Democracia significa gobierno por los que no tienen educación y aristocracia significa gobierno por los mal educados.
Gilbert Keith Chesterton
Hace algún tiempo hablábamos de la iconocracia, esa sociedad manejada por la imagen repetida y magnificada por los medios de comunicación masiva. Los resultados de las pasadas elecciones legislativas han puesto en evidencia de que no se trata de una entelequia, de una distopía pergeñada por un George Orwell contemporáneo, sino de una tendencia preocupante y creciente.
José Pablo Feinmann analiza este fenómeno en una nota publicada por el diario Página/12. En ella cita una frase del Plan de Operaciones atribuído a Mariano Moreno (y que otros atribuyen a Manuel Belgrano): “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice”. Desde esa cita fundacional, Feinmann va desgranando la manipulación de las voluntades políticas de la plebe, en distintas instancias históricas hasta la actualidad.
Lo que a priori se destaca como diferencia básica en este racconto es que otrora se recurría a la construcción de un discurso oportuno, es decir, se armaba un alegato impactante, una retórica precisa y efectiva. El medio era el mensaje, como decía MacLuhan, tanto se interprete este aserto del derecho o del revés. La palabra estaba por encima de la forma, el contenido sobre el continente, la ética sobre la estética.
Que no es lo mismo que un político imite a un músico de rock para captar el favor del electorado, vamos. El show se torna obsceno cuando uno toma dimensión de la tarea que demanda manejar la cosa pública. "El siglo XXI ha matado a la política. Existe la representación. El show. Lo mediático. Y lo virtual", dice con pesimismo Feinmann. Salvo para la derecha, para aquellos que adoran nuevos dioses cuyo panteón principal lo ocupa el dinero sin origen y la pantalla chica.
¿Cómo sobrevivir a esta tendencia global, donde los Sarkozy y los Berlusconi son ídolos de masas por sus miserias antes que por alguna grandeza? ¿Cómo despegarse de la mugre que exhiben los que ejercen de comunicadores sin la menor responsabilidad cívica? Encima la peste, que nos confronta desconfiadamente con el otro, que nos expone, otra vez gracias al alarmismo de los medios, a lo peor de cada uno, el miedo al extraño, el egoísmo, el aislamiento.
Difícil es no caer en el nihilismo. Nietzsche tendría mucha tela para cortar en estos días que corren. ¿Qué hacer? Resistir por los que aún están vírgenes de tanta roña, evitar que caigan en las fauces de este monstruo multicolor y sensual. Taparnos los oídos como Ulises para no sucumbir al canto de las sirenas siliconadas que vociferan que pensar en otro mundo posible es demodée. Que pensar es demodée. Tener fe en los ideales, pero una fe nacida de la duda, como recomendaba Kierkegaard, una fe cuestionadora y molesta, contradictoria y mutable. Y agradecer infinitamente que tratamos con mediocres afortunados, cuyo fin está implícito en su germen, porque la pantomima no dura para siempre y su decadencia está asegurada por esas mismas cámaras que hoy los muestran triunfantes y sonrientes.
(Para acceder a la nota citada: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-127745-2009-07-05.html)
martes, 7 de julio de 2009
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