La filosofía también resulta un marco propicio para pensar un tema tan actual como la educación. De hecho, el saber pedagógico es objeto del estudio filosófico. Pero hagamos primero un poco de historia.
Para los griegos paideia (paidos, paiz= niño y deia=formación) consistía en la base de educación que dotaba a los hombres (no mujeres) de un carácter verdaderamente humano. Bajo este concepto se agrupaban la gimnasia, la gramática, la retórica, la poesía, las matemáticas y la filosofía. Se suponía que estos elementos harían del individuo una persona apta para ejercer sus deberes cívicos. La enseñanza, en la antigua Grecia, no dependía del Estado ni era obligatoria, sino que los padres eran libres de elegir a los maestros que instruirían a sus hijos.
Los primeros romanos (hasta el siglo II AC) consideraban que hasta los 7 años, la educación de los hijos era responsabilidad de la madre. Luego, el padre los instruía en la lectoescritura, la moral, el derecho, las tareas agrícolas y a partir de la adolescencia (16 años) el ejército completaba la formación de los varones. Luego, adoptaron el sistema educativo griego. La schola era mixta hasta los 12 años y se les impartía griego, latín, retórica, filosofía, música y deporte. Los adolescentes varones continuaban sus estudios en un nivel medio, que hacía hincapié en la retórica y para quienes aspiraban al cursus honorum o carrera política había un nivel superior, en el que se enseñaba principalmente oratoria.
Durante la Edad Media, la Iglesia tenía la sartén por el mango. Así, los escolásticos impusieron el estudio del Trivium (tres vías) y del Quadrivium(cuatro vías) En el Trivium los estudiantes se interiorizaban en gramática, retórica y dialéctica o lógica. El Quadrivium estaba conformado por el estudio de aritmética, astronomía, geometría y música.
Paralelamente, la invasión musulmana de la península ibérica incorporó a Occidente el conocimiento del mundo árabe, sobre todo en matemáticas, astronomía, arquitectura y medicina. Además, sin la censura del catolicismo, los pensadores árabes, como Averroes, traducían a los clásicos griegos y nuevas ideas se incluirían en el corpus del conocimiento universal.
Esto haria eclosión durante el Renacimiento, que además del florecimiento de las artes, descubre una corriente opuesta a la escolástica: el humanismo. De la concepción teocéntrica pasamos al antropocentrismo: el hombre como principio y fin. El humanismo revaloriza a los clásicos griegos y romanos. La literatura y la poesía vuelven a ser objeto de estudio. Y a este cambio contribuye un invento fundamental para la transmisión de la cultura: la imprenta de Gutenberg.
El próximo hito en este camino será el siglo XVIII, siglo de las luces o de la Ilustración. Es el período en el cual impera la Razón como mecanismo para mejorar a la humanidad. Es el auge del "pienso, luego existo" de Descartes, del "espíritu de las leyes" de Montesquieu, del "contrato social" de Rousseau. El símbolo de la época es la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert, un conjunto de conocimientos universales, cosmopolitas, sin sesgos nacionales. La influencia del enciclopedismo en la escuela argentina fue notable hasta bien entrado el siglo XX.
La Revolución Francesa, producto de la Ilustración, con su divisa "libertad, igualdad, fraternidad" pone en el tapete la necesidad de un educación pública, gratuita y obligatoria. Lo mismo surge con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Durante el siglo XIX, con la consolidación de las naciones, la educación pública se convierte en responsabilidad del Estado en todo Occidente.
El primer pensador al cual le cabe la acepción moderna de pedagogo fue el suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) Su método era muy simple: consiste en hacer que el proceso de desarrollo humano (sensitivo, intelectual y moral) siga el curso evolutivo de la naturaleza del niño, sin adelantarse artificialmente al mismo. La educación es vista como una "ayuda" que se da al niño en este proceso para que se realice bien, y la actividad educativa y docente es vista como un "arte". Esto parece una verdad de Perogrullo, pero hay que tener en cuenta que hasta no hace tantos años los castigos físicos y la memorización de los conceptos eran moneda corriente.
La psicología, sobre todo la evolutiva con Jean Piaget a la cabeza quien elabora la Teoría Constructivista del Aprendizaje, influenciará la pedagogía del siglo XX. El acceso a los medios tecnológicos por gran parte de la población contribuirá a que la difusión del conocimiento no sea patrimonio exclusivo de la escuela.
Sin embargo, existe la sensación y es corriente escuchar el comentario acerca de que las nuevas generaciones urbanas son más incultas y ponen menos interés en aprender que sus antecesoras. Que los chicos actuales, nacidos con el pulgar entrenado para mandar mensajes de texto y una habilidad pasmosa para manejar mouses, joysticks y controles remotos, no tienen la misma capacidad a la hora de hacer cálculos o interpretar un escrito. Los más puristas los defenestran incluso por destrozar la gramática y la ortografía en haras de ganar unos segundos, que malgastarán luego mirando tele.
Y he aquí un error fatal. Nuestros hijos no son tontos, son distintos. Si nosotros somos homo videns, ya que nacimos al influjo de los rayos catódicos, ellos son homos cyberneticus. Enseñar en la escuela con los mismos recursos pedagógicos que en la época de sus abuelos es una batalla perdida, por más que la matemática sea básicamente la misma que la que practicaba Pitágoras.
Reformular los contenidos, incorporando el código de los pibes de hoy, entusiasmarlos en la carrera del saber, como si fuera una aventura gráfica excitante, es el desafío de los nuevos pedagogos.
miércoles, 3 de junio de 2009
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