque le permite dejar de lado las pruebas y contrapruebas que demanda la razón (la fe es irracional, señala Kierkegaard) Don Unamuno se enoja con los incrédulos militantes:
"Hay gentes que parece como si no se limitasen a no creer que haya otra vida, o, mejor dicho, a creer que no la hay, sino que les molesta y duele que otros crean en ello o hasta que quieran que la haya. Y esta posición es despreciable, así como es digna de respeto la de aquel que, empeñándose en creer que la hay, porque la necesita, no logra creerlo."
De esto y no de otra cosa se trata la angustia original, que no es pecado.
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...
Lo fatal (1905)
Rubén Darío
viernes, 7 de agosto de 2009
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